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De cargueros y mulas a camioneros y tractomulas

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julio 18 de 2016
2016-07-18 08:12 p.m.
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A finales del siglo XVIII y comienzos del siguiente, el científico y explorador alemán Alexander von Humboldt (1769-1859), en sus diarios de viaje por el nuevo mundo y en las cartas que envió a su hermano Guillermo, manifestó su admiración por la naturaleza que se veía en los territorios de nuestro país y su gusto por la forma de vida que aquí se llevaba. En este rico y variado mundo de las colonias españolas de la región andina, Humboldt se sintió realizado como científico y como ser humano, no añorando volver al mundo germánico donde nació y se formó. Entre las entusiastas crónicas sobre estos territorios no faltaron, sin embargo, los comentarios, estos con tono desesperado y de incomprensión, respecto al mal estado de las vías y a las poco eficaces instituciones que regían el sistema de transporte, las cuales impedían el desarrollo económico del país.

En su relato del camino de Honda hacia Bogotá observa: “es indescriptiblemente malo: se trata de una pequeña escalera abierta en la piedra, de un ancho de tan solo 18-20 pulgadas, de modo que el cuerpo de las mulas apenas puede pasar con suma dificultad”. Con ligeras modificaciones, esta descripción aplica hoy en día al paso de las tractomulas y demás vehículos por la carretera que comunica estas ciudades, predecesora de la prometida Ruta del Sol con que se aspira a superar estas deficiencias.

En la crónica del llamado Paso del Quindiu, yendo de Bogotá hacia Popayán, Humboldt hace un entretenidísimo relato del cual transcribo algunos apartes: “por este camino solo se pueden emplear bueyes para transportar el equipaje. Los mismos viajeros suelen ser cargados por hombres, que por ello son llamados cargueros … debiendo notarse que a los que a éste se dedican no son indios, sino mestizos y blancos. Más aun sorprende oír como…disputan (ellos, los cargueros) en medio del bosque porque el uno rehúsa dar al otro, que pretende tener más blanca la piel, el título de Don o Su Merced …”. Después de describir la penuria del oficio, Humboldt hace la reflexión: “… apenas se concibe cómo escogen voluntariamente este oficio (…), es tan grande el número de los jóvenes que (lo ofrecen) (…) que a veces se cuentan filas de 50-60 en el camino”.

Al leer por estos días la prensa sobre el paro camionero, me resultó inevitable hacer reflexiones paralelas a las de Humboldt. Por un lado, el sabio no entendía cómo había colas de cargueros ni cómo alguien podría preferir este oficio a otro mejor remunerado y menos brutal. En mi caso, y sobre la actual coyuntura, no entiendo bien en qué consiste la sobreoferta de camiones a la que hacen referencia los que protestan. ¿Se refieren a la sobreoferta de camiones viejos e inapropiados para nuestras carreteras y medioambiente, en cuyo caso habría que modificar y mejorar el esquema de incentivos para que desaparezcan, como desaparece del mercado la papa nacida o podrida? ¿O, como lo hizo explícito a mediados del 2013 la Asociación de Empresas Transportadoras de Carga por Carretera (Asecarga), a la sobreoferta de camiones especializados en transporte de combustible que saldrían del mercado como consecuencia de la entrada en funcionamiento del Oleoducto Bicentenario? ¿Se refieren a todo tipo de camiones, de diferentes especificaciones? Si son los dos primeros aspectos, sin perjuicio de que el Estado decida apoyar la transición hacia la modernización con programas de compensación bien diseñados y focalizados, el resultado final no puede ser uno distinto al reemplazo de estos camiones. La modernización y evolución de las tecnologías no pueden pararse para proteger intereses sectoriales o individuales.

Hasta hace poco, la política para este sector parece haber propiciado más la apropiación de rentas por parte de un grupo de empresarios, excesivas si se comparan con las que resultarían en un ambiente de competencia, que un desarrollo ordenado, sostenido y sostenible del sector que beneficie a todo el país, en términos de menos carestía de bienes, más competitividad y medioambiente más sano. Estas rentas las genera un sistema de fletes y precios controlados, combinado con barreras a la entrada de camiones nuevos y menos contaminantes, entre las cuales está la regla de que solo puede entrar un camión nuevo cuando se haya chatarrizado uno viejo. El Gobierno ha anunciado la modificación de esta política, al menos parcialmente. Entonces, cuando los transportadores hablan de un problema de sobreoferta, en realidad se refieren al ‘problema’ de perder estas rentas si el sector se abre a la competencia, la cual podría generar grandes beneficios para el país al reducir la relación precio/calidad del servicio.
Lo más aterrador del recuento de Humboldt es que nos ilustra cómo en nuestra región los intentos por modernizar el sistema de trasporte y la economía han tropezado con este tipo de dificultades por siglos. Dice nuestro citado sabio: “cuando los españoles intentaron hacer practicables a los mulos estos estrechos senderos, los cargueros protestaron de la mejora, y el Gobierno tuvo la debilidad de ceder a la reclamación”.
A la anterior problemática se suma el que, aparentemente, algunos de estos empresarios del transporte, a través de operaciones fraudulentas, se han quedado con gran parte de los recursos estatales dirigidos a apoyar los programas de chatarrización. Surge la pregunta de si, como en el caso de los cargueros, al interior del gremio hay unos pocos ‘Dones’ y ‘Sus Mercedes’ y los demás están a ‘la merced’ de los primeros, recibiendo nada o muy poco de los recursos. Si es así, ¿por qué no hay un paro o rebelión de los segundos contra los primeros y contra la regulación que no les sirve, en vez de poner en jaque al país? ¿Acaso hay un régimen interno de terror y amenazas que no se conoce en toda su dimensión? También me pregunto: ¿es la estrategia de negociación del Gobierno igual con unos y otros?

Esperemos que –confiando en nuestras autoridades, avance más rápido el plan de las 4G– reemplazar chatarra por tractomulas modernas no resulte tan difícil para el Gobierno como lo fue reemplazar cargueros por mulas en el siglo XIX, y que los viajeros del siglo XXI no ensombrezcan sus opiniones sobre Colombia con quejas sobre la infraestructura de transporte.


Patricia Correa
Exsuperintendente Financiera.

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