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Donald Trump: Cómo las grandes repúblicas llegan a su fin

El pueblo estadounidense tendrá que decidir qué tipo de ser humano quiere colocar en la Casa Blanca.

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abril 06 de 2016
2016-03-04 06:49 p.m.
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¿Qué significa el ascenso de Donald Trump? Es natural pensar en comparaciones con los demagogos populistas pasados y presentes. También es natural preguntarse por qué el Partido Republicano (GOP, por sus siglas en inglés) pudiera elegir un abusador narcisista como su candidato a presidente.

Pero esto no se trata solo de un partido, sino de un gran país. EE. UU. es la mayor república desde Roma; el bastión de la democracia; el garante del orden mundial liberal.

El que Trump se convirtiera en presidente sería un desastre global. Incluso si fracasa, ya ha hecho que lo impensable sea ‘decible’.

Trump es un promotor de fantasías paranoicas, un xenófobo y un ignorante. Su negocio consiste en la erección de feos monumentos a su propia vanidad. No tiene experiencia en ningún cargo político. Algunos lo comparan con populistas latinoamericanos. También pudiera considerársele un Silvio Berlusconi estadounidense, aunque sin el encanto o la visión para los negocios.

Pero Berlusconi, a diferencia de Trump, nunca amenazó con capturar y expulsar a millones de personas. Trump carece completamente de las cualificaciones para ejercer el cargo político más importante del mundo.

Sin embargo, tal y como lo expresó Robert Kagan, un intelectual neoconservador, en una elocuente columna en el Washington Post, Trump es también el ‘monstruo Frankenstein del GOP’.

DESCONTROLADO OBSTRUCCIONISMO 

Él es, escribió Kagan, el monstruoso resultado del “descontrolado obstruccionismo” del partido; de su demonización de las instituciones políticas; de su flirteo con la intolerancia; y de su “síndrome de locura con matices raciales” en relación con el presidente Obama.

Agregó que “se supone que debamos creer que la legión de personas ‘enojadas’ de Trump están enojadas por el estancamiento de los salarios. No, están enojadas por todas las cosas por las que los Republicanos les han dicho que deben estar enojadas durante estos últimos siete años y medio”.

Kagan tiene la razón, pero no va lo suficientemente lejos. No se trata de los últimos siete años y medio. Estas actitudes se vislumbraban en la década de 1990, con el juicio político llevado a cabo contra el presidente Clinton.

De hecho, incluso se remontan a la oportunista respuesta del partido ante el movimiento de los derechos civiles en la década de 1960. Por desgracia, se han empeorado, no mejorado, con el tiempo.

¿Por qué ha sucedido esto? La respuesta es que una clase de donantes ricos - dedicada a los objetivos de recortar los impuestos y reducir el tamaño del Estado- obtuvo los ‘soldados’ y los votantes que requería.

PLUTOCRACIA Y POPULISMO 

Por lo tanto, esto es un “plutopopulismo”: el matrimonio de la plutocracia con el populismo derechista. Trump encarna esta unión. Pero él lo ha hecho mediante el abandono parcial de los objetivos de la clase dirigente del partido -libre mercado, bajos impuestos, y un gobierno de menor tamaño- a la cual sus rivales económicamente dependientes permanecen aferrados. Eso le proporciona una ventaja aparentemente insuperable. La élite conservadora se queja de que Trump no es un conservador.

Precisamente. Lo mismo cabe decir de la base del partido.

Trump es ofensivo. Sin embargo, en algunos aspectos, las políticas de sus dos principales rivales, los senadores Cruz y Rubio, son igualmente perjudiciales. Ambos proponen recortes de impuestos altamente regresivos, al igual que Trump. Cruz incluso desea regresar a un patrón oro. Trump dice que los enfermos no debieran morir en las calles. Cruz y Rubio parecen no estar tan seguros.

Sin embargo, el fenómeno Trump no representa la historia de un solo partido. Representa la del país y, por lo tanto, inevitablemente la del mundo. Al crear la república estadounidense, los padres fundadores estaban conscientes del ejemplo de Roma.

Alexander Hamilton argumentó en los Documentos Federalistas que la nueva república necesitaría de un “ejecutivo enérgico”. Indicó que la misma Roma, con su cuidadosa duplicación de magistraturas, dependía en los momentos difíciles de la concesión de poder absoluto, aunque temporal, a un solo hombre, llamado un “dictador”.

EE. UU. no tendría tal cargo. Al contrario, tendría un ejecutivo unitario: el presidente como monarca electo. El presidente cuenta con gran, aunque limitada, autoridad. Para Hamilton, el peligro del poder desmesurado sería contenido por “en primer lugar, una debida dependencia en el pueblo; y en segundo lugar, una debida responsabilidad”.

Durante el siglo I a.C., la riqueza del imperio desestabilizó la república romana. Al final, Augusto, heredero del partido popular, puso fin a la república y se instaló como emperador. Lo hizo mediante la preservación de todas las formas de la república, pero prescindió de su significado.

LIMITACIONES CONSTITUCIONALES 

Es imprudente suponer que las limitaciones constitucionales sobrevivirían a la presidencia de alguien elegido porque ni las entiende ni cree en ellas. El capturar y expulsar a 11 millones de personas es una enorme iniciativa coercitiva. ¿Sería posible detener a un presidente que ha sido electo para hacer tal cosa? Y, si es así, ¿quién lo haría? ¿Qué podemos interpretar del entusiasmo de Trump por las barbaridades de la tortura? ¿Encontraría a personas dispuestas a llevar a cabo sus deseos?

Para un líder decidido no es difícil hacer lo impensable recurriendo a las condiciones de emergencia. Tanto Abraham Lincoln como Franklin Delano Roosevelt hicieron cosas extraordinarias en tiempos de guerra. Pero estos hombres entendían el significado de los límites. ¿Lo entendería Trump? El ejecutivo “enérgico” de Hamilton es peligroso.

Fue el presidente ultraconservador Paul von Hindenburg quien convirtió a Hitler en canciller de Alemania en 1933. Lo que hizo que el nuevo dirigente fuera tan destructivo no fue solo el hecho de que era un loco paranoico, sino también que gobernaba una gran potencia.

Trump puede que no sea Hitler. Pero EE. UU. tampoco es la Alemania de Weimar. Es un país mucho más importante. Puede que Trump no logre ganar la nominación republicana. Pero, si la obtuviera, la élite republicana tendrá que hacerse algunas preguntas difíciles: tanto en relación a cómo sucedió esto, como en relación a cómo debe responder correctamente. Más allá de eso, el pueblo de EE. UU. tendrá que decidir qué tipo de ser humano quiere colocar en la Casa Blanca.

Las implicaciones de esta elección para los estadounidenses y para el mundo serán extremadamente significativas. Sobre todo, puede que Trump resulte no ser un caso único. Ya se ha materializado un “cesarismo” estadounidense. Y, hoy en día, parece ser un preocupante peligro real. Pero pudiera regresar en el futuro.

Martin Wolf
Columnista del Financial Times.

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