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El embeleco de la ola naranja

El reto está en ver crear valor de una manera diferente y desde una prospectiva caminar a un proyecto de mediano plazo que nos ponga en lo global. 

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septiembre 03 de 2018
2018-09-03 09:33 p.m.
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Desde hace algún tiempo, cuando el hoy señor presidente hablaba de la posibilidad existente en Colombia de apalancar parte del crecimiento de la economía alrededor de la llamada ‘economía naranja’ (o industrias culturales), se consideraba un discurso de marketing electoral con sabor a embeleco, básicamente porque en medio de las dificultades económicas evidentes y sobreaguadas de los últimos dos años, no se nos hacía posible que el palo estuviera para cucharas.

Sin embargo, cuando se observa en retrospectiva lo que como país hemos hecho y la forma en la que hoy estamos gastando dinero, no queda más que pensar que si las locomotoras se quedaron rezagadas y en el agro no hemos encontrado respuestas por la estela de sangre que del pasado heredamos, ¿por qué no apostarle a la creatividad y a eso que el primer mandatario llamó “mente factura”?

Se puede apostar. Y se puede hacer, porque hace tiempo hemos venido haciendo un caldo de cultivo capaz de responder a este tipo de industrias, incluso sin planearlo, sin atizar mucho el fuego. Veamos tres elementos interesantes de observar: la Constitución del 91, el conflicto y la consolidación de la ‘nueva’ clase media en Colombia.

Sobre la Constitución podemos decir que ante la instalación de los derechos consagrados, si garantizamos acceso a la salud y a la educación –que sumadas, hoy son solo el 10 por ciento del bolsillo de los colombianos–, entonces, y decantándolo en el tiempo, lo que hicimos como sociedad fue dejar un dinero disponible que en muchos hogares de varias ciudades se convirtió en un liberador acto de ocio. Pero, además, la Carta Magna nos regalo hacia el futuro una preservación de los acervos culturales que se convirtieron en orgullo, y que como elemento típico de la nación, nos permite mostrar lo que somos dentro y fuera de las fronteras, y que en medio de todo ha servido como carta de presentación y atractivo para los inversionistas extranjeros.

En lo que respecta al conflicto, uno de los trabajos que se hizo durante los años 90 y la primera década del siglo XXI fue tratar de sanar las heridas de la guerra en las comunidades más alejadas del país por medio del deporte, el arte y demás expresiones culturales; esto casi con las uñas y, en muchos casos, subvalorado por los gobiernos y por la política pública. Sin embargo, hoy, con algunos balazos y bombazos menos, podemos disfrutar de una cosecha sustancial que se consume desde las calles de Timbiquí o San Juan de Nepomuceno, hasta los grandes teatros de Londres o el ducado de Mónaco.

Y, sin duda, el crecimiento de los ingresos de los hogares colombianos en los últimos 25 años, triplicado, no solo construyó una compra y consumo de bienes de mejor calidad, sino que también, en el marco de la globalización, los llevo a la búsqueda de experiencias que hoy llegan a ser un mercado de más o menos 20 billones de pesos para los últimos tres años en promedio. Esto sin contar que está reinterpretación de los hogares colombianos le permitiría a las nuevas generaciones aproximarse a nuevos niveles de formación académica, en disciplinas poco convencionales dentro y fuera de nuestras fronteras.

En conclusión, no es ningún embeleco, ni mucho menos estamos frente un milagro, estamos viendo de frente a un futuro interesante que corresponde a lo que por convicción, testarudez o conveniencia accidental le hemos venido invirtiendo trabajo desde hace algún tiempo. El reto está en ver que como país podemos crear valor de una manera diferente y desde una prospectiva caminar a un proyecto de mediano plazo que nos ponga en lo global fuera de los comoditties, donde la competitividad es cada vez más difícil.

Hagámosle caso al embeleco.

Samir Campo
Vicepresidente Corporativo, Raddar
samircampo@gmail.com

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