Federico Arango C. El Papa y la Selección Colombia | Opinión | Portafolio
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El Papa y la Selección Colombia

Ya se decantaron las aguas tras la visita papal.

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octubre 12 de 2017
2017-10-12 09:38 p.m.
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Ya se decantaron las aguas tras la visita papal. Transcurrido más de un mes comienza a haber distancia y claridad suficiente para evaluar lo que en realidad dejó, más allá de la euforia.

Y es entonces cuando empiezan a verse rasgos compartidos de este evento con los de los brotes de fiebre amarilla que tienen lugar con cada fecha de eliminatoria, como la que acaba de pasar y que nos dejó, por fortuna, instalados en Rusia 2018. Lo acabamos de ver. Nada como un partido del equipo de Pekerman para que florezca en Colombia una cuestionable cultura futbolera, a veces con tufo de aguardiente. Ni hablar de lo que será el Mundial con la tricolor presente. Días en los que quienes no simpatizan con el fútbol solo cuentan con dos caminos: el exilio o entregarse al desequilibrio emocional.

Lo positivo es que ellos ya saben que es transitorio. Que uno, máximo dos días después baja la marea y la Selección vuelve a ser lo que siempre ha sido: una excusa para emborracharse. Recuerdo aquella vez que estaba en un ascensor al que se subieron dos personas más, una de ellas ataviada con la camiseta amarilla. Al cerrarse las puertas su compañero le preguntó: “qué, ¿va a ver el partido?”. Para sorpresa suya y mía, respondió: “no, qué va, es para volarme temprano”. La selección es, además, una herramienta sin par para la Policía en su persecución a los capos. Alias ‘Gavilán’ no fue el primero ni será el último en caer por bajar la guardia con motivo de una fecha Fifa.

No es el caso en otros países, aunque, claro, lo que aquí vivimos también pasa en otros tantos. Pienso en Argentina o en Uruguay. Allá el fútbol de verdad es un elemento transversal de la cultura. Son naciones en las que abundan los clubes debidamente organizados con miles de socios, en los que en sus bares se habla de fútbol a diario, pero, sobre todo, se escucha. Lo de acá es más un griterío, rasero de virilidad.

No hay duda, volviendo a terrenos pontificios, del fervor que generó Francisco. No fue posverdad o photoshop la movilización de millones de ‘barras bravas’ de seguidores, muchos sinceros y piadosos devotos, pero otros –y no pocos– meros curiosos.
Expresiones de desborde emocional se vieron por doquier. En los eventos, en las vías por las que pasó el papamóvil, pero también en discursos, programas de análisis y columnas de opinión. Dos días más y ya tendríamos peleas entre barras bravas de Francisco y de Ratzinger. Faltó poco.

Pero ido Francisco, volvió la normalidad. Regresaron los feroces tuiteros que en un tuit lamentaban la partida del vocero por excelencia de la humildad y la concordia para en el siguiente arremeter de nuevo con toda su artillería verbal contra la figura política que es blanco habitual de su misión/visión en redes.

No se le podían pedir milagros a Francisco, sería ingenuo esperar que una visita de un líder fuera suficiente para cortar de tajo con comportamientos cuyas raíces tocan la misma época colonial. Pero si era realista, al menos, disfrutar por unos meses de migajas de su legado.

Es como si la religiosidad de millones colombianos fuera comparable con la fiebre amarilla y la visita del Papa lo más cercano a un Mundial en suelo patrio.

Federico Arango C.
Subeditor de Opinión de El Tiempo

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