Otros Columnistas
ADMINISTRACIÓN

Fin del optimismo simplista sobre el futuro

El crecimiento medido está bajando debido a que la invención y la inversión se han desacelerado.

Otros Columnistas
Opinión
POR:
Otros Columnistas
julio 15 de 2016
2016-07-15 07:08 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/04/05/5703e5663d293.png

“Algunas invenciones son más importantes que otras”. Éste es el punto más importante destacado por Robert Gordon, un profesor de la Universidad Northwestern, en su obra maestra The Rise and Fall of American Growth (La subida y la caída del crecimiento estadounidense).

Este libro ofrece un análisis profundo de la transformación de la vida económica de EE. UU. entre 1870 y 1970, y de la posterior desaceleración. El crecimiento no es ni inevitable ni constante. La era actual es una de decepcionante crecimiento debido a que los avances tecnológicos son relativamente limitados.

Deirdre McCloskey, una distinguida historiadora económica, insiste en que tal “pesimismo siempre ha sido una mala guía para el mundo moderno. Somos gigantescamente más ricos en cuerpo y en espíritu de lo que éramos hace dos siglos”. Ella tiene razón.

Sin embargo, Gordon responde que no nos hemos enriquecido a una velocidad constante. Por el contrario, el crecimiento ha sido más rápido en algunas ocasiones que en otras, incluso desde la revolución industrial.

Por lo tanto, el período a partir de 1890 muestra consistentes aumentos de la producción por persona y por hora de trabajo. Pero el período entre 1920 y 1970 fue más dinámico que los anteriores y que los posteriores: durante medio siglo, la producción por hora se elevó a cerca del 3 por ciento al año.

La “productividad total de los factores” (PTF) - la diferencia entre el crecimiento de la producción y las contribuciones generadas por los incrementos adicionales de trabajo y de capital- representa una mejor medición de la innovación.

El patrón es aquí aún más sorprendente. La economía de EE. UU. experimentó dos períodos de rápida innovación: entre 1920-1970 y, a un ritmo mucho más lento, entre 1994-2004.

PREGUNTAS RELEVANTES 

Esto plantea tres preguntas extremadamente relevantes. En primer lugar, ¿por qué concentrarse en Estados Unidos? La respuesta es porque ha estado a la vanguardia mundial de la innovación y de la productividad desde 1870. En el período hasta la Segunda Guerra Mundial, uno o dos países europeos también eran altamente innovadores. Desde entonces, EE. UU. ha estado por su cuenta.

En segundo lugar, ¿qué explica el crecimiento y posterior caída del crecimiento de la productividad? La respuesta del Prof. Gordon es que se debe a la proporción y a la variedad de las innovaciones que aparecieron después de 1870 y que se introdujeron durante el período entre los años 1920-1970.

Este período vio una revolución energética: la explotación del petróleo, la domesticación de la electricidad y la invención del motor de combustión interna. Y además fue testigo del nacimiento de la industria química y de desarrollos transformativos en el suministro de agua potable y en la eliminación de aguas residuales.

Dichas innovaciones a su vez condujeron a la creación de máquinas: la luz eléctrica, el teléfono, la radio, el refrigerador, la lavadora, los automóviles y los aviones. Éstas llevaron a la transformación de las vidas de las personas a través de la urbanización y de los hogares conectados a la red de servicios.

Tal transformación produjo entonces una revolución educativa, ya que la economía requería trabajadores instruidos y disciplinados. En comparación, los años posteriores a 1970 han visto cambios relativamente insignificantes en los países de altos ingresos.

El aumento de la productividad entre 1994 y 2004 refleja el impacto del Internet. Llegó y, poco después, se marchó.

En tercer lugar, ¿hasta qué punto una medición errónea distorsiona la imagen? La respuesta es que logra distorsionarla significativamente, pero no de una manera que haga que el desempeño actual luzca mejor con relación al del pasado. Es mucho más plausible que ocurra lo contrario.

El crecimiento del producto interno bruto (PIB) de hecho ha sido enormemente subestimado. Una de las razones es la inclusión retardada de nuevos productos en los datos: no existía ningún índice de precios para los automóviles en los EE. UU. hasta 1935, décadas después de su invención. Estos retrasos son menores hoy en día.

Otra forma en la que fallan las mediciones está relacionada con la dificultad de evaluar las mejoras en los nuevos modelos.

Pero, más importante aún es que el PIB no es una buena medida de la calidad de vida.

Tal y como lo señala Gordon, el PIB no valora la incrementada variedad de alimentos; la eliminación de los excrementos de caballo de las calles urbanas; la más rápida velocidad de viaje; la transformación de las comunicaciones; la mejorada calidad del entretenimiento; la mayor comodidad proporcionada por la calefacción central; la reducción de las labores hogareñas; la disminución del esfuerzo y del peligro en el trabajo; la facilidad de acceso al agua potable; la seguridad de los alimentos envasados; y, sobre todo, el significativo aumento de la expectativa de vida.

En los países ricos, casi todas las personas que actualmente están vivas subestiman todo esto.

Simplemente no existe razón alguna para creer que el aumento del PIB o de los estándares de vida es más menospreciado hoy en día de lo que era anteriormente.

El crecimiento medido se está desacelerando debido a que la invención se ha ralentizado. Además, las innovaciones actuales son más estrechas en su efecto que las del pasado.

Y, lo que es peor, sus beneficios aparentan ser menos ampliamente compartidos.
Desde 1972, el crecimiento de los ingresos reales de EE. UU. no solo ha sido menor que antes, sino que la distribución de las ganancias se ha alejado de quienes están por debajo del 10 por ciento superior de la distribución de ingresos.

Esto ayuda a explicar la política cada vez más tensa de EE. UU. y también de otros países de altos ingresos.

La historia contada por Gordon acaba tanto con el optimismo simplista sobre las perspectivas para el crecimiento económico como con el pesimismo simplista acerca del final de los empleos.

No estamos ni en el medio de una era de progreso económico sin precedentes, ni al borde de una excepcional era de destrucción de empleos. Esto se debe, en parte, a que el progreso tecnológico es tan limitado. También se debe a que una gran parte de nuestra economía es inmune a rápidos aumentos en la productividad.

Por lo tanto, en 2014, dos tercios del consumo de EE. UU. se dedicaron en su totalidad a los servicios, incluyendo alquiler, asistencia médica, educación y cuidado personal.

El reto en estos sectores no es que todos los empleos van a desaparecer, sino más bien que es difícil hacer que desaparezcan. Ese cambio en la composición de la producción hacia sectores en los que es difícil aumentar la productividad es una razón importante de la desaceleración.

La opinión de que aumentos estables y rápidos en el estándar de vida deben perdurar es una expectativa poco realista. La tendencia a creer que algunas “reformas estructurales” solucionarán el problema es, del mismo modo, un acto de fe.

Es esencial crear políticas que promuevan la invención y la innovación, en la medida en que sea posible. Pero no debemos presuponer un fácil retorno a la largamente perdida era del dinamismo. Mientras tanto, la desigual distribución de las ganancias del poco crecimiento que tenemos es un desafío cada vez mayor. Éstas son épocas extremadamente difíciles.

Martin Wolf,
Columnista del Financial Times.

Nuestros columnistas

día a día
lunes
martes
miércoles
jueves
viernes
sábado