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El cuidador de libros

Lo que atrae, lo que debe atraer, son los argumentos, provengan de donde provengan.

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junio 29 de 2017
2017-06-29 08:49 p.m.
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Cuando leí Chapolas Negras (1995), de Fernando Vallejo, me asombró la capacidad magistral del autor de reconstruir la vida de José Asunción Silva a partir de su diario de contabilidad. De la frialdad de los números pasó a deshilvanar sus versos, de lo prosáico de las sumas y restas a interpretar la angustia que destila su poesía, de las deudas impagables a la ansiedad perenne de quien recorrió innumerables veces bajo su sombrero las calles frías de Bogotá. Y de quien terminó con su vida de un disparo en el corazón.

De la habilidad de Vallejo pasé a preguntarme por la sabiduría de Isaiah Berlin y su clásico ensayo sobre Tolstoi, El Erizo y la Zorra. En él, Berlin señala la diferencia fundamental entre aquellos que viven fascinados por la infinita variedad de las cosas, y los otros que relacionan todo con un sistema central y omnicomprensivo. Mientras que el erizo simboliza personas repletas de certezas, que disponen de grandes teorías que abarcan todos los aspectos de la vida humana y no sienten duda ante nada; la zorra, por el contrario, representa a aquellos que dudan, los escépticos naturales, los críticos con todo y, especialmente, con ellos mismos.

Entretejer relatos para explicar el por qué de las cosas es una habilidad notable, pero también es el reflejo de la exhuberante pluralidad de realidades. La maravillosa urdimbre de disciplinas para abordar la esencia de los hechos y de las personas es un legado renascentista de enorme valor.

El violinista David Harrington, en una entrevista, describe muy bien, desde su disciplina, lo que pretendo sugerir: “La música no es como en las viejas tiendas de discos en las que todo estaba por secciones: country, jazz, ópera. Lo que hipnotiza es un sonido. Así que es natural sentirse atraído por cualquier tipo de música”. Con el conocimiento pasa lo mismo. Lo que atrae, lo que debe atraer, son los argumentos, provengan de donde provengan. No es el peso específico de la fuente, de quién lo dice, o de la disciplina de donde surge, sino el valor intrínseco de su justificación.

Esta es la razón que inspira la existencia de las bibliotecas y de quien se encarga de ofrecer sus libros a disposición de los lectores. Por eso tengo una ilusión: conocer la biblioteca de la Universidad de Salamanca, la más antigua biblioteca universitaria de Europa, fundada en 1254 por el rey Alfonso X de Castilla, apodado el Sabio. En las Partidas del rey Alfonso se estableció el cargo de estacionario, la persona que cuida los libros, el responsable de velar por el legado intelectual, por preservar los saberes y la historia. Y así, la biblioteca de la Universidad de Salamanca se hizo grande, como pocas.

Tengo la impresión de que semejante tarea, la del cuidador de libros, la de quien se ocupa de preservar los saberes, no tiene un lugar predominante en las discusiones actuales. Existen universidades y colegios, profesores y familias en las que se transmiten conocimientos específicos y anhelo por aprender. Pero en el debate público no se percibe con fuerza la defensa del saber amplio, multidisciplinario, que rescate el valor de los argumentos, no solo de las opiniones. Y sobre todo, que procure la pluralidad de saberes, como un patrimonio para los que vengan después.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia

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