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La fascinación por lo apócrifo

La grandeza de las obras artísticas ha llevado a otros talentos, quizás menores, a supeditar esa habilidad y destreza a la gloria de los mejores. 

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abril 20 de 2017
2017-04-20 08:24 p.m.
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En la tradición persa existe un personaje conocido como el ‘Fabricante de Tiendas’, por la traducción literal de su apellido. Se trata de Omar Jayam, nacido en el siglo XI, quien fabricaba de todo: ecuaciones matemáticas, observatorios astronómicos, calendarios, historias y poemas. ¡Un personaje alucinante! Su obra literaria más destacada es una recopilación de casi un millar de estrofas de cuatro versos, las Rubaiyat, que hablan de la naturaleza y del ser humano.

Buena parte de los textos han sido reconstruidos a partir de diversas copias y es posible que algunos de los epigramas fuesen agregados por otros autores. Su obra poética no se salva de la discusión acerca de cuáles de los versos fueron escritos por su propia mano.
En la literatura cristiana es bien conocida la discusión acerca de los evangelios que forman parte del canon sagrado y aquellos considerados apócrifos. Lo mismo ocurre con algunos otros textos, como los escritos de San Agustín.

Un capítulo de gran envergadura en la literatura occidental y la épica grecolatina lo ocupan la Iliada y la Odisea. Es sabido que se le atribuyen a Homero este par de obras, pero también se ha cuestionado si el autor fue la misma persona. Incluso se piensa, por parte de algunos, que estas obras fueron la recopilación de relatos históricos y de la tradición oral de siglos atrás a la época en que se considera que Homero llevó a cabo la recopilación definitiva.

En el caso de Shakespeare hay un capítulo bien interesante. Una línea fuerte en la discusión acerca del origen de los textos del autor inglés sostiene que realmente fue la mano de Francis Bacon quien escribió sus obras teatrales. La americana Elisabeth Wells Gallup, quien desarrolló su investigación a finales del siglo XIX y comienzos del XX, logró interpretar los códigos cifrados de múltiples textos de Francis Bacon y otros escritores de la época, esto es, el siglo XVII. Gracias a esos trabajos, se sabe que Bacon era hijo de la reina Isabel I de Inglaterra y heredero al trono, pero ella nunca lo reconoció. Como era de esperarse, la oposición a la validez de la teoría del origen baconiano de las obras de William Shakespeare ha sido grande.

Más allá de los argumentos a favor o en contra de la autoría, la calidad intrínseca de los textos es precisamente la fuente que reivindica su génesis. La posibilidad de lo apócrifo surge por su aparente identidad con la calidad y el tono de los escritos originales.
Por supuesto, bien vale la pena profundizar en quién fue realmente el autor o el pintor de una pieza. No nos sentiríamos tranquilos de pensar que un Picasso no es realmente un Picasso. O que Shakespeare no fue nada distinto a una invención literaria de un anónimo. Pero lo verdaderamente intrigante es por qué el autor apócrifo no reclama su propia autoría. ¿Para qué un plagio a la inversa?

Es como si existiera una incesante fascinación por emular a los grandes, aun a costa de preservar el anonimato. La grandeza de los textos y obras artísticas ha llevado a otros talentos, quizás menores, a supeditar esa habilidad y destreza a la gloria de los mejores. A pretender hacerse pasar por ellos. ¡Ah generosa vanidad!

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