Otros Columnistas
columnista

La isla de los muertos

No podemos ser anónimos, no debemos permitir que haya personas anónimas, sin un propósito colectivo.

Otros Columnistas
POR:
Otros Columnistas
noviembre 02 de 2017
2017-11-02 10:25 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/04/05/5703e5663d293.png

Una de las cosas bonitas de Venecia es su cementerio. En la isla de San Michelle, conocida como la Isla de los Muertos, se detiene el vaporetto y uno se encuentra un lugar memorable: una iglesia construida en el siglo XV y tumbas de venecianos y personajes del mundo, como Igor Stravinsky. Allí, las lápidas recogen el nombre, las fechas de nacimiento y muerte, y lo más genial, una foto del difunto, por lo general sonriente. Lo de la foto es una manera de mantener viva la memoria del muerto. Quizás porque nos duele olvidar, también porque buscamos ser inmortales de alguna manera. Todos queremos ser reconocidos.

Buscamos ser tenidos en cuenta como parte de nuestra naturaleza. Así funciona el amor y también el derecho. El rechazo a las injusticias manifiestas como la exclusión, la violencia, la humillación, hacen parte de esa búsqueda.

Marx dijo que la lucha de clases era el motor de la historia. Hegel, antes que él, había dicho que lo era la lucha por el reconocimiento. A finales de los noventa, Axel Honneth, dedicó varios libros a este tema. Una persona humillada, despreciada o marginada, pierde su integridad. Es más que un anónimo social. Por eso, los conflictos sociales son parte de esa lucha por ser reconocidos.

La versión actual de este planteamiento es el discurso de Mark Zuckerberg en Harvard, en mayo de este año. El fundador de Facebook insistió en el valor de hacer parte de algo más allá que uno mismo, de ser necesitado, de tener un propósito. “El reto de nuestra generación es crear un mundo en el que todos tengan un sentido de propósito”, afirmó. Mi interpretación: no podemos ser anónimos, no debemos permitir que haya personas anónimas, sin un propósito colectivo.

Quizás lo de Zuckerberg tenga un valor más intrínseco. Pero entre Facebook y Hegel, subyace el mismo principio. El que nos reconozcan, que nos den like; sentir que hacemos parte de algo, que no existimos solo entre el paréntesis de unas fechas.

Muchas de las confrontaciones sociales se resuelven con dinero. Dicho con cinismo: un pedazo de tierra, dos millones más, o un subsidio, determinan la salida de un enfrentamiento colectivo. Pero muchas veces lo que hay detrás es la búsqueda por rechazar el maltrato, la desposesión de derechos, la exclusión. Las madres comunitarias no solo buscan que se les reconozcan las prestaciones sociales, lo cual incide de manera importante sobre su calidad de vida. También quieren que se les vea como parte de una tarea noble, comparable al aporte social de los maestros o empleadas domésticas, amparadas por la ley.

Me pregunto si los regímenes populistas logran durar tanto en virtud de la capacidad de dar subsidios. O si es, además, por el temor a su política autoritaria. Seguramente las dos cosas. Pero quizás hay un elemento adicional y es hacerle creer a amplios sectores sociales que en el régimen radica su única posibilidad de ser reconocidos. Sin embargo, la voz de los marginados no es, no debe ser, patrimonio exclusivo de los populistas.

El reconocimiento es una necesidad vital, individual y colectiva. Por eso me gusta el cementerio de Venecia. Por eso, me gustaría morir así, con nombre y foto, sonriente.


Jaime Bermúdez
​Excanciller de Colombia

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado