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Sin fuego no hay calor

Con Antonio Machado me encontré por primera vez en tercer semestre de la universidad.

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diciembre 05 de 2017
2017-12-05 09:10 p.m.
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Con Antonio Machado me encontré por primera vez en tercer semestre de la universidad. Por casualidad, llegó a mis manos un libro grueso de pasta verde y papel de biblia, escrito por Martín Alonso, titulado Manual del Escritor, en el cual mencionaba a Machado como referente del modernismo de la poesía española.

A partir de ahí me fueron cautivando algunos de sus poemas y su melancolía. Descubrí luego aspectos dramáticos de su vida, que me parecieron sugestivos. Dadas las dificultades vividas en España a finales del siglo XIX, Machado se fue a París con su hermano, donde trabajaron como traductores en la editorial Garnier. Allí conocieron a Rubén Darío, que era corresponsal del diario La Nación de Buenos Aires, y a Oscar Wilde, quien habría de pasar por esa ciudad en varias ocasiones, hasta su muerte.

En 1909, a los 34 años, Antonio se casó con Leonor Izquierdo Cuevas, de tan solo 15 años, hija de la dueña de la pensión en la que se hospedaba. Sin embargo, casi tres años más tarde, muere su esposa de una dura enfermedad, en la que el poeta estuvo a su lado para consolarla y cuidarla.

Poco tiempo antes de conocerla, había escrito el poema Yo Voy Soñando Caminos, del cual me quedo con esta estrofa:

“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón”.

Con ella siempre pienso en la necesidad de tener el motor interior prendido para sentir que estamos vivos. Y me recuerda a quienes se hicieron grandes porque siguieron la ruta que les dibujaba su voz interior. Así como Leonardo Da Vinci, que a escondidas sacaba de la morgue cuerpos humanos para estudiar en detalle cada uno de sus músculos y partes; o como Beethoven, quien, a pesar de sus problemas auditivos, no cesó de componer.

Con la intensidad con que Mariana Pajón da cada vuelta a la pista; con el impulso con el cual Oscar Figueroa levanta las pesas, para ganarse la medalla olímpica, no obstante haber sufrido una lesión en sus vértebras. Con el empeño de Luis Miguel Bermúdez, premio Compartir al Maestro, para evitar el embarazo adolescente y los abusos que sufren sus estudiantes.

El triunfo es de los apasionados. De aquellos que no desfallecen en su empeño, de quienes persisten en su locura, de los que tienen una motivación íntima por la cual hacen las cosas. Eso es lo que da significado a cada amanecer.

¡Qué duro es levantarse en la mañana sin ninguna razón por la cual vivir el día!
Buena la suerte de los que tienen fuego interior. Quizás por eso Machado concluye su poema así:

“Aguda espina dorada,
“quién te pudiera sentir
“en el corazón clavada”.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia

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