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Náufrago del tiempo

Es como si nos dijeran con su testimonio que el tiempo no nos pertenece y no lo controlamos. 

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marzo 23 de 2017
2017-03-23 09:18 p.m.
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Cada vez que me encuentro con Jorge Orlando Melo, aprendo algo nuevo. Lo conocí cuando era consejero presidencial para los derechos humanos y yo aterricé en su despacho para hacer un trabajo académico en mis últimos semestres de universidad.

Melo es uno de los principales historiadores de Colombia y uno de sus más notables intelectuales. Fue promotor de la Nueva Historia en los setentas, meticuloso historiógrafo y buen divulgador de relatos complejos, penetrando en el curso de la estructura social sin abandonar el valor de las acciones individuales. En sus escritos sobresale por la prudencia analítica y rigor informativo, y en sus oficios públicos y privados, por su gestión eficaz con un perfil ajeno a la figuración.

Entre sus historias y anécdotas, me regaló una hace poco. Se trata del primer Robinson Crusoe, doscientos años antes de la novela escrita por Daniel Defoe. Melo se encontró con algunos documentos que relatan la proeza de Pedro Serrano, quien estuvo varios años en una isla luego de naufragar en 1528. El relato original lo recoge una narración firmada por ‘Maese Juan’, entregada hacia 1540 a Carlos V, y que se conserva como manuscrito en el Archivo de Indias.

Garcilaso de la Vega mencionaría luego que la isla Serrana, parte del archipiélago de San Andrés, “se llamó así por un español llamado Pedro Serrano cuyo navío se perdió cerca de ella” y que logró llegar nadando. Allí vivió siete años “con industria y buena maña, sin agua ni leña”.

Los otros náufragos murieron en el intento por abandonar el lugar. Uno de ellos “se empezó a comer por los brazos, y de algunos bocados que se dio murió como rabiando”. Serrano se alimentó de huevos de tortugas, lobos marinos, cuervos y raíces. Fue rescatado, junto con otro sobreviviente, por una nave española que los reconoció al ver el fuego encendido.

Así, o peor, es el drama de quienes quedan atrapados por las circunstancias y pierden la posibilidad natural de moverse; de escoger entre varias opciones o caprichos; de estar con aquellos que se quiere. Así como lo es una enfermedad grave, un secuestro, o la cárcel para quien es inocente.

Por ello, resulta muy llamativo que existan personas que convierten esas circunstancias en un volcán de autonomía, de motor interior, de liberación íntima. No es fácil entender cómo Nelson Mandela, después de 27 años de prisión, fue capaz de salir más fortalecido y sin amarguras a cambiar la vida de una nación. No es fácil digerir que Pedro Serrano haya sobrevivido por años y luego se convirtiera en referente de las crónicas de indias y la geografía del caribe.

Es como si nos dijeran con su testimonio que el tiempo no nos pertenece y no lo controlamos. Que se trata de un regalo, no un castigo, para sacarle provecho; que no hay otra opción que vivir como venga la mano. Pero sobre todo, que la amargura del sufrimiento no recupera el pasado ni modifica el futuro. La diferencia está en la forma como decidimos consumir cada instante.

Si morimos, que no sea como náufragos del tiempo.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia
jaimebermu@gmail.com

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