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¿Premio Nobel inclinará la balanza a favor de la paz?

Es un recordatorio de que la comunidad internacional continúa plenamente comprometida con la terminación del prolongado conflicto armado en Colombia.

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octubre 10 de 2016
2016-10-10 07:16 p.m.
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La decisión de conceder el Premio Nobel de la Paz al presidente Juan Manuel Santos llega en un momento crítico en Colombia. Luego del devastador rechazo a los acuerdos de paz alcanzados después de más de cuatro años de negociaciones con las Farc, el premio es una fuente importante de apoyo político para el Presidente, servirá para mantener el rumbo del proceso de paz, y podría contribuir para que Colombia supere este período de peligrosa incertidumbre. El premio es un recordatorio de que la comunidad internacional continúa plenamente comprometida con la terminación del prolongado conflicto armado en Colombia.

El presidente Santos es símbolo de una circunscripción de paz mucho mayor, como reconoció al recibir la noticia. Clave entre ella es el universo de más de 8 millones de personas que han sufrido del conflicto. Docenas de estas víctimas, la mayoría mujeres, han asumido un papel clave en el proceso de paz. Su presencia en La Habana ha contribuido a la transformación de actitudes en la mesa y el inicio de un proceso de sanación. Han ayudado a mantener a las partes en la mesa, y han inspirado a los negociadores a elaborar un acuerdo que no concede la impunidad y que respeta los derechos de las víctimas a la verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Por injusto que pueda aparecer, son ellas—las más afectadas—quienes lideran el rescate de una sociedad traumatizada por el conflicto.

Si otro hubiera sido el resultado del plebiscito, el premio Nobel de la paz habría sido compartido entre el presidente Santos y Rodrigo Londoño, el líder de las Farc. Se hace la paz entre enemigos y un acuerdo entre las partes. Ambos líderes y sus equipos negociadores merecen un reconocimiento. Por seis años, las dos partes han trabajado en privado y en público para encontrar terreno común. Han aprendido a escucharse y respetarse, han manifestado la paciencia y moderación, han encontrado soluciones innovadoras que serán útiles en otros procesos de paz, y cada parte ha asumido enormes riesgos políticos con sus públicos.

El camino adelante es complejo y volátil. Nadie puede reclamar una clara victoria electoral como resultado del plebiscito. Rodrigo Uprimny, un jurista prominente denominó los resultados como un “empate técnico”, pues la victoria del “no” se basa en menos de la mitad del uno por ciento de los votantes y una abstención que superó el 60%. En estas circunstancias, un triunfo de un “sí” de aguas tibias podría haber sido peor. Implementar las provisiones en el Acuerdo para la reforma agraria, mayor participación política en la democracia colombiana, la reducción de los cultivos ilícitos y el narcotráfico, y poner de pie un sistema integral de justicia transicional requiere apoyo fuerte. La falta de un “sí” contundente le gana tiempo al presidente Santos para buscar un camino de negociación con el segundo grupo guerrillero, el Ejército de Liberación Nacional (Eln), y la disidencia del Ejército Popular de Liberación (Epl). Las negociaciones exploratorias con el Eln llevan casi tres años. Es hora de que estas alcancen un nuevo nivel de seriedad. Sin un acuerdo con el Eln, la paz con las Farc corre peligro de no sostenerse. La paz completa requiere acuerdos con todos los grupos armados.

El voto en el plebiscito reveló la tremenda polarización de la población y las brechas geográficas y sociales particulares del país. Las regiones rurales periféricas más afectadas por el conflicto votaron abrumadoramente a favor del acuerdo de paz y las zonas urbanas más alejadas de la violencia del conflicto lo rechazaron en su mayoría. No es de poca monta que el Acuerdo rechazado ofrece opciones para proyectos de vida digna a las poblaciones rurales y marginadas de Colombia, y llama la atención que las víctimas hayan aceptado por grandes mayorías la propuesta de justicia ofrecida desde La Habana.

Hay muchas razones para el optimismo, si bien hay retos tremendos adelante. Primero, hay una actitud constructiva y responsable en la mesa en La Habana. Al conocerse los resultados del plebiscito, los negociadores inmediatamente resumieron su trabajo, asistidos por los garantes internacionales de Noruega y Cuba, los expertos legales de ambos lados, y los enviados especiales de Estados Unidos y de la Unión Europea, entre otros. El viernes pasado anunciaron que se mantiene el cese al fuego bilateral y se pidió a las Naciones Unidas y los observadores internacionales quedarse en Colombia para verificarlo. También se comprometieron a continuar con las medidas humanitarias que ya entraron en vigencia: proyectos conjuntos de desminado y sustitución de cultivos, así como la búsqueda activa de desaparecidos y la separación de menores de las filas de las FARC. Ya se había iniciado procesos para reconocer responsabilidades frente a comunidades emblemáticas como Putumayo, La Chinita, Bojayá, y Valle del Cauca, donde los responsables han pedido perdón a las comunidades y se comprometieron a planes reparaciones apropiadas –todo en privado, serios, y de largo plazo. No hay vuelta atrás.

Además, en Colombia, el expresidente Álvaro Uribe, el mayor oponente al acuerdo de paz y líder de la campaña del “no” en el plebiscito, se reunió con el presidente Santos, descongelando una tensión de seis años. El equilibrio de poder está claramente en juego, complicado por intereses creados y agendas políticas con horizonte de elecciones presidenciales. Sin embargo, ambos líderes designaron nuevos equipos de negociadores para discutir propuestas, y líderes de la comunidad internacional han ofrecido sus buenos oficios. No es tarea fácil, dado la integralidad del Acuerdo como paquete, la necesidad de interpretar los anhelos representado por las distintas expresiones en el plebiscito, y la imprescindibilidad de satisfacer los derechos de todas las víctimas y evitar la impunidad. Tampoco se sabe qué aceptarían las Farc, que ya firmaron lo que las dos partes consideraron el mejor acuerdo posible. Hay mucho trabajo por delante pero estas conversaciones difíciles se van asumiendo.

Mientras tanto, por todo el país hay movimiento de una ciudadanía que ve la amenanza de un retorno a la guerra y busca opciones para salir adelante. Hay marchas por todo el país que reúnen en conversación a colombianos de todo el espectro político. Indígenas salen de sus pueblos desde la Sierra Nevada camino a Bogotá para juntarse al movimiento para la paz. En los territorios se reúnen firmas para celebrar cabildos abiertos a nivel de municipios, lo que les permitirá implementar los acuerdos en sus regiones. En el norte del Cauca, las comunidades afro están en asamblea permanente en defensa del derecho a la paz. Las mujeres que favorecían los votos tanto del “sí” como del “no” convocan un diálogo nacional con las mujeres de las Farc y las representantes del gobierno de Santos para ofrecer soluciones a la crisis actual. Hombres y mujeres de fe rezan en vigilias marcadas por silencio, velas y oraciones. Los estudiantes de todo el país están liderando manifestaciones pacíficas que exigen que las élites políticas eviten a toda costa el retorno a la guerra. Artistas ponen su grano de arena, o en el caso de Doris Salcedo, ceniza, creando instalaciones participativas para que no se olvida de las víctimas del conflicto. Desde cada sector y desde cada región, se profundiza el compromiso hacia la paz.

En este contexto, el Premio Nobel de la Paz marca un momento histórico que puede profundizar esta transformación de la desesperanza a la esperanza. El arduo trabajo para construir la paz a la colombiana sigue adelante así como el apoyo firme de la comunidad internacional para esta tarea.

Virginia M. Bouvier
Especial para Portafolio
Alta consejera para procesos de paz del Instituto de Paz de Estados Unidos.

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