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La respuesta de la política monetaria frente al persistente aumento de la inflación

La solución ha sido elevar la tasa del Banco Central a 6,25 %. Más reajustes
son necesarios para asegurar convergencia de las expectativas a la meta.

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abril 06 de 2016
2016-03-07 10:51 p.m.
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El mayor reto que enfrenta la autoridad monetaria es cómo responder a la inflación de manera efectiva y creíble. No se trata solo de su persistencia, sino de la persistencia de su aumento. En efecto, la anual a febrero alcanzó 7,6%, la más alta en siete años; ha permanecido por encima del límite superior del rango meta (2% - 4%) en 13 meses; y supera en más de 2,5 veces la meta puntual del 3%. La de alimentos, 11,9%, ha sido causada principalmente por choques de oferta, ante los cuales, en principio, no debería responder la política monetaria, excepto si las expectativas se desanclan de la meta, como en efecto ha sucedido.

La política monetaria por sí sola no está en capacidad de controlar la inflación de alimentos provocada por fenómenos climáticos. Resulta indispensable el acompañamiento de una política fiscal ambiental que grave las emisiones de carbono y, mediante créditos tributarios o ‘bonos verdes’, remunere la prestación de servicios ambientales que mitiguen el estrés hídrico proveniente del cambio climático: la restauración asistida del bosque natural y la deforestación evitada en páramos y cuencas; la conservación de bosques en pie; la reforestación y la forestación nueva; la regeneración y conservación de la biodiversidad; la conversión de ganadería extensiva a sistemas silvopastoriles, y el riego por goteo. Adicionalmente, la política comercial debe contribuir a garantizar el abastecimiento.

Pero ya no es solo por alimentos. La inflación, excluyendo alimentos, también sigue en ascenso, y se ha trepado al 5,9%. Y excluyendo además regulados –en buena parte servicios públicos con tarifas indexadas a los precios de los combustibles–, al 5,8%. El promedio de las básicas a febrero, o sea las que reflejan más exactamente presiones inflacionarias del lado de la demanda, aumentó por decimoséptimo mes consecutivo. Hoy se sitúa en 6,1%, el nivel más alto desde junio de 2009.

En suma, todos los indicadores relevantes de la inflación se hallan al alza. En cifras anuales, a finales de febrero en el 2014, el 2015 y el 2016, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) se incrementó 2,3%, 4,4% y 7,6% respectivamente. Los alimentos 1,8%, 6,8% y 11,9%. Sin alimentos, 2,5%, 3,4% y 5,9%. Sin alimentos ni regulados, 2,8%, 3,4% y 5,8%. Y el promedio de las básicas, 2,6%, 3,5% y 6,1%.

Tanto las encuestas como los modelos probabilísticos arrojan evidencia de que las expectativas a mediano plazo se hallan técnicamente desancladas del objetivo fijado por la junta del Banco de la República. Las expectativas de los analistas a un año se encuentran arriba del límite superior del rango meta. Y las de mediano plazo –a dos, tres y cinco años–, igualmente por encima.

Como ha señalado el profesor Michael Woodford, las expectativas importan más que cualquier otra consideración a la hora de fijar la postura de política monetaria
Según los modelos que miden la distribución de probabilidades de los pronósticos de inflación, esta estaría tocando su máximo nivel a mediados del 2016, y a partir de allí convergería a la meta, llegando a alcanzarla de nuevo en el 2017, pero mediante una política monetaria activa, es decir, elevando la tasa de interés, y con la ayuda de la caída de los precios de los alimentos, que tendrá lugar el próximo semestre tras la terminación del ciclo actual del fenómeno de ‘El Niño’.

Entretanto, la tasa de interés real de intervención del Banco, deflactada por el IPC, se ha mantenido desde principios del año pasado cerca de cero, y desde julio en terreno negativo.

En cuanto a la tasa de cambio, según los distintos modelos disponibles, no existen indicios sobre su desalineación con respecto a su rango de equilibrio. Por el contrario, los fundamentales de la economía explican satisfactoriamente el ajuste cambiario observado. Dentro de ese contexto, cabe destacar dos situaciones propias de la economía colombiana que ayudan a entender el mayor ritmo de devaluación que hasta hace poco observó el peso frente a algunas monedas del vecindario. En primer término, el abultado déficit de la cuenta corriente, que raya en el 6,5% sobre el PIB, el cual, en términos porcentuales, es el más alto entre las economías de tamaño similar o superior a la colombiana en el mundo, y aún no muestra signos de reducirse. Y, en segundo lugar, el desplome de la economía venezolana y el estado recesivo de la ecuatoriana, que representaban, en conjunto, el primer destino de nuestras exportaciones de manufacturas. Así que lo excesivo no fue la reciente devaluación, sino la prolongada y aguda revaluación que la antecedió.

Finalmente, la respuesta de la autoridad monetaria ha consistido en la elevación de la tasa de interés del Banco Central del 4,5% al 6,25% durante los últimos seis meses. En mi opinión, reajustes adicionales son necesarios para asegurar la convergencia de las expectativas de inflación a la meta.

Carlos Gustavo Cano
Codirector del Banco de la República

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