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Su majestad el contrato

La pérdida de confianza de la ciudadana en sus instituciones ha sido la constante en el país y sucede a pesar de las grandes inversiones del Estado.

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marzo 15 de 2017
2017-03-15 08:50 p.m.
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Decía Keynes que la egipcia era una sociedad afortunada y que la Edad Media compartía esa circunstancia. La primera construía pirámides y la segunda levantaba catedrales (…y cantaba endechas).

Desafortunadamente, la economía moderna enfrenta problemas más complejos que la construcción de monumentos con rendimientos constantes a escala: “dos pirámides, dos misas de réquiem, son dos veces mejores que una; pero no sucede lo mismo con dos ferrocarriles de Londres a York”.

El problema no era ya la escasez de recursos para financiar proyectos de infraestructura, sino, por el contrario, la escasez de proyectos a los cuales asignar los recursos para generar empleo y el consecuente incremento de la demanda por bienes y servicios.
No vislumbró el gran economista que algunos países llegarían a conjurar este tipo de obstáculos a partir de la tesis según la cual el mercado, más que bienes y servicios, transa derechos de propiedad.

Un ejemplo que ilustra este aspecto del mercado puede hallarse en el retiro de un automóvil del concesionario por parte de su nuevo propietario. Los escasos metros de su recorrido hasta la calle difícilmente se corresponderán con la proporción en que se reduce su precio, debido a que no se encuentran mayores evidencias de cambio o desgaste. Pero existe un aspecto en que el vehículo ha sido modificado de forma radical: el cambio en su título de propiedad.

A este tenor, la transacción de derechos está en capacidad de alterar la correspondencia entre la realidad física de los bienes y los costos asociados a su realidad jurídica. Por eso, transar bienes no necesariamente se corresponde con transar derechos, y en los mismos términos es posible deducir que no es igual proyectar una obra de infraestructura que proyectar su contrato, ni mucho menos un pleito.

En Colombia se ha convertido en tradición la erogación de recursos públicos destinados a un proyecto, al precio que hubiera alcanzado de haber sido construido varias veces. Es decir, mediante la modalidad del contrato ha resultado procedente asumir el costo de varios puentes sobre un mismo cruce del río, literalmente, a la “sombra” de uno solo.

En ocasiones, la responsabilidad de los sobrecostos es atribuida al Ministerio de Hacienda por demoras en los desembolsos. No obstante, existen obstáculos propios de los “caprichos de la naturaleza” que terminan jugando un papel definitivo en la multiplicación de los costos, argumento que debe ser revisado con lupa toda vez que su fuente no está en las tesis del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, sino en la de un experto en el tema, como Miguel Nule cuando escribe (…o confiesa) el exabrupto de que “la corrupción es inherente a la naturaleza humana”, frase que sitúa al contribuyente en el peor de los escenarios.

Más allá de las gigantescas magnitudes de recursos –públicos y privados– desviados hacia escenarios delictivos, está la pérdida de la confianza ciudadana en sus instituciones y el consecuente aumento de los costos transaccionales asociados a la tributación, un tema particularmente sensible en Colombia.

La institución del contrato exige mayor integridad y reputación. Por eso, en lo que atañe al desembolso de recursos públicos, la pregunta sobre cuántas veces puede construirse un puente sobre el mismo cruce del río debe ser un acertijo que en condiciones normales halle respuestas aproximadas sea desde la ingeniería o desde los tribunales.

Diego Rengifo Lozano
Profesor
drengifol@hotmail.com

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