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Una patria boba contemporánea

Ojalá no continuemos por el camino de la división política, porque, de lo contrario, caeremos igual que otros países vecinos.

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mayo 10 de 2017
2017-05-10 09:26 p.m.
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A comienzo de los años 1800, ante la crisis de la monarquía española, después de la invasión francesa en la península ibérica y frente a todas las vicisitudes que tenía el rey José Bonaparte con los cabildos hispanoamericanos, se genera, según el historiador Javier Ocampo López, la fase autonomista de la primera república granadina, es decir lo que hoy llamamos la República de Colombia.

Esta era independista, que, básicamente, funcionó como una reorganización provincial de los que no estaban de acuerdo con la monarquía, se dividió en dos grupos. Por un lado, aquellos que pensaban que el futuro de la nueva nación granadina debía ser gerenciada con un sistema centralizado, en el que debía existir una casa de gobierno y desde allí se tomasen todas las decisiones políticas, económicas y sociales. Por otro, existían los federalistas, que proponían un Estado conformado por diferentes micronaciones, que enmarcarían un panorama estatal independiente, basando su filosofía en los derechos locales de cada pueblo sobre una soberanía nacional.

Recordemos que además de esta bifurcación idealista, existían los llamados caudillismos y regionalismos, que ingresaban al conflicto para complicar el rumbo político definido por el libertador Simón José Bolívar.

Jorge Tadeo Lozano, Camilo Torres, Antonio Nariño, Simón Bolívar, Gabriel Piñeres y García de Toledo fueron algunos de los protagonistas de estas ideas, en las que buscaban, por un lado, conformar un Estado de derecho común, regido por un ideal constitucional y, por otro, un Estado descentralizado, demandado por el libre albedrío de los contribuyentes políticos.

Todo lo anterior ocasionó una guerra civil entre federalistas y centralistas, en la que la autoridad española fue depuesta de sus cargos políticos y se gestaron nuevos conflictos entre patriotas y realistas, desencadenando una inmensa problemática social, económica e incluso religiosa.

Los disturbios, gestaron la minimización final del oro, plata y platino, el comercio y la industria artesanal decayeron más del 50% en los primeros dos años de enfrentamientos. Se extendió el déficit fiscal, y tesorero y el regionalismo comenzaron a cobrar vidas por la puja de la conformación de nuevas empresas en contra del monopolio español.

Aunque en el campo los productos agrarios no sufrieron secuelas importantes, el monopolio de la producción agrícola generó escasez en las ciudades, fomentando un problema de alimentación, al igual que la famosa Peste Negra en la Edad Media europea. El país se aisló económicamente por subregiones, promoviendo el declive de una sola Constitución y demarcando un rumbo que hasta hoy vivimos, dividido por ideales políticos.

Hoy, hay una división política en el país, existe el déficit en la política fiscal y de tesorería, hay regionalismo, criollismo, aislamiento político interdepartamental y, en muchos casos, existen urbes en las que se dificulta conseguir ciertos alimentos.

Pareciera que estamos en una patria boba contemporánea, pero a diferencia de la de 1810-15, aquí no hay precursores ni héroes, en aquella época sí. Ojalá no continuemos por el camino de la división política, porque, de lo contrario, caeremos igual que otros países vecinos.

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