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El debate que surgió la semana pasada en torno al proyecto de Autopistas de la Montaña puso de presente el desarrollo de la infraestructura en el país.
Más allá de los méritos que tienen los argumentos de quienes cuestionan o apoyan la iniciativa –que recibió un espaldarazo de Juan Manuel Santos– vale la pena llamar la atención sobre la costumbre tan arraigada en Colombia de debatir emprendimientos importantes por más tiempo que el que ocuparía su construcción.
Un caso emblemático es el de la Avenida Longitudinal de Occidente en la Sabana de Bogotá, ideada en 1961 y cuya realización está todavía en veremos,.
Pero no es el único.
Pareciera ser que, por cuenta de buscar la solución óptima, concretar las obras se vuelve un propósito esquivo. Esa manera de actuar –o mejor, de no actuar– tiene que cambiar a la luz de las nuevas realidades.
Y es que sin desconocer los problemas que enfrenta en múltiples frentes, la verdad es que Colombia atraviesa uno de los mejores momentos de su historia. La economía crece a un buen ritmo, lo cual es destacable cuando se ve la crisis que afecta a Europa y ha ocasionado una desaceleración global.
La llegada de Inversión Extranjera Directa no ha disminuido su ritmo y las empresas locales tienen una percepción optimista, como lo mostró el más reciente sondeo de Fedesarrollo.
Ante los vientos que soplan en la dirección correcta, no faltan quienes se preguntan cuánto puede durar la bonanza. La respuesta es que las condiciones están dadas para que siga durante varias décadas, en la medida en que la demanda de materias primas, estimulada por el buen desempeño de Asia, ha cambiado de manera fundamental y quizás permanente las fuentes de crecimiento en el mundo.
Reconociendo los nuevos paradigmas, el país tiene que hacer mucho de su parte para que la época de las ‘vacas gordas’ perdure.
Para decirlo con claridad, los colombianos no pueden repetir el error de otros, que dejaron pasar una situación favorable y no invirtieron de cara al futuro.
Las bonanzas, por más que duren, siempre se acaban.
En tal sentido, el reto es el de saber sembrar los mayores recursos fiscales, para romper los cuellos de botella que limitan la productividad y la competitividad. Por esa razón es que una de las mayores urgencias es la situación de la infraestructura de transporte. Se habla mucho de la red vial, pero centrar el debate en el estado de las carreteras sería tener una visión limitada de los requerimientos del país.
El movimiento de carga no puede limitarse a una única alternativa. Son necesarios puertos, aeropuertos, redes ferroviarias y transporte fluvial que abaraten costos y ofrezcan más opciones de movilidad.
De tal manera, es indispensable dejar atrás los lastres que limitan el desarrollo de proyectos y empezar a pensar en lo que el sector productivo demandará dentro de una década, pero también a mediados del siglo.
Una gran inversión hoy, bien hecha, garantizaría un beneficio futuro que no sólo sería cuantificable en dinero, sino en bienestar.
A pesar de los muchos esfuerzos y el anuncio de que va a doblar su capacidad, el aeropuerto Eldorado se ha quedado pequeño.
Eso no debería volver a suceder. En consecuencia, es imperativo contar con una hoja de ruta, diseñada con visión de largo plazo.
Cuanto más demore la construcción de la infraestructura, más costosa va a ser. Especialmente porque por no perder, nos arriesgamos a dejar de ganar más. Con la diferencia de que, en este caso, la apuesta parece segura, pues la senda está señalada.
En conclusión, si no hay un cambio en el modelo actual, es posible que en un futuro más o menos cercano, miremos hacia la segunda década del siglo XXI y lamentemos las oportunidades que se escaparon.
Por eso, la pregunta válida es si somos capaces no de pensar en pequeño, sino de actuar en grande.
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