América Latina en 2030: la prosperidad compartida es posible

El Banco Mundial, bajo el liderazgo del Presidente Jim Yong Kim, ha centrado su atención en la ambiciosa y exigente labor de eliminar la pobreza extrema de la población mundial para el año 2030 y aumentar los ingresos del 40 por ciento más pobre con el fin de promover la prosperidad compartida.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
mayo 09 de 2013
2013-05-09 07:15 p.m.

Puede sonar atrevido, pero América Latina podría cumplir estos objetivos antes de tiempo. La región ya ha avanzado significativamente en términos de reducción de la pobreza y sus gobiernos y economías han evolucionado considerablemente, adoptando las reformas políticas, sociales y económicas necesarias para hacerlas realidad.

Enfrentados a la mayor desigualdad del mundo, los gobiernos de la región, independientemente de su sesgo político, han convertido en prioridad el objetivo de mejorar las oportunidades de los menos afortunados.

Datos preliminares indican que en 2011 el 13,3 por ciento de los latinoamericanos vivía con 2,50 dólares o menos al día, el umbral de ingreso utilizado por el Banco Mundial para determinar la pobreza extrema en la región. Este porcentaje significa una reducción de casi un 50 por ciento en una década.

Si en los próximos diez años la región nuevamente logra sacar a un porcentaje similar de su población de la extrema pobreza, habrá cumplido mucho más pronto con el objetivo de Kim para 2030.

Sin lugar a dudas América Latina todavía tendrá que hacer mucho más por el grueso de su población que vive como pobre moderado (17 por ciento) o vulnerables (35 por ciento). Los vulnerables devengan más que los pobres pero, al igual que ellos, carecen de la seguridad económica de la clase media.
Es para estos segmentos que la prosperidad compartida es sumamente crítica. De acuerdo a esta nueva visión – respaldada por autoridades financieras globales durante las últimas reuniones de primavera del Banco Mundial y el FMI–  el Banco se enfocará en mejorar las oportunidades del 40 por ciento de la población mundial de menores ingresos. Esto significa garantizar que esta población tenga un mejor acceso a servicios básicos como educación y salud.
Claro que extender la prosperidad será más fácil en Brasil o México que en países extremadamente pobres como Haití, donde el tamaño de la torta ya es pequeño de por sí. Brasil, de hecho, ya demostró que un país puede crecer económicamente hasta convertirse en una potencia regional y al mismo tiempo ayudar principalmente a los pobres, afianzando un círculo virtuoso de progreso económico y social.
Por ejemplo, garantizar el acceso a una educación de calidad a niños desfavorecidos aumenta su capacidad productiva y mejora la inclusión social a través de una mayor empleabilidad y productividad. Esto, a su vez, significa un mayor crecimiento, incrementando la disponibilidad de recursos para mejorar la calidad de vida de más personas.
En los últimos años, este círculo virtuoso parece haberse arraigado a lo largo de la región. Un reciente informe del Banco Mundial muestra que en la última década los ingresos del segmento más pobre de la población en Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Panamá, República Dominicana y Venezuela creció mucho más rápido que el ingreso de los segmentos más ricos.
Cuatro factores cruciales hacen posible y sustentable esta prosperidad: un sistema tributario progresivo y eficiente, instituciones transparentes y efectivas, un clima favorable a los negocios y una mejor gestión de riesgos. Un buen ejemplo de esto es Uruguay. Hace ya algunos años que esta nación sudamericana cuenta con estos cuatro factores; su nivel de pobreza extrema ahora se encuentra por debajo del 0,5 por ciento y su nivel de desigualdad es el más bajo de la región.
Trabajando estrechamente junto a líderes latinoamericanos, también he podido apreciar su determinación en garantizar la sostenibilidad ambiental. La actual búsqueda de una prosperidad compartida no puede llevarse a cabo reduciendo las opciones de las generaciones futuras. El aire que hoy no es limpio tendrá efectos en la salud de nuestros hijos. Un saneamiento deficiente hoy derivará en problemas de crecimiento para las generaciones futuras.
No hay dudas que América Latina deberá acelerar su proceso de reformas — tales como mejorar la calidad de la educación e infraestructura — para mejorar las posibilidades de la mayoría de su población.
Economistas del Banco Mundial, buscando una forma de medir qué tan bien se comparte la prosperidad en la región, identificaron un índice compuesto que deja a América Latina lejos de los países con mejor desempeño del mundo. De hecho, según este índice, manteniendo el mismo ritmo de reducción de inequidad de la última década, América Latina tendría que crecer anualmente un 7.5 por ciento per cápita para cerrar la brecha con las sociedades más prósperas para 2030. Ese es un desempeño bastante superior al estimado crecimiento per cápita de 3.1 por ciento de este año.
Pero soy optimista. La región ya demostró que con la combinación correcta de reformas y liderazgo puede revertir la situación de los menos afortunados de manera muy rápida. Lo ha hecho para los pobres extremos; puede hacerlo de nuevo para los vulnerables.


Hasan Tuluy, vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe.

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