Análisis/2014: camino hacia la paz

Colombia tiene cómo despegar hacia niveles superiores de desarrollo industrial y agropecuario, mayor equilibrio regional, aseguramiento de los derechos fundamentales y aumento del bienestar general.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
febrero 12 de 2014
2014-02-12 01:11 a.m.

Pero el conflicto se degradó, causando graves perjuicios en infraestructura, frenó la dinámica económica y se abandonaron durante décadas territorios y comunidades.

Hace una década, el Contralor General de la República tocó fibras hondas de sus subalternos al remitirles, en uno de los tantos momentos de crisis que el conflicto armado nos ha producido en el alma, el famoso poema ‘Tristes guerras’, de Miguel Hernández.

Tristes guerras si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Poema sobre imagen

del conflicto armado

en Colombia

Tristes hombres

si no mueren

de amores.

Tristes, tristes.

Colombia tiene cómo despegar hacia niveles superiores de desarrollo industrial y agropecuario, mayor equilibrio regional, aseguramiento de los derechos fundamentales, y aumento del bienestar general. Pero el conflicto se degradó causando graves perjuicios en infraestructura, frenó la dinámica económica y se abandonaron durante décadas territorios y comunidades. El impacto humano corroboró que la guerra, aun con las armas legítimas del Estado, afectó la pretensión hacia un salto económico y social. El trasfondo del mensaje en la entidad vigía de los recursos públicos era el mejor uso del presupuesto limitado en un país que requería inversiones y ajustes en justicia, derechos, carreteras, antes que derrochar recursos para matarnos nosotros mismos.

Estuvimos impotentes e inermes frente a los señores de la guerra, y crecimos asumiendo una naturaleza violenta que no constituye nuestra esencia. El ‘acuerdo general para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera’ reconoce la paz como un propósito que requiere la participación de todos, sin distinción. Así, refrendaremos el fin del conflicto para empezar a cumplir la elemental finalidad del Estado: “proteger a todas las personas residentes en Colombia, en su vida, honra, bienes, creencias, y demás derechos y libertades”.

Se incrementó la vulnerabilidad individual y colectiva, pero omitimos una política de Estado para resolver el conflicto. Hemos sido consistentes en la confrontación militar, sin que tal decisión pública responda a un criterio racional de costo/beneficio social, político o económico, y el volumen de recursos alcanza cifras absurdas: el presupuesto del 2014 para la defensa y la seguridad es de 28 billones de pesos, el mayor sectorialmente. Tal desproporción no tiene discusión porque, como política pública, carece de evaluación de eficiencia y eficacia para su control.

La única forma de ganar la guerra, en términos absolutos, es firmando la paz. Cualquier otra opción irrespeta y degrada la vida y, por tanto, por ética y moral, la política pública que la contenga es ilegítima. Podría empezar a serlo cuando, quienes decidan hacer la guerra vayan, o sus hijos, al frente de batalla. Mientras tanto, condenar a muerte a soldados y policías, y a conciudadanos inocentes, no se justifica. Ya basta de auspiciar negocios particulares con el dolor de la guerra, el desangre de recursos públicos y la afectación del medio ambiente. A este caudal de crímenes debe aplicarse el freno de mano, y el presidente Santos, sin la presión de un plazo, avizora un acuerdo en el horizonte del presente año.

El presidente Santos, que fue ministro de Defensa, admitió ante el pleno de Naciones Unidas: “es más fácil hacer la guerra que la paz”. Y pudo tomar ese camino exclusivo y expedito, sin riesgos, para asegurar su reelección. Pero tuvo el arrojo y la osadía de jugársela por el país. Sorprendió a quienes esperaban un ventrílocuo, como el que anda bajo las nagüas evadiendo tomates y rechiflas. Desde su discurso de posesión, el mandatario abrió la esperanza de otro rumbo. Las encuestas ahora le son favorables y esta nueva tendencia indica que el Presidente acertó al interpretar y acoger el anhelo nacional de paz. Hasta los opositores, cada vez un menor número, se ven obligados a camuflar su apuesta guerrerista con palabras vacías de paz que les restan credibilidad y votos. ‘Seguir el camino más fácil es lo que tuerce a los ríos y a los hombres’. ¡Y vaya! En el camino, valiosos compatriotas se nos retorcieron, algunos hoy en la cárcel y otros muchos aún sin condena, con plenos derechos políticos ejercidos, sin vergüenza, para pedir votos que respalden su real propósito de aumentar la violencia.

La paz es el más alto ideal de la sociedad y la política de mayor jerarquía en cualquier Estado, con conflicto armado o no. Aun cuando esperado y anhelado, un eventual anuncio de acuerdo final sorprenderá por los antecedentes y el largo recuento de fracasos, por tantos ires y venires, aires y desaires, en un proceso muy sensible.

En el mundo no existe el ordenamiento jurídico previsto por Kant (en su obra Sobre la paz perpetua), y por ello la guerra aún es el subterfugio lícito para la comisión de crímenes. Respaldar el acuerdo final será la cuota inicial para un periodo de convivencia y reconciliación que sea ejemplo y alternativa de justicia transicional, y el despegue hacia un periodo boyante. Las diferencias y la inconformidad continuarán, pero serán debatidas en la confrontación democrática de las ideas. Esta es la esperanza de paz para todos, en el año intenso en el que remamos.

Gabriel Muriel González

Magíster en Estudios Políticos de la Universidad Nacional.

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