Análisis/En el 2014, la gran revolución para la igualdad

Redacción Portafolio
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enero 19 de 2014
2014-01-19 11:45 p.m.

En esta sociedad, en la cual prima lo material, empieza a reconocerse la importancia para la humanidad y su definitiva contribución al desarrollo, algo que se ha despreciado porque lo proveen en su mayoría las mujeres: se trata del cuidado. La verdad es que no solo en el mundo en desarrollo, sino ahora en los países industrializados, los jóvenes, los niños, los enfermos crónicos, las personas con limitaciones físicas o mentales y, de manera creciente, los ancianos, carecen del cuidado necesario. En su concepción más amplia, el cuidado ha dejado de ser o nunca ha sido verdadera prioridad de los gobiernos, preocupados más por sus cifras económicas que por la calidad de vida de su población. Y si el cuidado no está en la agenda, su relación con la economía, su gran aporte al proceso de producción, distribución, intercambio y consumo, es un tema absolutamente ignorado. Esta relación entre economía y cuidado es aún más nueva: la economía del cuidado.

¿Pero qué tiene que ver el cuidado y más aún la economía del cuidado con la igualdad? Cuando se focaliza la discusión sobre estas actividades que se hacen en el hogar y con frecuencia en la comunidad, sin reconocimiento y sin remuneración, realizado en el mundo mayoritariamente por mujeres, lo que se encuentra en el fondo es un tema de poder que se basa en la división sexual del trabajo, esencia de los valores patriarcales.

De acuerdo a esta concepción, las mujeres, por el hecho de serlo, están destinadas a permanecer en el hogar y dedicarse prioritariamente al cuidado de este y de su familia, mientras los hombres son los proveedores. Cuando se analiza la realidad actual parecería que esto ha sido superado, porque millones de mujeres participan activamente en el mercado laboral. Pero una mirada cuidadosa demuestra que en ninguna parte del planeta las mujeres han dejado de ser las responsables de ese tipo de cuidado.

Las consecuencias de los nuevos roles asumidos por la mujer sin que cambie radicalmente esa concepción de la división sexual del trabajo, empieza a mostrar consecuencias muy serias a nivel de la sociedad, de la economía y, sobre todo, del tipo de desarrollo de las sociedades en el mundo. Esa gran diferencia entre las oportunidades de hombres y mujeres se identifica como una seria limitación para el avance de los países, que no se resuelve con el solo crecimiento de la economía. Hoy, no hay un país en el mundo en el cual haya equidad de género. Y en la esencia de esta desigualdad está el tema de la economía del cuidado. Mientras estas actividades de cuidado en el hogar, que pueden ser realizadas por terceras personas, sigan viéndose como responsabilidad exclusiva de la mujer, más de la mitad de la población del mundo, las mujeres, se enfrentarán a profundas desigualdades frente a la otra mitad de la humanidad, los hombres.

Durante el siglo XX se lograron los mayores avances en términos de reducir las diferencias injustificables entre hombres y mujeres: hoy, la mujer es cada día más educada que los hombres y vive más, con más años de vida saludable. Sin embargo, esa relativa igualdad no se ha traducido en iguales oportunidades laborales y, mucho menos, en un acceso más equitativo al poder real. Para las mujeres, la autonomía económica sigue siendo más un deseo que una realidad, y el poder político, un sueño que solo se cumple mínimamente y de manera esporádica.

Pero la desigualdad es tema creciente de preocupación en el mundo, que repite casi con desesperación la necesidad de un ‘crecimiento económico incluyente’, que no es más que reconocer que no basta con crecer si los beneficios se concentran cada vez más en pequeños sectores poderosos.

Pues bien, en el reconocimiento de que esta economía del cuidado debe ser visibilizada, medida y distribuida entre el Estado, el mercado, los empresarios y los hombres, se encuentra el principio de la igualdad. Por ello, el tema empieza a hacer carrera aun en sociedades que han tenido el privilegio de tener Estados de Bienestar, pero que hoy viven crisis económicas.

Colombia, machista hasta los tuétanos, se ha montado en este debate. Primero fue la Ley 1413 de 2010 y ahora los resultados de su aplicación, presentados recientemente por el Dane. En nuestro país, la economía del cuidado –labores realizadas en el hogar y en la comunidad, no remuneradas y que pueden ser realizadas por terceros– equivale a un poco más del 19 por ciento de PIB. O sea, que ese trabajo hecho mayoritariamente por mujeres, que nadie valora, le aporta realmente a la economía nacional más del triple que la agricultura; mucho más que la industria que participa en el PIB, con el 14 por ciento, e igual que el sector financiero. ¿Qué tal? (Ver gráfico).

Y resulta que las amas de casa colombianas ‘no hacen nada’, y tampoco aquellas que además de tener un trabajo remunerado sufren pobreza de tiempo, porque tienen que velar por su hogar y sus miembros, que ven televisión y saben lo que es el ocio.

Con estas cifras, llegó la hora de quitarle esa carga a millones de mujeres con políticas públicas, para que tengan actividades remuneradas, ganen autonomía económica, a ver si disminuye la violencia contra ellas, la discriminación y muchos de sus males. Además, cuando el Estado, el mercado, el sector privado, asuman estas responsabilidades, aumentarán la demanda de mano de obra de hombres y mujeres para que realicen actividades del cuidado. No hay razones estructurales para que los hombres no cambien pañales. Aumentará el PIB, los impuestos, se elevará la calidad del cuidado y se crearán industrias del cuidado. ¿Será que ahora sí?

Cecilia López Montaño

Exministra - Exsenadora

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