Análisis/ ‘Abundancia radical’

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
octubre 18 de 2013
2013-10-18 12:10 a.m.

Peter Diamandis es biólogo molecular, ingeniero aeroespacial, médico y fundador de empresas de tecnología. Ray Kurzweil es uno de los inventores de tecnología más reconocidos a nivel mundial, emprendedor, pensador y, desde el 2012, director de ingeniería de Google. Eric Drexler es líder de los campos de la nanotecnología y la manufactura de precisión atómica (MPA) y autor del libro cuyo título se toma prestado para encabezar esta columna.

Más allá de sus capacidades intelectuales y empresariales de excepción, estos individuos tienen en común que comparten una visión positiva sobre el futuro de la humanidad; no son gurús gerenciales, sino creadores probados de valor económico, y no provienen de las ciencias sociales, disciplinas que estudian el pasado y la escasez. En sus publicaciones, Diamandis, Kurzweil y Drexler muestran la dinámica de las tecnologías que hacen que la manufactura, la computación, las comunicaciones, la bioingeniería y la genética sean cada vez más potentes, más baratas, más compactas o consuman menos materiales y energía. Hay muchos aceleradores de avance técnico apretándose al tiempo, como lo ilustran los siguientes ejemplos.

Por cada 1.000 dólares de inversión, la cantidad de cálculos por segundo de un computador puede multiplicarse por 100 en el transcurso de 10 años. El computador ‘ejecutivo portátil’ Osborne, mercadeado en 1982, pesaba 28 libras y costaba 2.500 dólares, mientras que, en comparación con el Osborne, el primer iPhone vendido en el 2007 pesaba 1/100, costaba 1/10, tenía una velocidad de cálculo 150 veces superior, y una memoria 100.000 veces más grande. Los productores de papa en Boyacá o Nariño con teléfonos inteligentes en sus manos tienen más capacidades de comunicación que el presidente de Estados Unidos hace 20 años.

Los nanobots son máquinas de tamaño molecular, invisibles al ojo humano, capaces de autorreplicarse, programables para tareas específicas y que en el futuro serán capaces de evolucionar. Puesto que se construyen átomo por átomo, se pueden ensamblar con cualquier material. Las aplicaciones más promisorias de los nanobots están en el campo de la medicina. Los nanobots, todavía en fase experimental, pueden reparar lesiones internas, reclutando glóbulos blancos hacia las áreas afectadas, y pueden liberar medicamentos con precisión. Kurzweil afirma que con la velocidad de avance en las capacidades de los nanobots se podría alcanzar la inmortalidad en el año 2045. Para los que crean que esto es especulación pura, hay que recordar que Kurzweil lleva varias décadas prediciendo avances tecnológicos de mediano plazo, con una tasa de éxito del 86 por ciento.

La alimentación de nueve mil millones de personas del planeta en el 2050 demandará una producción de proteínas que no se puede lograr con el método convencional de criar animales terrestres, actividad demasiado exigente en agua, tierra, energía e insumos. La acuacultura (peces) y los cultivos transgénicos, vilipendiados por la razón equivocada, son soluciones parciales al problema. La promesa más importante para cubrir las necesidades de proteínas está en la producción de carne cultivada in vitro o mediante el uso de impresoras tridimensionales de carne (el billonario Peter Thiel está invirtiendo en su perfeccionamiento). Estas tecnologías podrían estar listas a escala comercial en 20 años.

El costo de las energías intermitentes, como la fotovoltaica y la eólica, llegaría en menos de una década a valores promedio inferiores a los de las redes eléctricas centralizadas, esto implica que se borrará la diferencia entre productor y consumidor de electricidad. Los principales avances en gestión descentralizada de redes provienen de las aplicaciones desarrolladas por usuarios con plataformas libres y desde los teléfonos celulares. Se están produciendo pequeños reactores nucleares de cuarta generación, sin partes móviles, basados en fluoruro de torio (más efectivo que el uranio y con menos problemas de disposición de desechos) y más seguros en todos los sentidos. Estos artefactos están diseñados para funcionar bajo el esquema ‘construir, enterrar y olvidar’.

Si usted invierte en negocios tecnológicos que solo tengan 10 por ciento de probabilidad de éxito, para obtener una rentabilidad del 20 por ciento sobre la inversión, los ingresos brutos en un ambiente de alta corrupción, altos impuestos y debilidad de defensa de los derechos de propiedad deben doblar los ingresos logrados en condiciones de adecuada institucionalidad. Por eso, los capitalistas de riesgo en tecnologías avanzadas, como el hindú Vinod Khosla, que gestionan riesgos y rentabilidades como los mencionados, se radican en EE. UU. y no en Colombia, Argentina o Venezuela. Por eso mismo, en estos tres últimos países las inversiones se orientan a negocios legales seguros, o ilegales de alta rentabilidad. La debilidad institucional genera una trampa de pobreza: la dificultad de apropiación de los esfuerzos de innovación desestimula la formación de nuevas industrias y de capital humano, y se generan escasos excedentes, así como una cultura que no premia el emprendimiento.

El progreso económico de Colombia le deberá mucho más a los choques tecnológicos externos que a cambios institucionales, salvo uno: el logro de algún tipo de paz. Hay cuatro políticas que pueden facilitar el tránsito a la abundancia: el aumento de la dotación de infraestructura, la profundización del uso de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones en las regiones y en usos de alto valor social (salud, educación), la recuperación de la investigación en el agro, y el cambio de arquitectura y regulación de los sistemas de electricidad.

Los cambios institucionales del país vendrán presionados por la necesidad de consolidar el progreso económico, en línea con lo que afirma Dani Rodrik.

Juan Benavides

Analista

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