Análisis/ Cómo acelerar la innovación en el 2015

Los países podrían empezar a enseñar la innovación en las escuelas. Hay que enseñarles a leer códigos de programación y a estimular su pensamiento crítico. Los expertos coinciden en que, en la era de Google, lo importante no es lo que los niños ‘saben’, sino lo que puedan hacer con lo que saben.

Redacción Portafolio
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enero 06 de 2015
2015-01-06 12:40 a.m.

He aquí algunas ideas poco conocidas que los gurúes de la innovación recomiendan a los países latinoamericanos adoptar en el 2015 para mejorar sus sistemas de innovación, ciencia, tecnología y educación, en los que América Latina sale muy mal parada en los rankings internacionales.

Hay, desde luego, otros aspectos más importantes –como alentar a los emprendedores en lugar de reprimirlos, reducir la burocracia y luchar contra la corrupción–, que algunos países de la región deberían hacer para prosperar en la nueva economía global del conocimiento, en la que el trabajo mental vale cada vez más, y el manual menos.

Pero hay algunas medidas más específicas que también deberían considerar, según algunos de los principales expertos en innovación.

En primer lugar, los países podrían ofrecer premios a los innovadores que inventen productos con gran potencial comercial. El Gobierno de EE. UU., hace poco tiempo creó un sitio web (challenge.gov) en el cual 45 ministerios y agencias federales, incluyendo la Nasa, ofrecen hasta 5 millones de dólares en premios para aquellos que resuelvan desafíos tecnológicos concretos. También existen fundaciones privadas, como el Premio Ansari X, que ofrecen recompensas millonarias a quienes resuelvan desafíos tecnológicos.

Hay una larga historia de premios para las innovaciones. En 1795, Napoleón I ofreció 12.000 francos a quien inventara un método para conservar los alimentos durante las largas marchas de su ejército, lo cual llevó a la invención de las latas de alimentos sellados. En 1919, el magnate hotelero Raymond Orteig ofreció 25.000 dólares para el primer piloto que volara de París a Nueva York, que ganó Charles A. Lindbergh en 1927.

En segundo lugar, los países podrían reformar sus obsoletas leyes de bancarrota, que estigmatizan a quienes fracasan en una iniciativa empresarial. Las leyes actuales, que prohíben que los fundadores de empresas quebradas puedan abrir un nuevo emprendimiento en varios años, son uno de los principales frenos para la innovación en América Latina.

En el 2014, Chile dio un buen ejemplo al aprobar una nueva ley de bancarrota que elimina muchas de estas trabas. El espíritu de la nueva ley es permitir que los empresarios que van a la quiebra puedan “volver a levantarse rápidamente”, me dijo el ministro de Economía chileno, Luis Felipe Céspedes.

Un estudio del Banco Mundial y la Corporación Financiera Internacional demuestra que en algunos de los países más innovadores del mundo –EE. UU., Japón y Corea del Sur–, una empresa en bancarrota tarda un promedio de entre seis meses y un año y medio para resolver sus problemas legales. Comparativamente, en la mayoría de los países de América Latina se tarda entre tres y 5,3 años.

En tercer lugar, los países podrían empezar a enseñar la innovación en las escuelas. Así como les enseñamos a los niños el alfabeto, hay que enseñarles a leer códigos de programación, y, sobre todo, estimular su pensamiento crítico.

Los expertos coinciden en que, en la era de Google, en la que todos puede obtener cualquier información, lo importante no es lo que los niños ‘saben’, sino lo que puedan hacer con lo que saben.

Como dice el profesor de la Universidad de Harvard, Tony Wagner, las escuelas deben dejar de premiar a los estudiantes con buenas calificaciones por lo que ‘saben’, y en su lugar comenzar a darles buenas calificaciones por su capacidad para analizar y resolver problemas.

En cuarto lugar, los países de América Latina deben considerar evaluar a sus universidades, entre otros aspectos, por su salida laboral. El presidente Barack Obama acaba de anunciar que el Gobierno de EE. UU. hará precisamente eso a partir del 2015, para evitar darle fondos públicos a universidades que no tienen mucho éxito en que sus egresados sean absorbidos por el mercado laboral.

Gabriel Sánchez Zinny, autor del libro Educación 3.0: La lucha por el talento en América Latina y fundador del sistema escuelas técnica-vocacionales Kuepa en la región, dice que esta sería una gran idea para América Latina.

Tomando en cuenta que los gobiernos latinoamericanos subsidian a las universidades, incluso más que en Estados Unidos, y que un gran número de graduados universitarios latinoamericanos no pueden encontrar trabajo, Sánchez Zinny afirma que “los gobiernos de América Latina deberían ser los primeros interesados en clasificar a las universidades según su capacidad para preparar a sus graduados para el mercado laboral”.

Mi opinión: no hay duda de que crear un ecosistema que promueva la innovación, como Silicon Valley, es una tarea muy compleja, que comienza con tener un Estado que deje hacer, un sector privado dinámico y una cultura de admiración por los emprendedores.

Pero todos los países –incluido EE. UU.– pueden aprender de lo que otros están haciendo para salir adelante en la carrera por la innovación. Sería ideal que las naciones latinoamericanas consideren algunas de estas propuestas en este 2015 que recién empieza.

Andrés Oppenheimer
Periodista - Columnista de The Miami Herald y El Nuevo Herald.

 

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