Análisis/ Auge y declive de las ciudades intermedias

No existe fórmula mágica para el crecimiento vigoroso de estas urbes, pero se requiere de educación, transporte, e inversión por agentes orientados a la exportación de bienes transformados.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
octubre 09 de 2014
2014-10-09 12:54 a.m.

La prosperidad de las ciudades intermedias resulta de la compleja interacción entre factores de la geografía económica que favorecen la aglomeración y la dispersión. Entre las fuerzas que se aglomeran están las economías de escala, los altos costos de transporte, la densidad de talento por metro cuadrado, la disponibilidad de capital humano y la escasez de factores fijos como tierra, agua, puertos naturales de gran calado y buena localización.

Entre las fuerzas dispersoras se pueden enumerar los bajos costos de transporte y comunicación y la abundancia de factores fijos. No todos los factores favorables a la aglomeración o a la dispersión, coinciden en el tiempo o el espacio, y por ello no es posible predecir fácilmente la trayectoria de crecimiento de los centros urbanos.

La combinación de factores peculiares como la cultura y choques externos produce círculos que se fortalecen o debilitan con dinámica propia. Un aspecto intrigante del crecimiento de las ciudades intermedias de Colombia es su progreso lento, aunque perceptible, en medio del declive de la manufactura y de la agricultura, y de los todavía elevados costos de transporte terrestre.

Me aventuro a dar la siguiente explicación del tal patrón de crecimiento de las ciudades intermedias, que integra ideas discutidas por separado en muchos foros y que debería refutarse o comprobarse por los historiadores económicos. La barrera de los costos de transporte generó mercados separados espacialmente y la acumulación de rentas en manufactura ligera y en el comercio de las regiones.

En una economía cerrada y protegida, las regiones con una buena dotación inicial de recursos naturales para la producción de alimentos se convirtieron en productoras de bienes básicos sin transformación para el consumo de las grandes capitales del país. Los costos de transporte para exportar y la debilidad en capital humano en las regiones han generado un equilibrio plácido de baja calidad en el que las ciudades intermedias crecen lentamente por la venta de sus productos básicos en el mercado interno.

El mercado interno se sostiene por el crecimiento de la clase media, los ingresos de las rentas por la exportación de recursos no renovables y, cómo no, por las políticas (desacreditadas entre algunos) del Consenso de Washington, que generaron un marco de referencia en servicios públicos y un grado de estabilidad importante para apoyar el giro ordinario de negocios convencionales.

Las ciudades intermedias crecen, adicionalmente, por su menor costo de vida, por el envejecimiento de la población y los costos de congestión en Bogotá, que, en conjunto, jalonan la demanda por vivienda fuera de la capital.

En la medida en que se profundice el comercio exterior y se reduzcan los costos de transporte dentro del país, se puede esperar que la Costa Atlántica crezca más rápidamente que el resto del país a condición de que elija uno o dos sectores con ventajas iniciales y escala suficiente para exportar, e inviertan fuertemente en inversión y desarrollo, y en talento.

Los sectores candidatos en esta región son la energía y la industria química. Existe la posibilidad de estructurar un puerto energético y petroquímico entre Cartagena y Barranquilla, a la manera del puerto energético de Rotterdam, que sirva de plataforma de gran escala para exportar gas natural, gas propano y plásticos de alto valor agregado a Centro América.

En ese mismo contexto, la manufactura de Bogotá y Medellín, protegida por la distancia a los puertos, puede cubrir las demandas propias y las de sus cuencas de influencia espacial inmediata.

Al tiempo, las ciudades intermedias cercanas a las grandes capitales o situadas en sitios aparentemente estratégicos, como Ibagué y Tunja –en la mitad de camino entre centros de consumo–, están en una trampa de producción de bienes básicos para las aglomeraciones domésticas, de la cual pueden salir a condición de que agreguen valor a productos básicos, desarrollen plataformas logísticas, aumenten la oferta de sus mercados con inversión en redes secundarias y terciarias, y generan en conocimiento aplicado.

Esto es muy difícil, pues se requieren economías de escala, y/o desarrollo de productos de nicho para exportación. Además, en estas ciudades se vuelve definitiva la cultura empresarial que se haya consolidado durante la fase de rentas y poca competencia.

En algunas de las ciudades intermedias cercanas a las grandes urbes, las ganancias locales se convierten en finca raíz en tales urbes y los jóvenes emigran, con triple pérdida para el ciclo económico regional (fuga de inversiones + fuga de talento + desinversión en capital humano e inversión y desarrollo).

Las ciudades intermedias, en donde se han asentado explotaciones petrolíferas (Yopal, Villavicencio) viven una enfermedad holandesa local, con gran aumento de la vivienda, paralización de la industria y consumo de bienes importados de otras regiones y del exterior.

La mecanización de grandes cultivos dificulta la consolidación de una clase media. Como en la Costa Atlántica, se requiere de un gran empujón para promover la agroindustria de gran escala y exportación. Las ciudades intermedias asociadas a la Costa Pacífica, como Popayán, Pasto y Quibdó, deben invertir en transporte y plataformas logísticas para potenciar las exportaciones del país hacia el Asia, al igual que Pereira y Bucaramanga, distantes de grandes capitales, pero cerca a puertos y fronteras.

No existe fórmula mágica para el crecimiento vigoroso de las ciudades intermedias, pero se requiere, por lo menos, educación, transporte, e inversión por agentes orientados a la exportación de bienes transformados.

Juan Benavides
Analista


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