Análisis/ La contrarreforma agraria

Inconcebible que la Colombia de hoy tenga niños que no van a la escuela, para quienes las políticas de primera infancia no existen; otros jóvenes que se deben burlar de la no existencia del trabajo infantil, porque ellos son la muestra de esta mentira, y adultos que no saben leer ni escribir, y que no entienden qué quiere decir ‘Bienvenido al Futuro’ o ‘Todos por un Nuevo País’.

Redacción Portafolio
Opinión
POR:
Redacción Portafolio
agosto 24 de 2015
2015-08-24 12:47 a.m.

Antes de que se supere el asombro causado por las revelaciones del Censo Nacional Agropecuario 2014, es oportuno empezar a llamar las cosas por su nombre. Lo que Colombia ha vivido durante los últimos 45 años es una contrarreforma agraria. Todas las cifras reveladas por el censo, aunque son apenas la punta del iceberg, comprueban esa dolorosa realidad. Las más obvia: prácticamente el 70 por ciento –69,9 por ciento para ser exactos– de las unidades de producción agrícola tienen menos de 5 hectáreas y ocupan menos del 5 por ciento del área censada. Es decir, si no se actúa rápidamente para revertir esa tendencia, los campesinos se ubicarán en micro-fundios y su diario vivir será mucho más precario que hoy. Así de simple. Pero, al mismo tiempo, el Censo revela que el 0,4 por ciento de las unidades de producción agrícola (UPA), tienen 500 hectáreas o más y ocupan el 41,1 por ciento de la tierra censada. Pero es más grave aún: el 0,2 por ciento de las UPA tienen más de 1.000 hectáreas y ocupan el 32,3 por ciento del área censada.

La concentración de la tierra ha sido la gran constante de la historia rural del país, nada nuevo. Pero lo que es increíble es que en pleno siglo XX, lejos de, por lo menos frenarse esa tendencia, injusta y costosa (social y económicamente), esta se acelere. Y después se asombran del atraso de nuestra población dispersa con respecto al resto del país, especialmente del urbano. Se confirma más esta concentración de la tierra cuando se analiza la distribución entre cultivos transitorios, que son los que cultivan prioritariamente los campesinos, o la agricultura familiar –para usar el término de moda–, y los permanentes, los de los terratenientes, o la agribussiness, también para estar a la última.

¿Recuerdan el millón de hectáreas que perdieron los pequeños productores rurales, con la acelerada apertura de Gaviria? Lejos de resolverse esta situación, se ha agravado: comparados los censos agropecuarios de los 60 y 70, los cultivos transitorios dejaron de representar el 56 por ciento en el censo de 1960, a ser solo el 16 por ciento en el 2014, mientras los permanentes crecieron del 43,7 por ciento, en 1960, al 52,6 por ciento, en 1970, hasta llegar en el censo del 2014 al 74,8 por ciento. Es decir, 3 cuartas partes de la producción agrícola nacional no es de quienes históricamente nos han alimentado, sino de la gran producción como palma, caña de azúcar, etc. Así lo rechacen abiertamente, la mayor concentración de la tierra se da en estas últimas décadas, en las cuales los actores del conflicto armado, particularmente el paramiltarismo y la guerrilla, aceleraron el desplazamiento de campesinos con la apropiación legítima, pero, sobre todo, ilegítima de la tierra.

Para aquellos que abogan por la gran agricultura como el nuevo motor de crecimiento del país, otros datos del Censo Nacional Agropecuario 2014 les tumban sus argumentos. ¿De qué sirvió este crecimiento desbordado de predios de más de 1.000 hectáreas? Los datos son contundentes: del total del área para uso agrícola, el 80,5 por ciento se destinó a pastos, seguido del uso agrícola, con 9,1 por ciento, afirma el Dane. ¿Sí nos convertimos en el gran país ganadero y una potencia en exportación de carne? No, simplemente se subutilizó nuestra tierra y se volvió fuente de especulación, al poderla vender por metro cuadrado en zonas aledañas a las ciudades. Recorran la vía Sincelejo-Montería y verán una cabeza de ganado cada 45 minutos.

Pero, ¿cómo se adquirieron esas grandes extensiones de tierra? ¿Le compraron a los campesinos, arruinados o presionados por el conflicto, sus propiedades a precios justos? O más bien, ayudados por ‘paras’, ¿se hicieron a esas grandes extensiones nuestros poco solidarios terratenientes? Al mirar las cifras que arroja el Censo sobre, la situación social de estos 7 u 8 millones de campesinos dispersos en nuestro territorio rural, es obvio que no pasó lo primero, sino que la respuesta está más por el lado de lo segundo.

Inconcebible que la Colombia de hoy, en pleno siglo XXI, tenga esta gran cantidad de población viviendo, si acaso, en el siglo XIX. Niños que no van a la escuela, para quienes las políticas de primera infancia no existen; otros jóvenes que se debe burlar de la no existencia del trabajo infantil, porque ellos son la muestra de esta mentira, y adultos que no saben leer ni escribir y que no entienden qué quiere decir ‘Bienvenido al Futuro’ o ‘Todos por un Nuevo País’. Cuál nuevo país si viven como lo hacían generaciones anteriores, pero tenían más tierra y los dejaban en paz. Si esas grandes extensiones se hubiesen adquirido como manda la ley, hoy no tendríamos semejante emergencia social y económica en nuestras poblaciones dispersas. Y de esta triste realidad, todos los privilegiados tenemos la culpa y debemos empezar a pagar esa deuda entre el campo y la cuidad.

Si estas realidades –que demuestran que no solo no hemos repartido la tierra, sino que hemos vivido, especialmente en las últimas décadas, una contrarreforma agraria– no preocupan a aquellos que defienden la gran producción en el campo y ven a los campesinos como minusválidos, que nos expliquen con otros argumentos esta triste y grave situación que arroja las primeras cifras del Censo. Reforma agraria es la receta, así se frunza el ceño de los grandes dueños de la tierra, o de los ‘barones’, como los llama Duncan.

Presidente Santos, esta es otra de las oportunidades históricas que le da la vida, porque a usted nadie lo puede tildar de comunista, así que proceda. Otro presidente o presidenta que se atreva a una verdadera revolución agraria y no tenga todos los pergaminos que usted tiene en esta sociedad clasista, termina crucificado o crucificada porque lo identifican, por lo menos, como guerrillero o guerrillera.

Cecilia López Montaño

Exministra- Exsenadora

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado