Análisis/ El debate Robinson

Colombia está en un momento crítico: si se logra firmar la paz, deberíamos ser capaces de pensar en un futuro más grande. Podríamos soñar en construir la fuerza educativa de ingenieros de sistemas, programadores, biólogos, incluso economistas en desarrollo sostenido.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
febrero 18 de 2015
2015-02-18 12:49 a.m.

James Robinson desató un debate, bienvenido y refrescante, sobre el modelo de desarrollo de Colombia. A estas alturas del partido, meterse en esta refriega resulta peligroso. Sin embargo, una columna de Luis Fernando Medina en contra de una de las ideas de Robinson me hizo tomar el riesgo. Parte del argumento de Robinson es que el futuro del país depende de la inversión en educación. Robinson propone que la educación es de suma positiva: al invertir en ella, todos ganan.

En contraste, Medina mantiene la idea de que la educación es de suma cero: si alguien gana, alguien pierde. En mi opinión, Medina está equivocado.

El primer argumento de Medina es que la inversión en educación cuesta, y que los que ponen los recursos, por lo general personas con mayores ingresos, son perdedores y opositores a la educación.

Este argumento tiene un problema central: la decisión de los individuos no solo se basa en los costos, sino también en los beneficios. Una persona de altos ingresos que paga sus impuestos para la educación, no solo contempla el costo, sino el beneficio de la inversión.

La pregunta relevante es, ¿por qué una persona de altos ingresos se beneficia de invertir en educación pública, que por lo general beneficia personas de bajos recursos? La respuesta es que existen beneficios de educación sociales: cuando un país tiene más y mejor educación, todo el mundo se beneficia por una mayor productividad, una mejor salud y una mejor cohesión social.

El segundo argumento de Medina tiene más problemas: los beneficios personales ‘míos’ de una mayor educación compiten con los beneficios ‘suyos’. Medina propone el siguiente ejemplo: si los dos aprendemos inglés, ambos competimos por el mismo trabajo. Este argumento pierde de vista uno de los puntos fundamentales en educación: la educación debe fomentar pensamiento crítico, capacidad de resolver problemas, incentivar el proceso creativo. Por ejemplo, una persona puede, gracias a su inglés, desarrollar un código de computador en Java, la otra puede desarrollar otro tipo de programas.

El tercer argumento de Medina es difícil de explicar. Él dice que Colombia no genera empleos de calidad para absorber individuos con buena educación. Cierto. Precisamente lo que arguye Robinson, creo yo, es la necesidad de modernizar al país y generar una estructura productiva que dé oportunidades a una fuerza laboral preparada. Esto fue lo que sucedió en los países asiáticos en los años 50, tal como lo describen Jamison y Lau en sus estudios sobre educación, cambio tecnológico y crecimiento.

En un punto estoy de acuerdo con Medina: la economía política para hacer la revolución educativa es complicada, pero la razón es que los recursos educativos están coaptados por grupos de interés.

Para avanzar la discusión, acá describo dos propuestas que pueden tener menos resistencia política.

Dada mi lectura de lo que hemos aprendido recientemente sobre el tema, invertir en cambiar las personas es más fácil que invertir en cambiar el sistema educativo. Yo invertiría en tres tipos de programas: becas, transferencias condicionadas y educación temprana. Las becas deberían ser destinadas para personas de bajos ingresos, pero otorgadas basadas en mérito. El programa ‘Ser Pilo Paga’ es un gran acierto. Sin embargo, muchas personas de bajos recursos no pueden acceder a becas. Para ellos sería aconsejable hacer la tercera generación de transferencias condicionas que otorgue premios contra resultados académicos. Finalmente, yo invertiría recursos inmensos en programas de atención temprana para menores de cinco años.

Adicionalmente, es necesario invertir en profesores. Existen dos tipos de docentes: los que se están formando (el ‘flujo’) y los profesores dentro del sistema (el ‘acervo’). Cambiar el flujo de maestros es la única oportunidad para cambiar el futuro de la educación. Esto requiere cambios drásticos de las escuelas de formación de maestros. Hoy, los maestros salen sabiendo sobre teorías de Piaget y demás filósofos de la educación. Se necesita, en contraste, una formación fuerte en contenido y con herramientas para manejo de clase. Asimismo, yo daría espacio para programas alternativos de formación de profesores (tipo ‘Enseña por Colombia’.)

Finalmente, cambiar el acervo de maestros es extremadamente difícil. Yo eliminaría todos los programas de capacitación de cinco días por programas de seis meses y haría programas de premios a maestros basados en resultados de estudiantes.

Coincido con Robinson en que la apuesta fundamental de Colombia es la educación. Por ejemplo, EE. UU. sonó en los 50 por enviar un hombre a la luna. Era un momento crítico en la carrera tecnológica entre EE. UU. y Rusia. Esa hazaña se logró gracias a la ambición de un país y un sistema educativo excepcional que formó ingenieros, físicos, biólogos. Asimismo, Colombia está en un momento crítico: si se logra firmar la paz, deberíamos ser capaces de pensar en un futuro más grande.

Podríamos soñar en construir la fuerza educativa de ingenieros de sistemas, programadores, biólogos, incluso economistas en desarrollo sostenido. Paradójicamente, pareciera que el argumento de Medina es que, dado que no podemos absorber personas con buena educación, tenemos que ‘dejar así’. Si Robinson es colombiano, Medina es el descendiente directo del Sagrado Corazón, lo más colombiano del planeta.

Felipe Barrera-Osorio
Assistant Professor of Education and Economics, Graduate School of Education Harvard University.
 

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