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Análisis/¿Por qué es tan difícil la actividad bancaria?

La opinión negativa sobre la actividad financiera y los bancos se presenta en todas las latitudes y es independiente de variables como el acceso, las tasas de interés o el costo de los servicios.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
julio 07 de 2013
2013-07-07 07:58 p.m.

Diversos estudios académicos han demostrado que los mercados financieros influyen favorablemente en el desarrollo económico, de tal forma que sólidas y pujantes instituciones financieras son indispensables para el bienestar general.

El grueso de la población, no obstante, expresa un recelo permanente sobre las entidades financieras, en particular los bancos. Las molestias de los colombianos parecerían concentrarse en cuatro temas: I) dificultad de acceso, II) altas tasas de interés, III) cobros por todos los servicios prestados, y IV) servicio de baja calidad.

Pero, llama la atención que la percepción también es negativa en países en los cuales la penetración de los servicios financieros es alta, las tasas de interés son sustancialmente inferiores y, en general, se presta un mejor servicio. En Estados Unidos, por ejemplo, la encuesta Harris (febrero del 2013) muestra que después de las tabacaleras, la peor reputación recae en los bancos (indicador negativo del 54 por ciento) y en otros servicios financieros (51 por ciento). Otros sondeos IPSOS (2012) muestran que la desconfianza es mayor en países desarrollados que en los emergentes.

La opinión negativa sobre la actividad financiera y los bancos, entonces, se presenta en todas las latitudes y es independiente de variables como el acceso, las tasas de interés o el costo de los servicios.

La animadversión, de hecho, es histórica y profundamente arraigada. El crédito, que es el corazón de la actividad bancaria, fue criticado desde su origen. Para Aristóteles, los préstamos contradicen el orden natural, porque el dinero tiene una función como medio de cambio para facilitar actividades comerciales, pero no es natural que se ‘reproduzca’ a través de la usura (que originalmente se refería al préstamo de dinero a interés).

Las tres principales religiones monoteístas prohíben o limitan las actividades de préstamo de dinero. La Biblia prohíbe, de forma expresa, prestar a interés (Éxodo, Levítico) y el Concilio de Letrán (1179) estableció la excomunión como castigo para los usureros. La Torá prohíbe prestar a interés entre judíos (Deuteronomio). En el Corán, libro sagrado del Islam (2:275), se señala que irán al infierno quienes persistan en prestar a interés, porque Dios prohíbe la usura, mientras permite el comercio.

Reconocidos economistas se sumaron a la visión crítica. Al estudiar la circulación del dinero y el papel de crédito, Marx definió a los banqueros como clase ‘parasitaria’. Keynes, al analizar el mercado de valores en Estados Unidos, lo comparó con lo que sucede en un casino.

Si bien hoy el préstamo a interés ya no es prohibido, la usura entendida como el cobro de intereses ‘excesivo’ sigue siendo un delito en muchos países. La tendencia a sobrerregular la actividad financiera, que persiste en todas las sociedades, es una clara manifestación de ese recelo.

Investigaciones de diversas disciplinas como la neurociencia y las ciencias cognitivas (relacionadas con los procesos mentales de obtención del conocimiento) ayudan a entender el porqué de nuestra animadversión hacia las actividades financieras.

Nuestro cerebro adquiere, procesa y guarda la información que los órganos sensoriales recogen del mundo exterior con el propósito de optimizar nuestras probabilidades de supervivencia y reproducción (Buanomano, 2011). Los cinco sentidos, entonces, juegan un rol determinante en el aprendizaje porque a partir de ellos los seres humanos ‘interpretamos’ el mundo. Nuestra mente está incorporada a nuestro cuerpo y por eso el aprendizaje, básicamente, depende de lo que vemos, escuchamos y palpamos, de tal forma que los fenómenos físicos son preponderantes en el conocimiento.

Nuestra poca empatía con las actividades financieras podría obedecer a que el crédito, por ejemplo, no es un fin en sí mismo, sino un medio para facilitar otras actividades, que a diferencia de las financieras, son observables. Por ello, si un crédito es exitoso, lo que finalmente observamos son productos agrícolas e industriales, o una construcción, de tal forma que el empleo generado y los beneficios para el productor y los consumidores se atribuyen a la visión, la capacidad y el esfuerzo de los empresarios del sector real.

Pero si las cosas salen mal, lo que vemos son enormes tragedias como el cierre de una fábrica, el despido de unos trabajadores o el desalojo de una vivienda. En estos casos, se presume culpable al banquero, porque las ‘altas’ tasas de interés o los plazos inadecuados probablemente fueron las principales causas del descalabro.

Además, en términos de labor y esfuerzo, también se observan grandes diferencias. Mientras que al agricultor, por ejemplo, lo vemos madrugar, sembrar y cosechar, la tarea principal del banquero, que es ‘analizar riesgos’, es poco evidente y difícil de entender.

Por eso, la frase ‘banqueros parásitos’ se propaga con facilidad (más de un millón de resultados en Google, en español e inglés), resaltando la influencia que ejercen las metáforas sobre los procesos de pensamiento y aprendizaje. Las más efectivas se basan en aspectos observables y, por ello, son difíciles de olvidar y modificar (Lakoff and Johnson, 2003).

En conclusión, el karma de la actividad financiera es que el público no entiende debidamente su función ni sus beneficios, aspecto que la diferencia completamente del resto de sectores económicos. Esto supone un gran reto, que va mucho más allá de campañas de publicidad, y que sugiere la urgencia de emprender verdaderos programas de educación financiera. Quizás más importante, resalta que las autoridades y los políticos tienen una enorme responsabilidad para no caer en la tentación de adoptar medidas regulatorias de corte populista. Su imposición seguramente recibiría el aplauso general, pero quien finalmente se resiente no es la actividad financiera, sino el bienestar de la economía.

Carlos Alberto Sandoval

Expresidente Autorrregulador Mercado de Valores

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