Análisis/ Lo que dijo y no dijo la Cepal en Lima

La Cepal reconoce públicamente que “las mujeres son claves para reducir pobreza”. Esta afirmación, que puede tomarse como obvia, ahora tiene el respaldo estadístico que estaba haciendo falta.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
noviembre 12 de 2015
2015-11-12 12:45 a.m.

Cuando los economistas jefes del Banco Mundial y del Fondo Monetario analizaban la situación del mercado laboral en América Latina, en medio de la bonanza de los ‘commodities’, aseguraban con absoluta certeza que en esta región había ya pleno empleo. Se congratulaban de este ‘logro’, en un tema que, en las últimas décadas, había casi que desaparecido del lenguaje económico. Pero, incluso, en medio del periodo de rápido crecimiento, que ya terminó (duró menos de lo esperado), ignoraron el ya altísimo porcentaje de personas con ocupaciones precarias, así como el hecho de que el 50 por ciento de las mujeres latinoamericanas estaban fuera del mercado laboral. Pero como cada día estaban más educadas, en promedio que los hombres, vivían más que ellos y además tenían más años de vida saludable; esos logros ya eran suficientes para que vivieran felices, y los gobiernos se despreocuparon de su situación laboral y de ingresos.

De ninguna manera se plantearon que estaban frente a una situación de mala asignación de recursos (para utilizar su lenguaje economicista), y se daba por sentado que ese potencial de trabajo educado no existía. Seguramente, en la mente de cualquier hombre latinoamericano, o del mundo en general que se respete, esa era la ‘ley de la vida’: mujeres cuidando del bienestar de sus hijos y de su cónyuge, quien al ser el proveedor del hogar, se podría dedicar a generar ingresos y a descansar –porque se lo merece–. Y cuando a ellos se les acababa el amor y venían los permanentes reemplazos por mujeres más jóvenes, aquellas relegadas quedaban sujetas a la bondad de sus hombres: era la forma lógica cómo funcionaba el mundo, entre otras, porque el reloj biológico solo funcionaba para las mujeres. El hecho de que el 30 por ciento de las latinoamericanas no tuvieran independencia económica y solo el 10 por ciento de los hombres no contaran con ingresos propios, también era algo natural.

Las mujeres como agentes de desarrollo era una realidad para pocas, porque pobrecitos los niños si se privaban del amor materno. Y qué lío con el hogar y todos esos oficios invisibles que hacen las amas de casa, los cuales solo se notan cuando la mujer se aventura a trabajar fuera del hogar. Que se dediquen a estas tareas remuneradas las niñas solteras, que, además, embellecen las oficinas, pero eso sí, nada de embarazos, porque la ley las convierte en inamovibles y costosas; no se escandalicen, porque, aunque no lo crean, muchos empresarios y hombres en general lo piensan, pero no lo confiesan. Incluso a primeros ministros de países desarrollados les hemos escuchado esos argumentos ‘demodé’, cuando se habla de la economía del cuidado: se ha ignorado la necesidad de valorar el cuidado, como parte de la corriente económica, y que el Estado y el mercado asuman aquellas labores domésticas no remuneradas como parte del intercambio comercial de bienes y servicios.

Pero como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, acaba de pasar un hecho esperado por muchas de nosotras, que nos estamos cansando de rechazar esos argumentos tan injustos y obtusos. Interesante que durante la bonanza nadie dijo nada, y es ahora precisamente cuando las calzas se pusieron prietas, que la Cepal reconoce públicamente en Lima que “las mujeres son claves para reducir pobreza”. Esta afirmación, que puede tomarse como obvia, ahora tiene el respaldo estadístico que estaba haciendo falta. Y esa es la gran diferencia para este mundo lleno de rechazos a estos temas; quién lo creyera.

La Cepal hizo un estudio que ‘reseña’ una simulación realizada el año pasado con datos de 18 países, con la que se buscaba determinar cómo les iría si se lograra cerrar la brecha de participación laboral y de ingresos entre hombres y mujeres. Y agrega, si las mujeres participaran en la misma proporción que los hombres, los ingresos de los hogares aumentarían significativamente. Pero además, en la medida en que mujeres y hombres tuvieran las mismas oportunidades de entrar al mercado laboral, en el caso de Colombia, “la pobreza se reduciría 9 puntos porcentuales”. Obvio, pero ahora hay datos, señores economistas. Sin embargo, lo que la Cepal no ha dicho con claridad es que el peso de la economía del cuidado, que asumen prioritariamente las mujeres, aquí y en Cafarnaúm, al no entrar en la corriente económica genera un gran impedimento para que las mujeres educadas puedan tener ingresos propios. De esta manera, las mujeres pobres y las grandes masas de mujeres solas, que sostienen a sus hijos en países como el nuestro, lleno de padres ausentes, no solo asumen el cuidado, sino que tienen que ganarse el dinero para sostener solas a su familia, sufriendo lo que se denomina ‘pobreza de tiempo’. Es decir, entre el trabajo que implica el cuidado y el trabajo remunerado, las mujeres tienen jornadas inhumanas: entre 15 y 19 horas diarias. ¿Qué hombre se le mediría a eso?

¿Será que ahora sí le pararán bolas a la economía del cuidado y a ese nuevo modelo de bienestar que incluya el cuidado en la economía y lleve a una equidad de género?

Cecilia López Montaño

Exministra – Exsenadora

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