Análisis / Dos candidatos, dos mundos

La presente campaña electoral no ha tenido como prioridad tratar los asuntos de política exterior, y apenas han ocupado algunos párrafos en los programas de gobierno de los candidatos.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
junio 13 de 2014
2014-06-13 12:11 a.m.

Los asuntos de política exterior no suelen ser prioritarios en el debate electoral, y con suerte ocupan apenas unos párrafos en los programas de gobierno que los candidatos ponen en consideración de la opinión pública.

La presente campaña no ha sido, en modo alguno, una excepción a la regla. Pero al menos dos temas -el del fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) sobre la controversia territorial y marítima con Nicaragua, y el de las relaciones con Venezuela- sí han alcanzado cierta figuración y ponen en evidencia algunos contrastes entre los dos candidatos que se disputan la Presidencia de la República.

De tales contrastes se deducen, además, dos concepciones muy diferentes de la política internacional y del papel que Colombia puede desempeñar en la región.

Existe un amplio consenso -en el foro académico y entre buena parte de los analistas políticos- en cuanto que el manejo del escenario posfallo ha sido una completa comedia de equivocaciones.

La estrategia de Santos -condicionada por cálculos electorales y por el nacionalismo patriotero exacerbado irresponsablemente por la dirigencia política- ha sido errática, contradictoria e, incluso, contraproducente (ahí está, para probarlo, la demanda por desacato interpuesta por Nicaragua contra Colombia en noviembre del año pasado); y como consecuencia, puso al país virtualmente al margen del derecho internacional público.

Y sin embargo, una ventana de oportunidad parece haberse abierto con la reciente decisión de la Corte Constitucional, la cual reconoció la obligatoriedad de la sentencia, no obstante recoger al mismo tiempo la hipótesis de que ésta debe ser incorporada al derecho interno “mediante un tratado debidamente aprobado y ratificado”.

Tarde o temprano, Colombia y Nicaragua tendrán que sentarse a negociar algo que muy probablemente será mucho más que un tratado de límites -cuyo fundamento, por lo demás, no será otro que el fallo de marras.

Un camino que en un segundo gobierno de Santos, aunque no sin dificultades, podría empezar a recorrerse, mientras se implementa una estrategia -ahora sí verdaderamente integral- para asegurar los derechos de Colombia en el Caribe Occidental y consolidar su proyección geopolítica en la zona.

Esa trayectoria sería eventualmente intransitable si una vez elegido presidente, el candidato Zuluaga cumple su promesa de realizar una consulta popular para cerrar “el limbo jurídico” del archipiélago (sic), lo que según su propio programa de gobierno implica, explícitamente, rechazar el fallo de la CIJ.

Valga añadir que su anunciada visita al meridiano 82, para pasar allí la primera noche de su gobierno “ejerciendo soberanía” no sería en la práctica sino una fantochada -sin ningún valor jurídico-, cuyo único efecto sería enturbiar gratuitamente la relación con Managua y reforzar sus argumentos sobre la contumacia colombiana frente a la justicia internacional.

Ello sin contar la molestia que suscitaría en otros países, cuyas disputas fronterizas están por resolverse en La Haya, y que en modo alguno quisieran que la conducta colombiana se convirtiera en precedente para nadie.

La distensión de las relaciones con los vecinos -y en particular con Venezuela- ha sido uno de los logros más connotados del gobierno de Juan Manuel Santos.

Acaso empezó por ahí su ruptura con el ex presidente Uribe, en cuya lógica -perpetuada por sus seguidores- Caracas es el epicentro de una inminente amenaza castro-chavista que se cierne sobre Colombia.

Esto explica por qué la “suspensión” de la negociación en La Habana con las Farc vendría acompañada, según promete Zuluaga, de la revocatoria del estatus de Venezuela como garante del proceso; y además, su idea de invocar contra el gobierno de ese país la Carta Democrática Interamericana.

Regresar a la dinámica de la confrontación permanente, pretender acorralar a Venezuela, y volver a la retórica incendiaria en la interlocución con Miraflores, no garantiza la satisfacción de ningún interés real para Colombia.

Antes bien, podría enrarecer la relación con la región en su conjunto, agravar onerosamente la situación en la frontera, y marginar a Colombia en los escenarios multilaterales, al tiempo que poco o nada contribuiría a la superación de la crisis política que atraviesa Venezuela ni a la defensa de los valores democráticos que tanto dice prohijar Zuluaga.

El uribismo defiende una política exterior dogmática, maniquea e ideologizada, que se alimenta de la paranoia interna y la proyecta hacia afuera para justificarse.

Con todos sus defectos -bandazos, arrogancia, improvisación- a la política exterior de Santos subyace una imagen distinta del mundo y del lugar que en él puede llegar Colombia a ocupar.

Y precisamente, entre dos concepciones muy opuestas del mundo tendrán también que elegir los colombianos en las urnas el próximo domingo.

Andrés Molano-Rojas

Miembro de Retintercol

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