Análisis/ Una economía sin costos marginales

En su reciente libro, La sociedad de costo marginal cero, Jeremy Rifkin reflexiona sobre lo que sucederá cuando se generalice el uso de internet de las cosas, lo que ya es posible tecnológicamente a costos comerciales.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
enero 12 de 2015
2015-01-12 09:11 p.m.

La internet y las mejoras en instrumentación, control y comunicaciones han cambiado numerosos negocios, al eliminar eslabones de las cadenas de valor -especialmente la intermediación-, reemplazar mano de obra por automatización de mayor productividad, optimizar procesos de manera continua, o simplemente hacer obsoleta y superflua la tecnología anterior.
Los ejemplos más visibles del cambio se presentan en el entretenimiento, la prensa y las comunicaciones. Las tiendas de discos desaparecen porque la nueva generación consume canciones individuales y no álbumes enteros a través de servicios en línea como Youtube, Spotify o Google Music. La distribución de periódicos o revistas impresas en papel se reduce en relación con su acceso en redes. El intento de entregar gratuitamente una fracción de los contenidos con la esperanza de inducir la compra de artículos completos luce ingenua, cuando no antipática para la mayoría. La telefonía fija y la larga distancia son servicios del pasado: los ciudadanos ya necesitan ubicuamente, para bien o para mal, la comunicación personalizada y las capacidades de cómputo de sus teléfonos inteligentes.
Se puede establecer comunicación con cualquier persona en cualquier lugar del planeta a través de redes sociales, plataformas de comunicación de diverso tipo como WhatsApp, Skype o Facebook. Lo común de los cambios es que los nuevos modelos de negocio son gratuitos o de bajo precio para los consumidores finales.
En su reciente libro, La sociedad de costo marginal cero, Jeremy Rifkin reflexiona sobre lo que sucederá cuando se generalice el uso de internet de las cosas, el cual aparece por la conexión de todos los artefactos, objetos naturales y personas a las redes de comunicaciones, lo que ya es posible tecnológicamente a costos comerciales. Esta nueva red conectará la internet que todos conocemos (comunicaciones), con la internet de la energía y la internet de la logística. La internet de la energía se nutre de la posibilidad de producir en el corto plazo la mayor parte de la energía mundial con fuentes renovables de costo variable nulo y de manera descentralizada, dejando a las empresas de electricidad clásicas como respaldo para los momentos en que la energía eólica, solar o la almacenada en baterías sea inferior a la demanda. En países como Alemania y Australia, el precio de la energía eléctrica ha llegado a ser negativo en algunos periodos del día del 2013 y el 2014: es decir, se paga a los ‘prosumidores’ por no inyectar sus excedentes de energías renovables a la red porque el total de la producción es superior a la demanda y las redes de distribución no han sido diseñadas para transportar en reversa cantidades superiores a las demandas pasivas. Ha empezado la reducción de consumo energético porque la creciente clase media ya no cocina en casa, porque la domótica elimina gastos en climatización y porque la producción industrial se está desmaterializando o migrando a una eficiencia brutal con los métodos de adición de materiales, distintos a la manufactura tradicional, por sustracción, que desperdician hasta el 90 por ciento de los insumos. La internet de la logística optimiza la movilización inteligente y el transporte en tiempo real de los bienes que no se puedan producir localmente. Al compartir la movilización, los espacios y los nodos de almacenamiento y trasferencia entre diferentes sectores económicos, los costos logísticos se reducirán drásticamente.
¿Qué resulta de la profundización de estas tendencias tangibles e irreversibles? La quiebra de muchas industrias clásicas. En primer término, las empresas de energía que deben aprender a ganar dinero entregando confort a los clientes vendiéndoles menos unidades energéticas y sirviendo de brokers entre energías locales y globales. Más profundamente, la posibilidad de que los costos de la mayoría de los bienes y servicios se reduzcan progresiva y generalizadamente pone contra las cuerdas a la teoría económica, que no está preparada para asumir a la abundancia como central en la vida de las personas. Los individuos agrupados en comunidades pequeñas podrían autoproducir la mayoría de lo necesario para su vida diaria, eliminando el papel de las economías de escala, alcance y coordinación, que son la razón de ser de las firmas, y de la existencia del Estado como proveedor de bienes públicos. Lógicamente, es un modelo distinto al capitalismo y de la democracia representativa; aunque la calidad de vida aumente, el PIB baja y no se requieren impuestos ni burocracia pública.
Rifkin argumenta que todo esto equivaldría al resurgimiento global del modelo que Ghandi propuso para India. Es dudoso: sin haber pasado por el crecimiento que ofrece el capitalismo, las comunidades de colaboración feudal solo podían preservar la pobreza y el sistema de castas. La transición a una economía de costos marginales nulos sería posible en menos de medio siglo bajos tres condiciones: (I) que la costosa infraestructura en transporte, hogares y energía esté consolidada; (II) que los intereses de las compañías que pierden con el progreso tecnológico se transformen en un acto de generosidad o extrema inteligencia; (III) que se incentive la generación de conocimientos que requieren de la aglomeración y que no se tienden a desarrollar en la comodidad inquietante de la autoproducción aislada.
Las interesantes reflexiones de Rifkin deben complementarse con discusiones sobre los modelos sociales consistentes con costos marginales nulos. En principio, los costos marginales nulos podrían servir a la realización de varias utopías colaborativas. En Colombia, estamos cerca del cambio drástico en algunos sectores y muy lejos de la afluencia y paz que permitirían especular en libertad.
Juan Benavides
Analista
 

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