Análisis/ En la educación está la clave…!

La educación no sólo resulta ser el mejor vehículo social que permite empezar a reducir las enormes brechas en materia de ingresos sino el verdadero motor para un crecimiento sostenido.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
octubre 16 de 2014
2014-10-16 02:40 a.m.

Una de las grandes cuestiones que ha despertado el interés de los economistas durante largos años ha estado en el lograr explicar qué factores impulsan el crecimiento económico, por qué unos países crecen más que otros, en qué radican las diferencias. Estas preguntas han cobrado sin duda una mayor relevancia para muchos países emergentes y en desarrollo que, como Colombia, han comenzado a transitar la larga y difícil vía hacia el desarrollo y que, en su proceso, han visto ganancias significativas en materia de estabilidad macro, productividad e ingreso per cápita en las últimas décadas. Los resultados de Colombia en este contexto han sido positivos incluso frente a muchos países de la región. Estos resultados han venido consolidándose en la medida en que, en los últimos años, la solidez de la economía colombiana le ha permitido resistir tres fuertes choques: i) el de la crisis financiera mundial (período 2008-2009); II) el de la crisis político-comercial con Venezuela (2009-2010) y III) los fuertes coletazos de la crisis financiera de la Zona Euro (período 2012-2013); factores que, en otros tiempos, hubieran hecho evidente muchas de nuestras debilidades. La mayor solidez de las instituciones y el buen manejo de la política monetaria, en medio del saneamiento progresivo de las finanzas públicas y de la consolidación de la recuperación del mercado interno han colocado a Colombia en una senda de crecimiento sólida, jalonada por la demanda interna y con un alto dinamismo del consumo privado y la inversión, un hecho que nos ha dado cierto blindaje frente a los nubarrones externos. La coordinación entre las autoridades monetaria y fiscal ha hecho proclive esta mayor estabilidad macroeconómica, en donde las oportunas políticas contra-cíclicas del Gobierno y del Banco Central han derivado en una mayor fortaleza y credibilidad en la política económica, un vehículo fundamental para la confianza, la estabilidad y el crecimiento.

Colombia ha tenido también la “suerte” de experimentar un “boom” minero energético en los últimos años que ha contribuido a la expansión del crecimiento en medio de las bondades de los altos precios de los commodities. Pese a que para algunos este fenómeno ha sido más una “negra bendición” no sólo por las falencias que ha mostrado el país en la administración de dicho auge sino por los riesgos que ello encara en momentos de una eventual reversión de nuestros términos de intercambio, lo cierto es que esta coyuntura ha estado también engranada dentro de una política quizás más integral, focalizada en el desarrollo de las llamadas locomotoras del crecimiento.

Y es que, aunque tarde, nos hemos dado cuenta que no sólo la minería, sino el agro, el desarrollo de la vivienda, la innovación y el mejoramiento de la infraestructura se constituyen también como piezas claves para el desarrollo.

Sin embargo, no son estos los factores que en realidad garantizarán que la economía comience a transitar por una senda de crecimiento sostenido (y con equidad) que nos permita acercarnos con mayor celeridad a los terrenos del primer mundo. Los gurús de la teoría del crecimiento económico llevan predicando por años (y en voz alta) que más allá de estos factores y de la necesidad de la inversión en innovación y desarrollo tecnológico, es la educación integral, que comienza desde la educación básica y media (en paralelo con la que se infunde en el seno del hogar), la verdadera clave para el desarrollo. La educación no sólo resulta ser el mejor vehículo social que permite empezar a reducir las enormes brechas en materia de ingresos sino el verdadero motor para un crecimiento sostenido. Es la única vía efectiva que logra superar las trampas de la pobreza y la desigualdad…

Muchas de las grandes ideas, que han generado importantes saltos en el desarrollo, no tienen su verdadero origen en los mayores niveles de inversión en innovación y desarrollo de nuevas tecnologías, sino en un mecanismo de educación adecuado que permita que florezca, se cultive y se desarrolle un nuevo mundo de ideas bajo un esquema que las exalta y las valora. De allí la importancia de transformar la educación en una educación que quite las talanqueras a la imaginación y no torpedee la creatividad. Es en las ideas y en una educación que incentive nuevas formas de investigación desde la infancia donde está la clave del crecimiento sostenido.

En un país sumido durante muchos años en un conflicto, nos hemos dado cuenta tarde de que es la inversión en educación, con impacto en calidad y mayor cobertura, el verdadero motor del crecimiento en el largo plazo.

La mayor inversión en materia de educación para el 2015 (cercana al 3.3% del PIB frente al 2.5%-3.0% de las últimas décadas y por primera vez levemente por encima de los gastos destinados a Defensa) sumado a la ampliación de la jornada única en colegios públicos sin duda van en la dirección correcta. Sin embargo, estos avances aún lucen insuficientes e imponen el reto de seguir focalizando esfuerzos para que sea la educación el eje central de nuestras políticas de largo plazo. Con mayores recursos destinados a ampliar no sólo la cobertura, indispensable para la equidad y para dinamizar este extraordinario vehículo social, sino también en la calidad, aboliendo viejos esquemas y talanqueras que no permiten generar avances significativos (sólo basta con ver los resultados las pruebas Pisa) se inicia la verdadera transformación. Un sistema donde la creatividad, la motivación, el impulso de nueva ideas y el desarrollo personal vayan de la mano con maestros más educados y motivados (mejor remunerados). Un sistema donde la enseñanza deje se der vista como una profesión secundaria, sino como uno de los pilares del crecimiento. Una educación que incentive la lectura y genere mecanismos de aprendizaje que sepan aprovechar de manera equilibrada el uso de las nuevas tecnologías y que permita explotar ese “nuevo chip” que ahora parece venir incorporado en las nuevas generaciones.

Son los niños y jóvenes de ahora los que van a tener que direccionar, en un futuro cercano, el timón del desarrollo.

De la calidad de la educación que el país pueda transmitirles ahora dependerá el curso del desarrollo futuro. Esto no sólo derivará en externalidades positivas en materia de verdadera innovación, sino en unos valores y normas de conducta proclives al crecimiento, con una mayor conciencia no sólo de la importancia del medio ambiente sino de los nefastos resultados generacionales que se derivan de la corrupción, uno de los grandes obstáculos para el crecimiento.

En medio de la importancia que la sociedad ha comenzado a darle a los recursos naturales y al cuidado del medio ambiente, quizás no sólo resulte válida la pregunta de qué país y qué mundo queremos dejarles a nuestros hijos, sino qué hijos y qué generación queremos dejarle a nuestro país. Y es en la educación donde está la clave!!!

Germán Montoya
Chief Economist. Telefónica-Colombia
german.montoya@telefonica.com
 

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