Análisis/El enfrentamiento en la península coreana

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
abril 17 de 2013
2013-04-17 05:46 a.m.

De acuerdo con Kim Jong-Un, ya debí haberme ido de Seúl. El 9 de abril, el Gobierno norcoreano les recomendó a todos los extranjeros que residen actualmente en Corea del Sur que evacuaran el país con la mayor prontitud posible. ¿Por qué no sigo su ‘recomendación’ y, al contrario, prefiero quedarme? La razón es que he notado una gran división entre el cubrimiento, en parte sensacionalista, de los medios internacionales de comunicación, y la forma en la que las personas en Seúl perciben la situación.

Mientras que CNN y la BBC venden cada anuncio de Corea del Norte como una primicia en sus programas, la calma reina en las calles de la capital surcoreana. Las personas viven su vida normalmente, sin estampidas bancarias ni en los supermercados, ni nada por el estilo. Entonces, ¿por qué las personas no parecen estar asustadas de encontrarse al borde de una ‘guerra termonuclear’, tal y como amenaza Pyongyang? Tengo la sensación de que la gente ya ha visto esta película antes. Contrario a la creencia popular fuera de Corea, Kim Jong-Un no es ningún demente. Al igual que su padre y su abuelo, él está comprometido con el notorio ‘juego de la gallina’ para perseguir sus intereses nacionales.

Modelar las interacciones estratégicas entre adversarios con la ayuda de la teoría de juegos es una herramienta bastante útil para analizar la situación actual y establecer comparaciones con eventos del pasado similares. En este contexto, dos actores tienen la opción de escoger entre dos acciones distintas –llamándolas simplemente ‘cooperación’ y ‘confrontación’– para alcanzar sus metas. Sin embargo, el beneficio obtenido de cada acción depende de la acción tomada por el otro jugador. El juego que más se asemeja a la situación actual de la península coreana es llamado el ‘juego de la gallina’, y toma su nombre de una película de los años 50 protagonizada por James Dean (Rebeldes sin causa).

El principio del juego es que dos conductores emprenden una carrera, el uno dirigiéndose hacia el otro, y el que mueva primero el timón para evitar el choque es etiquetado como ‘la gallina’, por ser aparentemente un cobarde. La aplicación más famosa de este juego fue la Crisis de los Misiles de Cuba, de 1962, donde el presidente estadounidense Kennedy y el líder soviético Khrushchev buscaban, ambos, ganarle a su contraparte, mostrándose a sí mismos como líderes duros y sin ninguna voluntad de ceder frente al otro. Afortunadamente, la crisis más grave de la Guerra Fría finalizó con un acuerdo de lo cual ambos líderes podían afirmar que correspondía a sus intereses.

Creo que, actualmente, una lógica similar está en juego en Corea. Kim Jong-Un asumió el poder solo hasta hace un poco más de un año y su país está en una situación socioeconómica desesperada. Él necesita algunos ‘logros rápidos’ para demostrarles a su población y al establecimiento político y militar que da la talla para gobernar su país. En la sesión parlamentaria más reciente juró que alcanzaría la recuperación económica y desarrollaría el programa de armas nucleares. Sin embargo, estas dos metas entran en una contradicción mutua en la medida en que un aumento del comercio internacional sería promovido por el mundo exterior a cambio de que renuncie a la ambición nuclear. Aun así, Kim Jong-Un parece creer que puede obtener su pastel y a la vez comérselo. Su cálculo de que una política nuclear arriesgada va a obligar a su mayor adversario, EE. UU., a darle la victoria en ambos aspectos es audaz y puede parecer demencial, visto desde el exterior, pero ha funcionado en el pasado.

La retórica belicista y las amenazas diarias son necesarias para superar la resistencia acumulada de EE. UU. de ceder ante las exigencias norcoreanas. El supuesto popular de que Kim sería el que más tendría que perder en caso de una verdadera guerra, es cierto. Sin embargo, una vez logre poner a EE. UU.al borde de la guerra, este último estará probablemente más inclinado a ceder. El resultado es que Kim no tiene una opción distinta a la de aumentar el nivel de escalamiento para que EE. UU. tenga que afrontar la dura elección de irse a la guerra (confrontación) o negociar (cooperación). En ese punto, EE. UU. tiene más que perder si opta por irse a la guerra, muy a pesar de su arrolladora ventaja militar frente a Corea del Norte.

Anticipo que, en últimas, la estrategia de Corea del Norte va a funcionar. Es probable que ciertas negociaciones ya se estén llevando a cabo y que algunas medidas se vayan a tomar para apaciguarle. La pregunta es: ¿qué tanto debe ser puesto sobre la mesa para convencerlos de que le pongan fin a la actitud belicista?

Sea cual sea el paquete final, Kim Jong-Un puede presentarlo como un gran éxito y, consecuentemente, solidificar su base de poder a nivel doméstico. Por otro lado, el mundo en general, y EE. UU., en particular, van a sentirse aliviados de haber evitado una guerra nuclear, hasta que comience la siguiente ronda del juego.

 

Ralf J. Leiteritz

Redintercol - Universidad del Rosario

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