Análisis/Se nos está escapando una gran oportunidad

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
abril 29 de 2014
2014-04-29 04:14 a.m.

Colombia necesita empezar a pecar por optimista y no, como siempre, por pesimista. Aunque no es necesario justificar ese pesimismo histórico porque en nuestro pasado, y aún en el presente, hay razones de fondo para mirar así esa parte compleja y difícil del desarrollo de la sociedad colombiana. Hoy, un hecho parece consolidarse poco a poco como el principio de una nueva era para el país. Las negociaciones en La Habana entre el Gobierno y las Farc, aun en medio de la guerra y con demasiados muertos durante esta etapa, sí ofrecen elementos para soñar con esa nación distinto que, sin duda, los 47 millones de colombianos nos merecemos.

Independiente del resultado final, que esperamos sea positivo, esas conversaciones harían suponer que también es el momento para tener una campaña presidencial que se aparte de los esquemas tradicionales caracterizados por visiones puntuales sobre problemas específicos del país, con exceso de personalismo, donde se repite hasta la saciedad las virtudes del candidato o candidata e impera más lo destructivo que lo constructivo. Este es el momento para replantear elementos de fondo que han impedido que ese progreso económico, que sí ha existido, no se siga concentrando en unos cuantos, sino que nos beneficie a todos, y en especial, a quienes permanecen alejados de la modernidad.

Como el conflicto ha marcado tanto a Colombia, esta campaña presidencial era la gran oportunidad para conocer y proponer nuevos modelos de sociedad, muy distintos a los que hemos vivido por décadas, si no siglos. Planteando, además, posibles virajes en lo económico, pensando y proponiendo formas de construir una base productiva real y sostenible, con unos objetivos sociales que no se limiten solo a educación y salud para todos, sino que garanticen el cumplimiento de los derechos sociales económicos, culturales y ambientales de todos los ciudadanos, de manera gradual, pero creciente, y de acuerdo con las posibilidades fiscales del país.

Hasta hoy, ninguno de los candidatos y candidatas actuales garantiza que por fin llegará a la Presidencia ese líder que haga realidad la Constitución de 1991, esa que declara a Colombia un Estado Social de Derecho.

Propuestas claras sobre cómo ubicar mejor a Colombia en este complejo mundo globalizado, donde ningún país puede sustraerse de los grandes conflictos internacionales, y sobre cuál debe ser nuestra posición frente a ellos y ante las oportunidades que se abren, son temas totalmente desaparecidos del debate. Tampoco se ha escuchado nada novedoso sobre la maravillosa oportunidad que entrar al posconflicto le presenta al país para romper ese círculo perverso del poder, que con su peligrosa mezcla de política, corrupción, nepotismo, negocios, ha sido determinante en el cambio negativo de nuestra sociedad. Es decir, ¿dónde están las propuestas sobre ese nuevo modelo de sociedad que Colombia necesita en la discusión de quienes hoy aspiran a manejar este país? ¿Cuáles son las fórmulas que cada uno de ellos está diseñando para lograr que el crecimiento de la economía genere esa igualdad de oportunidades que no existe hoy en Colombia?

Nada de eso se les escucha exponer. Y sí, se oyen puntos aislados, pero ninguno sobre la forma de cómo construir un país que sea una verdadera democracia, con altos niveles de crecimiento compartido. Una nación civilizada que resuelva sus contradicciones sin matarse, que valore su inmensa diversidad en vez de marginarla, que estimule sus especificidades y las integre para tener una sociedad pluralista, justa y diversa. Una Colombia donde el devastador retroceso de la equidad de género se frene y dé el gran salto hacia una nueva dinámica que acabe definitivamente con esta profunda injusticia contra las mujeres. Una sociedad donde se respeten y apoyen las diversas formas que ha tomado la familia del siglo XXI, y donde las minorías empiecen a reconocerse como lo que son, ciudadanos de este país con todos los derechos y, obviamente, con las mismas obligaciones, que todos los colombianos debemos tener.

A un mes de la primera vuelta de la elección presidencial, las propuestas de todos los candidatos dan pena. Sus propagandas hablan muy mal de sus publicistas, y es cada vez mayor nuestra tendencia a cambiar de canal cuando aparecen estas promociones personales. Peor aún, el pesimismo que se les nota a leguas –sus complejos de Adán– al resaltar que nada se ha hecho bien, pero que cada uno es el único mago que todo lo puede resolver. La falta de conocimiento del país que no les permite disentir entre ellos, como se vio en el caso del último estudio sobre educación realizado, en el cual todos estuvieron de acuerdo a pesar de las críticas de columnistas y expertos, está dejando claro que Colombia está a punto de perder esta gran oportunidad para construir un país distinto.

Tristemente, ad portas del posconflicto, la campaña presidencial que se está viviendo pertenece más a décadas anteriores, cuando Colombia estaba aislada, concentrada en sus problemas internos, y sin esperanza de un futuro distinto. Más que imperdonable, es muy preocupante que nuestros candidatos y candidatas presidenciales desperdicien esta oportunidad, de por sí, única, para pensar en una Colombia nueva, fresca, moderna, y para proponer cómo lograr ese país realmente democrático, que aprovecha las ‘buenas práctica’ y rechaza las malas, con un esquema más amplio que piensa y planea un porvenir distinto para nosotros, un futuro que, además –precisamente porque solo será una realidad en el mediano y largo plazo–, se debe empezar a construir hoy. ¿Qué hacemos para que nuestros líderes de hoy se comprometan con darnos la Colombia de mañana que todos queremos y con la que soñamos desde hace más de medio siglo?.

Cecilia López Montaño

Exministra - Exsenadora

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