Análisis/ Europa en su encrucijada

Los europeos tendrán que permitir la llegada controlada de emigrantes para compensar una pirámide poblacional invertida, pero en paralelo deberán garantizar unos mínimos estándares de calidad de vida en los países de origen para que la mayoría opte por quedarse.

Redacción Portafolio
Opinión
POR:
Redacción Portafolio
septiembre 16 de 2015
2015-09-16 01:21 a.m.

Hace años un amigo alemán me dio su particular definición de lo que para él era la Unión Europea: un conjunto de países que se reunían con frecuencia en diferentes foros y cuyas decisiones, cualquiera que estas fueran, terminaba siempre pagando Alemania. Europa decide cosas y Alemania las paga. Anclada en los traumas de su pasado, Alemania no sabe nunca decir que no paga la cuenta.

Este país se encuentra ahora ante la mayor crisis humanitaria desde la Guerra de los Balcanes hace dos décadas. Mientras medio planeta lleva la cuenta de los refugiados que cruzan el mar Egeo, el otro medio mira la reacción del Gobierno alemán, que prisionero de la historia de su país, no puede sino asumir un protagonismo que, quizás, no le corresponde y abrir su fronteras a todos los sirios que quieran llegar. Hay que advertir que entre Siria y Alemania no parece haber relación alguna, ni histórica, ni geográfica, ni cultural, ni política, ni militar, ni económica, y el único motivo por el que los refugiados sirios quieren ejercer su estatus allí, es por el nivel de vida que los germanos pueden ofrecerles.

Lo cierto es que los sirios podrían estar a salvo del Estado Islámico y de su propio gobierno dictatorial, dirigido con mano de hierro por Bashar al Asad, en Jordania, por solo citar un ejemplo. La vecina Jordania vive una envidiable estabilidad política poco frecuente en la región, y además de 379 kilómetros de frontera común, con Siria comparte idioma, religión, y probablemente importantes rasgos culturales. Los menos de 200 kilómetros que separan Damasco de Amman parecen más asumibles para escapar de las bombas, que los 3.500 kilómetros que dista la capital Siria de Munich, a la que se llega tras cruzar Turquía, navegar hasta Grecia, y desde allí atravesar las burocráticas fronteras de Macedonia, Serbia, Hungría, y Austria.

Parece, entonces, que aunque el detonante de la huida de los refugiados sirios sea la guerra civil, los que llegan a Europa no lo hacen solamente para escapar de la guerra, sino sobre todo de la miseria. No llegan a Europa provisionalmente con la idea de regresar cuando pase el vendaval en su país, sino para quedarse en occidente en la búsqueda de una mejor vida.

No debemos pasar por alto que los responsables de la situación en Siria están mayormente en Damasco, y también en Moscú. Fue primero la Unión Soviética y ahora Rusia quien sostiene al régimen de los Asad, primero al padre y ahora al hijo, desde 1971. Más de 4 décadas de un régimen represor que no duda en bombardear con gas mostaza los barrios donde se ocultan sus opositores, como sucedió en el 2013 cuando Obama estuvo a punto de intervenir. También conviene recordar que el otro pilar del régimen sirio es Irán, que ha financiado durante décadas a las milicias de Hezbollá en Siria para desestabilizar al vecino Líbano y de rebote también a Israel. Si a estos tradicionales actores del teatro sirio le añadimos la aparición, hace poco más un año, del Estado Islámico, el cóctel para una crisis estaba cantado.

Ahora bien, ni los amigos rusos, ni los iraníes, ni el mundo árabe hermano, parecen estar comprometidos en buscar una solución pacífica a la crisis Siria, y es la lejana y fría Europa la que pagará la factura de los refugiados. Europa tiene los medios, la voluntad y la obligación moral de aliviar las consecuencias humanitarias de la llegada masiva de refugiados en sus magnitudes actuales, pero se trata de medidas paliativas que no resuelven el problema de fondo. Apenas han llegado a Europa, en lo que va de año, unos 350.000 refugiados, según cifras de Acnur, el triple que en el 2014, pero es una insignificancia si lo comparamos con los cientos de millones de personas que al sur y al este del Mediterráneo sufren guerras, pobreza extrema, genocidios y todo tipo de injusticias. Si en un futuro a corto plazo la cifra de refugiados se multiplicara por 5 o 10, entonces el problema se volvería inmanejable incluso para los humanitarios alemanes. El impacto económico y las consecuencias sociales y políticas de asistir a semejante cantidad de gente, podrían ser devastador para los países europeos.

Por eso, la solución humanitaria de Europa es cortoplacista y está limitada a una situación de crisis concreta, pero tendrá que ser complementada con una política exterior común, coordinada entre todos los países de la unión y guiada desde Bruselas. Europa, con la participación activa de Estados Unidos, tendrá que comprometerse a buscar soluciones políticas y económicas de fondo en los países en los que se originan los dramas que provocan las migraciones masivas. Los europeos tendrán que permitir la llegada controlada de emigrantes para compensar una pirámide poblacional invertida, pero en paralelo tendrán que garantizar unos mínimos estándares de calidad de vida en los países de origen para que la mayoría opte por quedarse. El reto es colosal.

Alejandro Jordán Lorente

Director del Centro de Estudios para la Globalización e Integración del Cesa

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado