Análisis/¿Falla el Estado en América Latina?

El expresidente uruguayo, Julio Sanguinetti, ha abierto la puerta para un debate que necesita darse con urgencia en América Latina y que debía empezar por ser el centro de discusión de la OEA.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
diciembre 01 de 2014
2014-12-01 02:49 a.m.

Un excelente artículo del expresidente de Uruguay, Julio Sanguinetti, publicado en El País de Madrid, da pie para abrir un oportuno debate sobre el rol del Estado en América Latina, que sigue vanagloriándose de ser una región eminentemente democrática. Su título y el lead que lo sucede, abren la discusión: ‘El doble discurso’; y “Algunas democracias latinoamericanas siguen arrastrado carencias muy graves”.
Aunque el autor reconoce los cambios positivos que se han dado en la región, plantea profundas debilidades del Estado en varios países, frente a las cuales el resto de América Latina se queda silencioso. Y recoge una expresión reciente del expresidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, quien afirmó, refiriéndose a Venezuela, que “(…)los demócratas tenemos que gritar, hacernos oír”.
El artículo plantea la crisis por la que atraviesa la prensa en América Latina en países que se suponen democracias y revela, como es obvio, la situación, primero en Venezuela, después en Ecuador y finalmente en Argentina. Su mayor crítica es a los otros gobiernos latinoamericanos, quienes frente a situaciones como las mencionadas, y que obviamente debilitan la democracia, permanecen callados. Sanguinetti afirma: “Sobre estas situaciones parecería que ningún Gobierno latinoamericano se siente obligado, por lo menos, a preguntar. En medio de himnos sobre la vigencia universal de los derechos humanos, se les agrede aviesamente y nada sacude las aguas de las instituciones hemisféricas”.
También se refiere a “los poderes fácticos” que sacuden el edificio, y a México, que vive actualmente una de sus peores crisis por la matanza de Guerrero, asociada con lo que llama “(…) estructuras de corrupción vinculadas al narcotráfico que ejercen la violencia casi como Estados paralelos”. Además, en esta categoría, incluye a nuestro país y señala: “Colombia, que lleva adelante –trabajosamente– un esperanzado proceso de paz, convive todavía con una narcoguerrilla que, aún acotada y en medio de un diálogo con el Gobierno, no termina de asumir que, para que se le crea, debe abandonar las armas para siempre”.
Ahora, de estos planteamientos del expresidente Sanguinetti, surge una inquietud: ¿hasta dónde la profunda desigualdad de la región latinoamericana –que después de décadas de democracia no cambia radicalmente–, se debe interpretar también como una falla del Estado? Probablemente no existe una Constitución en América Latina que no hable de los derechos económicos, sociales y culturales que deben ser una realidad para todos los ciudadanos. Sin embargo, aunque la pobreza ha disminuido significativamente -probablemente más por el tipo de políticas que por esquemas de ampliación de democracia-, ¿por qué crecen también de manera rápida el número de súperricos en la región?
Si se les da mucho a los pobres, pero se les da más a los ricos, como parece, América Latina no será una región de pobres, pero tampoco dejará de ser la más desigual del planeta. Esta es una frase que ha sido famosa en Chile sobre los penúltimos gobiernos. Aparentemente, este esquema ha sido copiado por muchos países, donde aquellos con más de 30 millones de dólares de riqueza crecen rápidamente, como sucede en Brasil, México, Chile y Colombia, entre otros.
Estas realidades de unos países supuestamente tan democráticos, cuyas poblaciones se enfrentan a tantas desigualdades, dejan en claro que sus Estados están fallando de forma grave. Sin embargo, todos callan porque cometen el mismo pecado: unas élites que, históricamente, desde la Colonia, han estado demasiado vinculadas al poder. Sectores insolidarios que solo están dispuestos a dar limosnas, pero que no se sienten comprometidos a financiar con sus impuestos las estrategias que permitirían crear sociedades menos injustas.
Dos elementos podrían explicar esta realidad. Primero, pocos países logran reemplazar a esa clase social privilegiada en los niveles de poder y cuando esto sucede, como en Venezuela, se falla de manera grave. Chile es, tal vez, el único país que ha tenido mayor éxito en este relevo de clase dirigente. Pero, en general –y Colombia es un caso claro–, familias enteras a través del tiempo continúan en las altas esferas del poder político.
Lo segundo es la forma que ha tomado el ejercicio de la política, donde se pueden encontrar causas de esta imposibilidad de América Latina de tener Estados que garanticen equidad. Sin que deje de presentarse el elemento negativo, señalado anteriormente, el meollo del problema está en la nula separación entre lo público y lo privado, que ha convertido la política en un negocio. Obviamente, hay gobernantes honestos, pero algunos pecan de lo que podría llamarse una ‘moral relativa’ que plantea: “yo no robo, pero dejo que mis amigos roben”. Moral que, al final, también produce resultados desastrosos que impiden que el gasto público llegue a donde debe.
En síntesis, el expresidente Sanguinetti ha abierto la puerta para un debate que necesita darse con urgencia en América Latina y que debía empezar por ser el centro de discusión de la OEA, ahora en proceso de relevo en su dirección. La cacareada Carta Democrática que ha sido como el norte de esta entidad, necesita de inmediato una seria evaluación y nada mejor que esta entidad, que se ha quedado sin discurso, emprendiera este debate fundamental para todos y cada uno de los países de América (no solo del subcontinente latinoamericano).
Y a propósito, ¿sería posible que llegara por primera vez una mujer a este cargo? Candidatas sobran y como es una entidad cuya capacidad de gestión es con frecuencia, cuestionada, es posible que no sea tan atractiva para los hombres. Pero ojo: es mucho mejor que llegue una mujer de primera que un hombre de segunda. Y esto puede pasar porque a los prohombres ya no les apetece nada distinto a Naciones Unidas, la Ocde, etc.

Cecilia López Montaño, Exministra - Exsenadora


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