Análisis / El futuro de las ciudades

Las ciudades más competitivas ya no son las mejor localizadas, o las que tienen mejor capital humano o finanzas más fuertes, sino aquellas con mayor capacidad de transformación.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
julio 11 de 2013
2013-07-11 01:13 a.m.

El debate sobre la desindustrialización de Colombia está nuevamente sobre la mesa. El cierre de Icollantas, el ímpetu de las importaciones desde China o el deterioro de los sectores de confecciones, muebles o calzado son noticias preocupantes.

Sin embargo, las cifras que mensualmente reporta el Dane desde 1990 sobre el ramo manufacturero en su conjunto contradicen el argumento de la desindustrialización: los niveles de la producción real (sin estacionalidad), en abril del 2013, no estuvieron lejos de su máximo histórico. ¿Entonces? ¿Dónde está el problema? En las ciudades. Sí, la clave de la discusión parece estar en ellas.

Si el manejo macroeconómico ya está resuelto, como lo sugieren los números nacionales, entonces la competitividad depende ahora de las capitales y es responsabilidad de los alcaldes.

De ahí el contraste entre las cifras nacionales y las locales, y de ahí también las diferencias entre unas urbes y otras: en el 2012 y, comparando con el 2011, Bogotá y el Eje Cafetero redujeron su producción real, mientras que Medellín corría con gran ventaja.

Es en las ciudades donde hacer política industrial cobra pleno sentido. No se trata de que el Gobierno nacional entregue presupuestos para que las alcaldías hagan lo que puedan, sino de que en la agenda de las capitales esté presente el debate sobre la promoción de las actividades económicas.

O las metrópolis se empeñan en su transformación permanente, una que vaya a la par con los cambios que exigen los espacios destinados a las actividades productivas, o se condenarán a sí mismas a la pérdida de oportunidades de producción y de generación de empleo, y con ella a una caída sin fondo en la decadencia.

Las ciudades más competitivas ya no son las mejor localizadas o las que tienen mejor capital humano o finanzas más fuertes, sino aquellas con mayor capacidad de transformación, y esta nada tiene que ver con la construcción de centros comerciales más grandes, de un mayor número de soluciones habitacionales o de zonas de restaurantes mejor equipadas.

La diferencia es de vocación.

La vocación de transformación es justamente uno de los motores más importantes del crecimiento de China. La renovación de los espacios y su adaptación a actividades nuevas ha generado una importante demanda local de sus manufacturas, una demanda mucho más determinante que la global. Algunos de sus parques industriales, construidos hace cerca de una década, y que hoy ya empiezan a ser abandonados, son un buen ejemplo de esa dinámica y necesaria capacidad de cambio.

En respuesta al aumento de los costos de producción de las empresas a tasas de dos dígitos durante los últimos dos años, estas reaccionaron rápidamente, trasladándose a ciudades más alejadas de los puertos, en busca de costos laborales más bajos y tierra más barata.

Y las ciudades tradicionales, por su parte, no se quedaron pensando qué hacer con esos parques industriales que perdían vigencia productiva: rápidamente invirtieron en renovación urbana con miras a albergar los nuevos sectores en los que China, en la medida en que su signo dejaba de ser solo la mano de obra barata, empezaba a ser competitiva.

El solo hecho de entrar a nuestra cocina, para no hablar de las idas al supermercado, da cuenta de la fuerza de esas transformaciones. Los anaqueles del supermercado ofrecen ahora decenas de referencias del mismo producto, con diferencias mínimas entre ellas.

La variedad de productos se multiplica con el solo cambio en las presentaciones. Pasa lo mismo en cualquier otro sector productivo a escala global. Una consecuencia de este proceso es que el mayor porcentaje del crecimiento del comercio internacional se da al interior de los sectores productivos, no en el comercio de bienes finales para los consumidores.

Ante el cambio vertiginoso de las preferencias de los consumidores, las empresas se han visto obligadas a ensamblar sus productos con insumos provenientes del mundo entero: nuevos ingredientes, empaques, terminados.

El porcentaje de valor agregado que se produce en cada ciudad es, en todo el mundo, cada vez más bajo, porque todas las capitales participan ahora de la cadena productiva.

La capacidad de transformación de las ciudades no es una cualidad ni un mérito más de una buena administración: es la condición necesaria para no entrar en la decadencia. Si los espacios no se adaptan, si no se crean condiciones logísticas para una efectiva integración a la cadena de abastecimiento global, si no hay espacios propicios para la interacción entre empresarios, la ciudad no podrá ser competitiva. Hoy, son imprescindibles espacios físicos, y ojalá cercanos a las empresas, para que estas puedan evolucionar productivamente, aun con bajas escalas de producción. Y dentro de la urbe, la clave está en los barrios, que deben ser el centro de la política de productividad, los espacios donde se tranzan los insumos y las maquinarias.

La malla vial, los andenes, las bahías de parqueo, la norma urbana, son todos elementos esenciales de barrios orientados a la transformación.

El debate sobre la desindustrialización, mal concebido, se puede convertir en una trampa mortal para el país: puede terminar consintiendo el proteccionismo y la entrega de subsidios a unos sectores que, aunque perjudicados, no han hecho otra cosa que acumular capacidad financiera y de cabildeo para obtener de los gobiernos rentas compensatorias, en lugar de mejorar la integración a la cadena de abastecimiento global y de acelerar la transformación de las ciudades, que es lo que con urgencia se debe procurar.

Tito Yepes

Investigador Asociado de Fedesarrollo

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