Análisis/ Grecia o el poder de las ideologías

El país heleno requiere ahora el gobierno serio que necesitaba a finales del 2014, antes de caer en la debacle nacionalista populista, uno que defienda los intereses de sus electores en lo que puede y debe, pero con una seriedad que recupere la confianza perdida.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
julio 10 de 2015
2015-07-10 01:48 a.m.

Después de que Fukuyama anunciara el fin de la historia (en la hegemonía del liberalismo occidental) y Blair declarara la desideologización del debate político (en su reducción al seguimiento de unos cánones tecnocráticos neoliberales), dos ideologías retrógradas sacuden hoy al mundo, fuera del sendero del capitalismo global: el nacionalismo populista y el fundamentalismo islámico.

La tragedia griega, que han construido la irresponsabilidad sucesiva de gobiernos (griegos) y banqueros (alemanes y franceses), sosteniendo un gasto deficitario y un endeudamiento insostenibles, seguida por la del actual gobierno populista, que ha llevado la terrible situación a un punto de colapso similar a la venezolana, era una muerte anunciada: la contradicción entre unos niveles de bienestar social de socialdemocracia europea y una productividad –cuyo nivel suficiente para financiar esos niveles es la condición de posibilidad económica de la socialdemocracia: Portafolio, ‘¿Es la tercera vía de Santos socialdemócrata?’, 7/17/14– de país atrasado tercermundista, creaba una contabilidad incorregible sin una austeridad, también inviable políticamente (‘Crisis Europea de regreso al abismo’, 16/6/10 y ‘El valor económico de la confianza’, 3/4/12 ).

La situación ya era muy difícil a finales del 2014, pues los acreedores europeos han puesto un énfasis excesivo en la austeridad –cuyos límites se manifiestan en que en Grecia se habla ya de una crisis humanitaria–, en lugar del crecimiento (las reformas que lo harán posible), única salida capaz de conciliar la recuperación del nivel de vida –no al nivel previo al debe, sino al consistente con la productividad– con un repago de la deuda a los banqueros europeos (no con el insostenible perfil actualmente exigido, sino refinanciando para crear un margen para crecer y evitar que el nivel de vida siga deteriorándose).

Pero la irresponsabilidad de Tsipras y Varoufakis, con su discurso nacionalista populista (poniendo un problema de contabilidad en términos de terror y chantaje), que engaña a los votantes griegos, exasperados con los costos de la austeridad (presentada no como una corrección necesaria, sino como una conspiración imperialista de los poderes europeos encabezados por Alemania), ha logrado deteriorar lo que parecía imposible de empeorar. Perdieron un semestre, que deja la economía y los canales de comunicación con los organismos internacionales/europeos despedazados (el colapso bancario y de bienes básicos, incluso medicamentos, puede hacer esto una mezcla de Argentina 2001 y Venezuela Chávez-Maduro). Además, con inconsistencias tan obvias como que no aceptan eliminar las exenciones impositivas a las islas griegas para mantener el apoyo del partido de ultraderecha.

Grecia requiere ahora el gobierno serio que necesitaba a finales del 2014, antes de caer en la debacle nacionalista populista, uno que defienda los intereses de sus electores en lo que puede y debe (una tercera refinanciación/condonación con más énfasis en reforma para crecer que en austeridad insostenible), pero con una seriedad que recupere la confianza perdida. Con cualquier resultado del referendo, las cosas no pueden sino deteriorarse más para los griegos, víctimas de una ideología nacionalista populista que cree que va a poner a funcionar un sistema bancario y una economía despedazada al punto del desabastecimiento con dignidad nacional.

Con el fundamentalismo islámico, el mundo regresa no a una ideología que generó los horrores en el siglo XX, sino a los del VII, un pavor que refleja tanto la naturaleza de islam como la torpeza de occidente. Isis sí es un reflejo de aspectos del islam (como la yihad), ideología impermeable a la modernidad, que salvó (como resultado de su predecesora, la reforma) a la cristiandad de su corrupción con el poder. Tan es así, que el wahabismo saudita (del cual emergió la Al Qaeda de Bin Laden y la financiación para variados militantes sunitas) sigue tranquilo con las mismas barbaridades premodernas que nos aterran de Isis (decapitar y flagelar opositores, someter a la mujer), pero con la anuencia de occidente, porque necesita su petróleo. Sin embargo, no se comprende Isis sin entender el ABC del islam, cuyo desconocimiento por Bush y Blair, en su deshonesta fabricación de la invasión a Irak, desencadenó (además con su estupidez adicional de destruir el ejército iraquí y apoyar al gobierno chiita, cuya alienación de los sunitas generó Isis) los horrores que se extienden desde el mundo islámico: el conflicto fundamental en el Medio Oriente (junto con el olvidado Israel-palestino), del cual Isis es solo una manifestación, es el choque de estas dos ideologías premodernas, sunitas versus chiitas.

Sería bueno que los posmodernos, críticos de la modernidad, recordaran que es el legado de esta, en términos de libertades y derechos humanos, y de un Estado secular democrático liberal, lo que nos protege de los horrores de Isis, no tan diferentes de los que se soportaban en la cristiandad premoderna, bajo una teocracia (articulando monarquía absoluta y poder eclesiástico) como la que quiere imponer Isis en su regreso al califato del siglo VII.

Ricardo Chica
Consultor, Desarrollo Económico.
 

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