Análisis/Guerra de expresidentes

El advenimiento de nuevos líderes, y sobre todo, de nuevos partidos, sin los vicios que el estable- cimiento colombiano ha venido representando por siglos, será la verdadera luz de esperanza.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
mayo 21 de 2014
2014-05-21 07:25 a.m.

Era realmente lo que le faltaba a los 47 millones de colombianos: de una campaña presidencial sosa se pasó a una tormentosa para terminar en lo que ahora se viene, la guerra de expresidentes. Con la llegada de César Gaviria a dirigir la última etapa de la campaña de reelección del presidente-candidato Santos, el enfrentamiento que empezó a darse tendrá unas características nunca dadas en la sociedad colombiana.

Cuando la mayoría de los países civilizados dejan a sus exmandatarios en el pilar de la fama o en el olvido, en Colombia –como consecuencia de que no existen nuevos líderes–, cuando la competencia por la Presidencia de la República se vuelve reñida, son los expresidentes de uno y otro bando los que asumen el primer plano. Es decir, tal y como se están dando las cosas, la confrontación hoy es entre Gaviria y Uribe y no entre Juan Manuel Santos y Oscar Iván Zuluaga. Ni siquiera va a ser entre la paz y la guerra, sino entre estas dos figuras políticas.

La pregunta que surge de inmediato es, ¿por qué el liberalismo tuvo que sacar del supuesto retiro al expresidente Gaviria para defender al presidente-canditato Santos? Y, ¿por qué Óscar Iván Zuluaga no tiene, ni ha tenido vuelo propio, sino que es la sombra de Álvaro Uribe Vélez? Pues bien, la razón es simple: porque estos líderes le cerraron las puertas a nuevos liderazgos que, precisamente, por tener esas características propias de quien sobresale, no siempre estuvieron de acuerdo con ellos, con sus ideas, con sus procedimientos. Si no son los hijos, sus familiares o sus súbditos de los exprimeros mandatarios, las posibles nuevas figuras mueren en el proceso. Y ellos siguen en el reino del poder.

Y lo grave es que no siempre el nepotismo o sus súbditos les funcionan ni a ellos, ni a sus intereses, ni, obviamente, a los del país. El liderazgo de Simón Gaviria, como presidente del Partido Liberal, quedó en este momento, por el piso. Si hubiese tenido la fuerza que se supone que debe tener alguien que dirige un partido de esa trayectoria, no se habría requerido traer a su padre para salvar la situación. Lo que acaba de suceder en el liberalismo demuestra que las cualidades no necesariamente son hereditarias, aunque los defectos, como el clientelismo, sí.

En el caso del expresidente Uribe, sus hijos están dedicados exitosamente a los negocios y todavía no le muestran al país sus declaraciones de renta. Pero como no se ven como herederos políticos del ex mandatario, Uribe, recurre a sus súbditos, algunos buenos (cuyo pecado para muchos es estar bajo el ala del uribismo), y otros que morirán de agradecimiento con el expresidente porque si no hubiese sido por él, nunca habrían llegado a entrar por la puerta grande a la política. Eso sí, todos bajo el mismo estigma: ninguno de ellos tiene la posibilidad de volar por su cuenta, incluyendo a Óscar Iván Zuluaga.

Pero, hechas esas aclaraciones, ahora el tema es qué va a pasar en lo que resta de la semana de esta horrible campaña presidencial. Insultos van e insultos vienen, porque el expresidente Gaviria puede salir a poner contra la pared al expresidente Uribe, ya que es el único político que no le agacha la cabeza, y Uribe, por su parte, comete arbitrariedades a más no poder. La última, querer que la justicia para él sea ‘A la carta’, como muestra de su inmenso irrespeto por el país: irrespeto por el que debe pagar él y su candidato.

Sin discutir que eso será lo que le toca a Gaviria, señalar los atropellos de Uribe, lo que es absolutamente evidente es que habrá una guerra entre expresidentes, donde, de nuevo, las grandes propuestas transformadoras que el país requiere quedarán sumergidas en el olvido. Incluso el debate sobre la paz, que se supone representa Santos, y la guerra, que simboliza Uribe, pueden desaparecer para quedarse en este pugilato de dos expresidentes que, además, pertenecieron al mismo partido: el Liberal.

Pero hay un tema más de fondo que un corresponsal extranjero ha mencionado y que en Colombia no ha tenido eco: lo que está sucediendo ahora y que se profundizará con esta nueva guerra, es que en Colombia se partió el ‘establecimiento’. Primero, la foto de Semana demostró que todos los que ahora son enemigos y que son parte de ese pequeño círculo que ha mandado por siglos este país, fueron íntimos. Eran parte de un solo establecimiento y hoy esa ruptura será aún mayor porque la mitad de los poderosos estará con Gaviria y la otra mitad con Uribe.

Esto será muy malo para aquellos que se han beneficiado del llamado ‘establecimiento’ y que han logrado colarse en este grupo privilegiado (sin duda, con méritos, pero con costos tan altos como la subordinación, es decir, tragándose muchos sapos). Será, sin embargo, excelente para esa gran parte del país que solo veía dos opciones para desarrollarse como individuo: o jugarle al arribismo, lambonería o sometimiento a estos señores, o irse de este país.

Esta quiebra evidente del ‘grupillo de poderosos’ –la gran mayoría hombres y muy pocas mujeres–, es el momento del surgimiento de una clase media politizada en el buen sentido de la palabra. El advenimiento de nuevos líderes, y sobre todo, de nuevos partidos, sin todos los vicios que el establecimiento colombiano ha venido representando por siglos. Esta es una verdadera luz de esperanza en medio de la guerra entre expresidentes.

Cecilia López Montaño
Exministra - Exsenadora

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