Análisis/La guerra en contra de la violencia sexual

Si se quiere avanzar hacia la paz, las voces en contra de este flagelo deben resonar en el mundo entero. La condena nacional e internacional tiene que ser colectiva, contundente y definitiva.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
julio 25 de 2014
2014-07-25 01:23 a.m.

Hace unos años escribí un cuento acerca de la violencia sexual en la guerra. En él, narro cómo una mujer es violada por un individuo vestido de camuflado –una historia que se repite en los conflictos armados–. Sin embargo el relato no acaba así. Ante la imposibilidad de escapar, la mujer acepta su suerte y lleva al agresor a su casa. En medio del placer, él cierra los ojos. Ella aprovecha el momento para matarlo con el fusil que descansa recostado en el borde de la cama.

El desenlace del violador muriendo en las manos de su víctima genera un efímero sentimiento de satisfacción, uno que se esfuma ante la monstruosidad de casos de violencia sexual en los conflictos armados. Si se multiplica el cuento, tendríamos miles de víctimas y muertos, lo que desencadenaría un ciclo vicioso de terror. La pregunta que subyace es: ¿cómo eliminar la violencia sexual en los conflictos armados?

Un sinnúmero de tratados de derecho internacional humanitario prohíben la violencia sexual en los conflictos armados (entre ellos el Convenio de Ginebra, relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra, y el Protocolo I adicional a los Convenios de Ginebra, relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados internacionales). Además, de manera reiterada, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha categorizado la violencia sexual en la guerra como una amenaza para la seguridad internacional (Resoluciones 1820, 1888 y 1960).

El problema es que una zanja abrumadora divide la normatividad internacional de la realidad. En países como Bangladesh, Camboya, Burundi, Haití, Somalia, Uganda y Colombia, entre otros, la violencia en contra de las mujeres por parte de los actores armados (tanto por las Fuerzas del Estado como por los demás actores del conflicto) es sistemática, premeditada y recurrente. Por ejemplo, el pasado 14 de abril más de doscientas niñas fueron secuestradas por el grupo Boko Haram en el norte de Nigeria, hecho que suscitó el repudio de la comunidad internacional. Y es que la realidad es preocupante. Según Unicef, más de 150 millones de niñas son víctimas de violencia sexual cada año en los conflictos armados. Ante la gravedad de la situación, el 10 de junio se llevó a cabo la Cumbre Global para Eliminar la Violencia Sexual en los Conflictos Armados. Más de 140 países asistieron al evento, junto con diversas ONG y organizaciones internacionales. Al finalizar el debate los participantes declararon: “La violación y la violencia sexual no son una consecuencia inevitable de la guerra o un delito menor.

La vergüenza de estos delitos debe imputársele a los agresores, no a las víctimas”.

El mensaje de la comunidad internacional es claro. La violencia sexual es una manifestación atroz de poder, una de las armas más nefastas y corrosivas de la guerra. Su letalidad perdura después de que ha cesado el acto físico: su veneno se incorpora a la memoria de la víctima y el miedo se torna un acompañante continuo.

Para combatir la violencia sexual en los conflictos armados, además de los esfuerzos institucionales, es necesario un cambio en el imaginario social. La discriminación y estigmatización de las víctimas de violencia sexual multiplica su sufrimiento. La sociedad no puede ser una barrera para que se garantice el acceso a la justicia. Hay que parar de tildar a una mujer violada de prostituta. Su vestimenta o su belleza no son una manifestación de un deseo secreto de ser violentada. Debe desaparecer ese pensamiento bárbaro que traslada la culpa del agresor a la víctima.

La existencia de un conflicto armado no hace que la violencia sexual sea un daño colateral. Las mujeres no son el trofeo de los señores de la guerra. La impunidad en los casos de violencia sexual origina más adeptos para la lucha armada. Si se quiere avanzar hacia la paz, las voces en contra de este flagelo deben resonar en el mundo entero. La condena nacional e internacional tiene que ser colectiva, contundente y definitiva.

Nota: a principios de este año, el director de análisis y contexto de la Fiscalía y exjefe de la Unidad de Justicia y Paz, Juan Pablo Hinestrosa, declaró que el 98 por ciento de los casos de violencia sexual en el marco del conflicto colombiano quedan impunes. Una cifra alarmante que habla por sí sola y tal vez una de las motivaciones para que se sancionara la Ley Contra la Violencia Sexual el pasado 18 de junio.

Felipe Jaramillo Ruiz
Miembro de Redintercol

 

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