Análisis/ ¿Importar para exportar más?

Insatisfechos con los logros de sus políticas, ahora los aperturistas quieren completar su obra y la han emprendido contra unos de los pocos instrumentos de protección que todavía tiene el sector agropecuario, las franjas de precios y los fondos de estabilización de algunos productos como el azúcar.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
julio 06 de 2015
2015-07-06 02:24 a.m.

Desconociendo la historia de los últimos 25 años, continúan repitiéndose los cantos de sirena del aperturismo a ultranza como modelo de desarrollo. La receta es antigua: para crecer hay que exportar más (hasta ahí todo bien); para que aumenten las exportaciones hay que importar más, y para lograrlo hay que bajar aranceles y quitar todas las barreras que impiden la libre entrada de bienes del exterior.

Esta receta se volvió axioma, con el recetario de políticas neoliberales que se conoció como el Consenso de Washington en los años 90 del siglo pasado. La tecnocracia colombiana, que ha sido una alumna aventajada de ese Consenso, con su hegemonía en los sucesivos gobiernos, logró que el país se tomara la medicina completa.

El resultado ha sido desastroso: el paciente en lugar de mejorar empeoró, y después de 20 años el desequilibrio externo, es mucho más grande. Además, la desprotección a la producción nacional –agricultura e industria– tuvo altos costos en materia de producción y empleo.

Veamos las cifras que sustentan estas afirmaciones. En primer lugar, no hay duda de que la economía colombiana se ha abierto y globalizado desde que, en la década de los 80, la crisis de la deuda latinoamericana obligó al ministro Junguito, del gobierno Betancur, a una drástica restricción de las importaciones.

El gobierno Barco empezó la apertura eliminando primero la mayoría de los controles directos a las importaciones y planteando un proceso gradual de reducción de los aranceles. La administración Gaviria dejó el gradualismo y en un año bajó el arancel promedio del 47 al 12 por ciento, aunque para proteger algunos productos agrícolas estableció un mecanismo de ‘franja de precios’. El arancel promedio se mantuvo en el mismo nivel hasta el 2010, cuando una nueva reforma lo redujo al 6,3 por ciento, además de que redujo un poco la dispersión.

Uno de los indicadores más usados para medir el grado de apertura de una economía es el peso que tiene el comercio exterior (Exportaciones más Importaciones, o X + M) sobre el PIB, medido con las cifras de las cuentas nacionales del Dane. Con la apertura de Gaviria, el indicador aumentó un poco hasta 1998, pero se desplomó con la gran crisis financiera del fin de siglo.

Es en el siglo XXI cuando se da un proceso continuo y sostenido de apertura, acelerado con la firma de varios TLC, tal como se observa en la línea continua del gráfico 1: en el año 2000 el comercio exterior representaba el 31,5 por ciento del PIB, y en el primer trimestre de este año llegó al 45,4 por ciento. Pocos países pueden mostrar una apertura tan rápida de sus economías.

La línea punteada del gráfico 1 ilustra una de las consecuencias negativas de la forma como se hizo la apertura en Colombia: el creciente desequilibrio del comercio exterior, que ni siquiera dejó de crecer durante el periodo de la gran bonanza del petróleo y el carbón, y que nos ha llevado a ser uno de los países del mundo con mayor grado de vulnerabilidad externa.

Al comienzos del siglo exportábamos un poquito más de lo que importábamos y el saldo de exportaciones menos importaciones (X - M) era positivo en 0,7 por ciento del PIB. Con la apertura y los TLC, empezamos a comprar más afuera y menos a los productores nacionales, de manera que (X - M) se fue haciendo cada vez más negativo hasta llegar al 13,5 por ciento del PIB. Hay que repetirlo, lo que se hizo en Colombia fue una ‘apertura hacia adentro’.

El gráfico 2 es la demostración más contundente de que en Colombia ha sido un fracaso rotundo la receta aperturista de importar más para exportar más. Al separar los dos componentes del índice de apertura (X y M), observamos que la primera parte de la receta se ha cumplido con creces y las importaciones (línea continua) han casi duplicado su participación en el PIB, al pasar de 15,4 al 29,4 por ciento. Su crecimiento ni siquiera se frenó con la devaluación de los dos últimos años.

Pero, para sorpresa de los apologistas de libre comercio, el beneficio esperado de esa apertura sobre las exportaciones nunca llegó, por el contrario, la participación de las exportaciones sobre el PIB (línea punteada) se mantuvo prácticamente constante, alrededor del 16 por ciento en estos 15 años, e incluso disminuyó en los dos últimos.

Lo que sí produjo la desprotección a la producción nacional, agravada con la funesta revaluación del peso, fue un proceso de desindustrialización y estancamiento de la agricultura, sectores que crecieron mucho menos que el resto de la economía y, en los cuales hasta el año 2013, prácticamente, no se generó nuevo empleo.

Insatisfechos con los logros de sus políticas, ahora los aperturistas quieren completar su obra y la han emprendido contra unos de los pocos instrumentos de protección que todavía tiene el sector agropecuario, las franjas de precios y los fondos de estabilización de productos como el azúcar y la palma de aceite. ¿Será que así si exportamos más o solo se profundiza la fracasada apertura hacia adentro?

Mauricio Cabrera Galvis

Consultor privado

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