Análisis/Irracionalidad y el principio de precaución

Una de las tareas pendientes del país es resolver la ocupación del territorio para integrarlo bajo el imperio de la ley y crear una base de productores rurales solventes e interesados en una producción sostenible y rentable.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
marzo 19 de 2014
2014-03-19 03:45 a.m.

El principio de precaución establece que en caso de duda es mejor abstenerse. Este principio domina la política ambiental y muchos nichos de la política pública mundial. Impone altos niveles de seguridad a las innovaciones. ¿Es una buena guía para la acción? No, salvo en situaciones sin controversia (usar cinturones de seguridad en los carros, llevar salvavidas en los aviones, evitar beber agua sin tratamiento). Fuera de estos casos triviales, el principio de precaución es profundamente retrógrado y solo se sostiene cuando los tomadores de decisiones se apropian del miedo y la desinformación.

Muchos seres humanos se desvían del comportamiento racional cuando hay pérdidas potenciales muy altas, independientemente de que su probabilidad sea muy pequeña. Si los decisores, además, ignoran los posibles beneficios de una intervención, se enfocan en solo un aspecto de las decisiones (ignorando el contexto) y asumen que la naturaleza es perfecta y el ser humano únicamente la perturba, estaremos en el caldo de cultivo de la parálisis y el fundamentalismo. Examinemos estas situaciones.

Cuando yo trato de eliminar la mayor pérdida posible e ignoro al tiempo sus chances de ocurrencia, estoy actuando como si la amenaza fuera cierta (muchas familias de granjeros norteamericanos almacenaban comida en los sótanos durante la Guerra Fría; y mantienen abarrotadas sus reservas varias décadas después, porque asumen que la conspiración comunista sigue viva). Este tipo de distorsión cognitiva es alimentada por desastres de alta visibilidad, como la pérdida de un avión, un ataque terrorista o un accidente industrial. Las conclusiones usuales suelen ser extremas, o equivocadas o perjudiciales: es más seguro viajar en carro que en avión; los ataques terroristas se repetirán pronto y en el mismo sitio; debe prohibirse el uso de la energía nuclear.

Toda intervención humana tiene costos, beneficios y riesgos. Las vacunas y los progresos médicos han eliminado plagas que diezmaron a la humanidad y han aumentado su esperanza de vida promedio, posiblemente al costo de aumentar la vulnerabilidad a pandemias de tipo sistémico. Las modificaciones genéticas en cultivos han disminuido las hambrunas, al costo de concentrar conocimiento en unas pocas firmas mundiales con poder de mercado y el desmedro de prácticas ancestrales valiosas. Las condiciones de vida de un ciudadano promedio del mundo en el siglo XXI son mejores que hace cien o doscientos años, al costo de las enfermedades originadas en el sedentarismo y la facilidad de recurrir a la comida chatarra.

El principio de precaución surge al llegar la afluencia: al alcanzar una sólida base de infraestructura, cultura, seguridad social y conocimiento técnicos, creados en su mayoría asumiendo riesgos, es fácil emprenderla contra el crecimiento (de los demás, sobre todo), la toma de riesgos e inventarse una nueva religión.

Por ejemplo, el adorable profesor Lovelock lanzó la hipótesis de Gaia, que plantea que la biosfera es un organismo único con capacidad de autorregularse con el propósito de sostener la vida. La idea agrada a hippies viejos y le da un aura de cientificidad a los reclamos de las organizaciones ambientales hirsutas. La historia geológica y climática del planeta en ciclos largos muestra la inexistencia de estados estables o ‘deseables’, y que la vida ha estado al borde de la extinción en muchas oportunidades. El planeta no tiene propósito alguno; si se debiera inferir por el pasado, la Tierra se parece más a Medea (que asesinaba a sus hijos) que a Gaia, como lo discute el paleontólogo Peter Ward (ver https://www.ted.com/talks/peter_ward_on_mass_extinctions).

El problema con estas nuevas teologías es que el ser humano aparece como una intrusión a una naturaleza perfecta, en cuyo caso la única conclusión lógica es suicidarnos colectivamente como especie. Pero como un partido que busque la eliminación de la humanidad puede que no obtenga muchos votos, es más fácil aplicar el principio de precaución.

La historia de la medicina, de la agricultura, la domesticación de especies, la ciencia misma, la tecnología actual, los viajes de exploración, hubieran sido imposibles si las decisiones las hubiera tomado un decisor usando el principio de precaución. En la actual época de acelerado progreso tecnológico, exigirle a un invento o a una decisión social que solo salga a la luz cuando no haya riesgos es pedirle a la naturaleza que no siga sus reglas. Además, los riesgos de la inacción pueden ser mayores que los de introducir tempranamente un innovación.

Las actividades que intervienen los ecosistemas en Colombia están bajo la lupa normativa del principio de precaución y la presión de los grupos de interés que se indignan con los costos, presentan los riesgos como certezas, ignoran los potenciales beneficios, y plantean la inacción como alternativa a la pobreza. Una de las tareas pendientes del país es resolver la ocupación del territorio para integrarlo bajo el imperio de la ley y crear una base de productores rurales solventes e interesados en una producción sostenible y rentable. La actual gobernanza y tecnologías son incipientes para estas labores. Sería simplemente irresponsable exigir que no se puede avanzar hasta que no hayamos encontrado las formas organizativas y encontrado en el laboratorio las modalidades de uso del suelo y del agua. El posconflicto requiere aprender sobre la marcha, reteniendo la posibilidad de echar para atrás experimentos que fracasen. Transmitir el miedo a equivocarse, predecir catástrofes ambientales y sociales por el hecho de tocar a la naturaleza y hacer que los hombres se arrodillen ante la diosa Gaia son pésimas formas de ayudar a la definición de políticas públicas.

Juan Benavides

Analista

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