Análisis/ ¿Quién le teme a la inflación?

La estabilidad en los precios es vital para lograr un desarrollo económico sostenido y equitativo: permite la inversión y financiación a largo plazo, mejora sustancialmente el funcionamiento de los mercados de bienes y servicios en general, y preserva el poder adquisitivo de los más débiles.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
agosto 26 de 2015
2015-08-26 12:29 a.m.

Uno de los grandes logros en la gestión económica de Colombia durante las últimas décadas había sido la muy significativa reducción en la inflación. Después de habernos habituado a inflaciones anuales de entre el 20 y 30 por ciento desde mediados de los años 70 hasta fines de los 90, la inflación bajó a un dígito con el cambio de siglo y, luego, lentamente, hasta llegar al mínimo histórico de 1,94 por ciento en el 2013. La estabilidad en los precios es vital para lograr un desarrollo económico sostenido y equitativo: permite la inversión y financiación a largo plazo, mejora sustancialmente el funcionamiento de los mercados de bienes y servicios en general, y preserva el poder adquisitivo de los más débiles. La baja inflación fue una positiva herencia de la crisis de 1998, y explica gran parte del éxito económico colombiano reciente.

Sin embargo, para que los réditos realmente extraordinarios de la baja inflación se materialicen, se requiere que la estabilidad en los precios perdure y que las autoridades monetarias mantengan su compromiso con esta a través del tiempo. En Colombia estos beneficios nos han sido esquivos. Los márgenes de los intermediarios financieros no han disminuido sustancialmente, las tasas de las tarjetas de crédito no bajaron del 25 por ciento, las de los créditos hipotecarios o corporativos no llegaron a un dígito, y la financiación con plazos superiores a tres años continuos fuera del menú de las compañías colombianas. Asimismo, la inflación no perdió la inercia que mantiene desde los años 70; muchos de los precios de referencia de la economía siguen efectivamente indexados a la inflación: salarios, tarifas de servicios públicos, alquileres, entre otros. Después de la crisis del 2008, la misión de obtener estabilidad de largo plazo en los precios de la economía colombiana dejó de parecer una tarea importante, y ahora con el 4,5 por ciento anual ya dejamos nuevamente de ser una economía de ‘baja inflación’.

El rango de acción para las autoridades monetarias ahora es limitado. La muy abrupta caída del precio del petróleo durante el segundo semestre del 2014, la consecuente disminución en los ingresos por exportaciones y la violenta devaluación del peso, tomaron a los agentes económicos y a las autoridades por sorpresa. Estas han permitido que los mercados cambiarios sobrereaccionen atacando sin tregua al peso, obteniendo utilidades día tras día, comprando dólares para venderlos más costosos unas horas después. El Gobierno y el Banco de la República, ingenuamente, han transmitido al público que “entre más devaluación, mejor”. ¡En 14 meses el peso se ha devaluado más de 70 por ciento!

Esta gran devaluación es un desastre para los colombianos. El valor internacional de nuestra finca raíz, de nuestro ahorro nacional, de nuestros salarios, se ha desplomado. Esto tendrá un grave efecto sobre la economía. Incluso muchos de los exportadores –los cuales piensa el Gobierno que está beneficiando con esta postura devaluacionista– tendrán dificultades, al tener maquinaria e insumos importados, o grandes deudas en dólares. Es especialmente grave para los exportadores más sofisticados –los de alto valor agregado, que sería deseable estimular– que, al estar integrados a las cadenas de valor internacionales, se perjudicarán.

Los agentes económicos necesitan estabilidad para desarrollar sus actividades. Aunque la pérdida de valor del peso sea algo ineluctable ante la caída de los precios del petróleo, el Gobierno habría podido tomar medidas desde inicios del 2015 para amortiguar la brusquedad del impacto, disminuyendo tanto la magnitud como la velocidad de la devaluación. Habría podido: participar en el mercado de divisas, sorprendiéndolo con ventas ocasionales de dólares; estimular la entrada de divisas al mercado de valores colombiano, disminuyendo la tributación para estas operaciones, y, habría podido subir de forma importante la tasa de intervención, con lo cual también se habrían neutralizado parcialmente las expectativas inflacionarias.

Las condiciones en la economía están dadas para que la devaluación del peso se transmita rápidamente a los precios y dispare una espiral inflacionaria que será difícil controlar. Para empezar, el ritmo de crecimiento de la economía hasta finales del año pasado seguía siendo saludable; incluso, el nivel de desempleo ha tocado mínimos estacionales desde diciembre. Los agregados monetarios han crecido a un promedio del 15 al 17 por ciento anual en los últimos cinco años. El exceso de liquidez se evidencia en una DTF debajo de la tasa del Emisor y en las mínimas remuneraciones que reciben los ahorradores.

El gran reajuste de los precios relativos, ocasionado por el hundimiento del peso y la consecuente puja distributiva, se reflejarán en el incremento del ritmo de aumento de los precios a lo largo de todas las cadenas de suministro y durante los próximos años. Esto perjudicará el funcionamiento de la economía mucho más allá de la caída las cotizaciones internacionales del petróleo y otros ‘commodities’, el efecto negativo se verá agrandado por la pasividad de las autoridades monetarias. Entre más alta la inflación, más lenta y difícil será la recuperación. Frente a esto el Banco de la República lleva un año sin ni siquiera elevar la tasa de intervención, lo cual, a estas alturas, tendría, en todo caso, un efecto limitado. El desborde inflacionario es ya irremediable. ¿Qué efecto tendrá sobre el bienestar económico una inflación de más del 6 por ciento para el 2015 y una superior al 8 por ciento en el 2016? ¿Volverán las autoridades económicas a parafrasear a Maturana, como lo han hecho al defender la conveniencia de la gran devaluación?: “A veces, perder es ganar un poco”.

Louis Kleyn
Consultor empresarial

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