Análisis/Meritocracia y diplomacia en Colombia

Si algo caracteriza hoy al mundo es su gran interdependencia, producto de la revolución tecnológica y de la llamada transnacionalización del capitalismo. Se ha agilizado la comunicación, reducido las distancias geográficas e incrementado las interacciones entre distintas partes del planeta.

Redacción Portafolio
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febrero 24 de 2014
2014-02-24 05:17 a.m.

Según diversos autores, la meritocracia es un criterio central de jerarquización social en las “sociedades igualitarias y modernas”. A su vez, se señala como positivo el hecho que postula, ‘que el criterio básico de organización social debe ser el desempeño de las personas: sus talentos, habilidades y esfuerzos’. Y lo negativo, que “niega el valor a variables sociales como: origen, posición social, económica y al poder político de los individuos”. Algo muy positivo para la sociedad colombiana.

Se reconoce que la meritocracia bien aplicada es eficiente porque entrega los incentivos que maximizan la creación de riqueza total. “Es una forma de maximizar la libertad y crea una nueva cultura de lo público, basada en la igualdad y la justicia social”. Esto último sería la plena justificación para aplicarla no nominalmente, sino realmente en nuestro país.

Como seguramente los diversos gobiernos afirmarán que han usado este criterio para la selección de los funcionarios, es bueno señalar lo que reconoce la literatura como retos evidentes para lograr una verdadera meritocracia en el Estado.

Primero, definir qué se entiende por mérito en cada actividad. Y este punto sí que exige una discusión, porque, por lo general, el mérito en Colombia se asocia a pertenecer a una familia de ‘gente bien’, si no pregúntenle a aquellos que eligen a dedo a la reina del Carnaval de Barranquilla, porqué siempre son niñas del Country Club, de familias políticas.

Segundo, establecer indicadores lo menos subjetivos posibles para cuantificar el mérito. Imposible en una sociedad tan desigual como la nuestra, que los criterios de selección no estén contaminados del clasismo, sexismo, machismo y otros ismos que nos caracterizan.

Y finalmente, se requiere enfrentar el tercer reto que consiste en seleccionar evaluadores que garanticen “una buena evaluación comparativa de méritos que no esté guiada por intereses personales o sectarios”. Pero cuando en Colombia se aplica el mérito en la selección de funcionarios, quienes lo hacen están impregnados, por lo general, de esos valores clasista, sexistas y racistas, propios de nuestro país.

Por ello, es fundamental empezar por aceptar que la verdadera meritocracia aún no existe en nuestro país, y que más que una regla es la excepción. Sin embargo, “una sociedad meritocrática es, en principio, más justa que una sociedad de herencia”, según el sociólogo francés François Dubet. Ahora que se espera que por fin Colombia reconozca que la equidad es un objetivo prioritario, debe aceptarse que alcanzarla va de la mano de la verdadera meritocracia. Es decir, es claro, como lo afirman varios autores, “que NO puede implementarse un sistema meritocrático en una sociedad injusta y sin igualdad de oportunidades para todas y todos sus miembros”.

Ahora sí se entiende por qué es tan difícil la meritocracia real en Colombia, como lo sostienen muchos analistas. Y las razones que se exponen con frecuencia son contundentes: por el carácter manipulable de las masas votantes y su vinculación con el poder de turno. Por la distancia entre democracia practicada y talento profesional. Por la conformación de oligarquías burocráticas en todo sistema social complejo.

Pero donde más se sienten los efectos negativos y los costos económicos, políticos y sociales de no aplicar la meritocracia es en la diplomacia colombiana. Tiene razón Dubet cuando afirma que “es extremadamente difícil producir una diplomacia meritocrática en Colombia, y sus razones son irrebatibles: porque el origen social y el capital cultural de las personas condicionan muy fuertemente su mérito. Porque el problema es que el punto de partida de cada individuo es muy desigual”. Y la más clara la postula Hayes: porque “la pirámide del mérito termina reflejando la pirámide de la riqueza y el capital cultural”.

La mayor contradicción reside en que en Colombia hay una carrera diplomática. Una escuela de formación a la que no asisten quienes ocupan la primera línea de la diplomacia. La nómina de la Cancillería se maneja desde el Palacio de Nariño, por ello se hacen nombramientos políticos en posiciones claves. Y con demasiada frecuencia el personal diplomático no tiene la formación adecuada. Muchos nombramientos se hacen por ‘servicios prestados’. Y sobre todo en el Gobierno de Álvaro Uribe, la diplomacia se convirtió en refugios de personas cuestionadas. Todo lo anterior explica la frecuencia de escándalos de nuestros diplomáticos en países amigos. ¡Qué vergüenza!

La verdad que no se dice es que se subvalora a aquellos que han hecho la carrera diplomática. Se pierden esfuerzos en formación de personal. Se pierde continuidad en posiciones del país en temas internacionales. Se desestimula a aquellos con verdadera vocación y formación.

Así no podemos seguir. La diplomacia colombiana exige hoy cambios profundos. Aunque los objetivos pueden ser, en general, los mismos, la preservación de la paz entre los países, y la satisfacción del interés nacional, este último debe sufrir grandes cambios, dada la globalización frente a nuevas realidades: el entorno internacional, asociado a la globalización ha vuelto más compleja la práctica diplomática. Si algo caracteriza actualmente al mundo es su gran interdependencia, producto de la revolución tecnológica y de la llamada transnacionalización del capitalismo. Se ha agilizado la comunicación, se han reducido las distancias geográficas y se ha incrementado las interacciones entre distintas partes del planeta. Pero nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores se debilita y su cuerpo diplomático se aparta de las grandes demandas que enfrenta.

Más que una cancillería moderna, y más que Ministro o Ministra de Relaciones Exteriores, lo que se ha tenido en Colombia es un fortín político en la diplomacia y un Presidente que ejerce como Canciller, desconociendo con frecuencia las normas mínimas para su buen funcionamiento.

Cecilia López Montaño

Exministra - Exsenadora

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