Análisis / El momento de la verdad

Las dos partes en las que se divide la sociedad venezolana, el régimen y la oposición, saben que el que no gane perderá definitivamente.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
octubre 03 de 2012
2012-10-03 05:12 a.m.

Sin lugar a dudas,las elecciones presidenciales del próximo siete de octubre en Venezuela serán las más importantes de la historia política de ese país.

Como se dice en términos beisbolísticos –el deporte más popular de nuestros vecinos–, será la segunda mitad de la novena entrada, sin posibilidad de extrajuego.

Las dos partes en las que se divide profundamente la sociedad venezolana, el régimen y la oposición, saben que el que no gane perderá definitivamente. Sobre la mesa están en juego la consolidación final del sistema Castro-chavista, denominado Socialismo del siglo XXI, o la recuperación del país de las manos del populismo mesiánico de izquierda y el desgreño y la corrupción generalizada que, tras 14 años en el poder, han llevado a Venezuela a despilfarrar y desaparecer la bonanza más grande lograda en el menor tiempo de que se tenga historia en el mundo en vía de desarrollo.

Lo que pueda pasar ese día es muy difícil anticiparlo, pero de lo que sí estoy seguro es que el régimen hará todo lo que esté a su alcance para ‘producir’ un resultado a su favor –como lo ha hecho en el pasado–, y que en caso de no ser así, la entrega del poder estará plagada de todo tipo de acciones que puedan generar una situación de orden público, en la que las Fuerzas Armadas intervengan, alegando responsabilidades de lado y lado, y, con ello, se neutralice el resultado y los cabecillas uniformados, en control abierto del mando, piensen en poder limpiar las cuentas que tienen, desde una posición más cómoda.

Lo que está en juego es enorme. De parte del régimen, no solo la consolidación de eso que sus orates llaman el Estado Socialista, sino un enorme negocio del que vienen beneficiándose todos. Desde los recursos de la bonanza extraídos mediante la corrupción, impune por la ausencia de controles internos, hasta el narcotráfico que ha convertido en pocos años a Venezuela en uno de los principales gestores de este delito de lesa humanidad.

La otra cara que llevará al régimen a no soltar el poder por ningún motivo es la responsabilidad internacional que le cabe por el narcotráfico y contubernio con el terrorismo internacional, de la cual no podrán zafarse con los medios y la jurisdicción global que hoy en día existe para este tipo de delitos.

No es la época de otros dictadores, mucho menos corruptos y no involucrados en actos como los anotados, que no son condonables y no prescriben, como cuando se dio el exilio dorado en España de Pérez Jiménez.

Además, la realidad venezolana no es un pleito de alcance restringido subregional, como los del pasado en América Latina, tipo la Nicaragua de Somoza, la República Dominicana de Trujillo, el Chile de Allende, o el Perú de Fujimori. Aquí se trata del país con las mayores reservas de petróleo del mundo, geoestratégicamente ubicado en una posición única, con más de 60.000 cubanos en su territorio y la dependencia vital de la isla, con lazos estrechos con todos los regímenes autoritarios y teocráticos del planeta, y con el terrorismo internacional, empezando por las Farc, la Eta y Hezbollah, entre otros, y con profundos vínculos políticos y militares con Irán, China y Rusia, que cuentan con una importante presencia territorial, además de ser la palanca financiera del Foro de San Pablo.

Este es otro enorme factor en juego por lo cual, las elecciones que vienen, tienen repercusiones universales, y estas fuerzas e intereses, con seguridad, ya están preparándose e interviniendo para que el régimen continúe.

La oposición, por su lado, sabe que el enorme esfuerzo de haber podido unificar a más de treinta y cinco movimientos políticos, y la excelente campaña de casa por casa que ha adelantado y contrasta con el discurso gastado del caudillo y su presencia de tribuna o camión, puede perderse, con lo que seis años más del régimen en el poder les arrebataría, definitivamente, el país y las esperanzas de democracia que hoy tienen con el candidato Capriles.

La forma como el régimen arrebate el triunfo y como lo defienda la oposición democrática serán los parámetros que medirán lo que pase en un país profundamente dividido, armado y motivado a llegar a las últimas consecuencias. Todo ello, frente al gran interrogante de qué harán las Fuerzas Armadas, último retén del poder por su uso de las armas, las cuales, en estos catorce años, han venido siendo metódicamente despojadas de su carácter institucional, desde la cúpula y la base, mediante la corrupción y el adoctrinamiento cubano.

ALBERTO SCHLESINGER VÉLEZ

DECANO DE LA ESCUELA DE ECONOMÍA, UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA.

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