Análisis / Un país de vulnerables

Las cifras no mienten. El 37,6 % de la población ha superado la línea de pobreza, pero no alcanzó el impacto de las políticas económicas y sociales para convertirlos en clase media. Hoy, su condición real es que tienen altísimas posibilidades de volver a caer en la ella.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
septiembre 28 de 2015
2015-09-28 01:31 a.m.

No se trata de dañarle la fiesta al Gobierno, pero sí de ser más precisos. Si los vulnerables son 37,6 por ciento de la población total en el 2015, los pobres 28,2 por ciento y los ricos, 2,8 por ciento, la clase media hoy tiene que ser el 31,4 por ciento.

Sí, es cierto, como lo anunció el presidente Santos, que el número de personas de clase media supera el de pobres en el país, pero la verdad es que Colombia no es una nación de clase media, sino de población vulnerable, porque es en esta categoría donde se concentra la mayor proporción de colombianos.
Las cifras no mienten. El 37,6 por ciento de su población ha superado la línea de pobreza, pero no alcanzó el impacto de las políticas económicas y sociales para convertirlos en clase media. Hoy, su condición real es que tienen altísimas posibilidades de volver a caer en la pobreza, si el contexto económico que los rodea o las condiciones familiares cambian en el mal sentido. Es decir, pueden volver a la categoría de pobres que empezaban a superar.
Llamarlos, como hace el Gobierno, clase media emergente no solo no es exacto, sino inapropiado, porque son más sensibles a caer nuevamente a la categoría de pobres que a ascender a la clase media real.

Adicionalmente, las políticas sociales y aun las estrategias económicas, con contenido de equidad, como las denominadas de inclusión productiva, deben ser muy diferentes para una clase media que cubre sus necesidades básicas y que, por definición, debe ser un actor político más independiente y más activo.
Tampoco se menciona claramente que la proporción de ricos ha aumentado al pasar de 2,4 por ciento en el 2011 a 2,8 por ciento en el 2014. Es decir, como Chile en su momento, “les estamos dando mucho a los pobres, pero les estamos dando más a los ricos”.

Lo que sí es interesante es que, como afirma el Gobierno, están creciendo más rápidamente los ingresos de los pobres que los de los ricos, pero aún queda una brecha inmensa por cerrar o al menos reducir.
Los vulnerables, para que no se confunda a la opinión pública, simplemente han superado la línea de pobreza, pero no se han consolidado realmente como aquellos que no volverán a tener necesidades básicas insatisfechas.

De esta manera –y ese es un análisis inaplazable no solo en Colombia, sino en América Latina, donde también constituyen el grupo más amplio de la región, según el Banco Mundial–, lo que se requiere con urgencia es poder determinar cuáles son sus carencias y cómo pueden subir a la categoría de clase media.
Por lo menos el Gobierno reconoce que esta nueva estratificación de la población colombiana –muy similar a lo que sucede en el resto de América Latina–, representa un reto inmenso para la política social.

Una cosa es darle a las mujeres pobres Familias en Acción, o sea a una parte del 28,9 por ciento, y otra muy distinta, seguir con la misma política para el 60,3 por ciento de los colombianos –28,9 por ciento pobres y 37,4 por ciento vulnerables–. No solo fiscal y operativamente es imposible, sino que probablemente no es lo que requiere esta parte de la población.
Es muy probable que las nuevas demandas estén más dirigidas a lo obvio: empleos decentes, con las condiciones que ha fijado el Código Sustantivo de Trabajo para Colombia, y que los empleadores, empezando por el Estado mismo, se han encargado de burlar.

Con seguridad, nuestra población vulnerable quiere ser dueña en mayor grado de su futuro: darles a sus hijos educación de mejor nivel que la que le llega, no ser mal tratados cuando necesitan servicios de salud, y no acceder a las viviendas de interés social (hechas con materiales pésimos), que, como se ha visto en Barranquilla, se han vuelto una trampa mortal para los niños.
Con seguridad volverá la demanda por servicios universales en educación y salud, operados por el Estado cuando no haya alternativas, o por un sector privado, pero esta vez controlado por un Estado eficiente y responsable.

Con seguridad, el Gobierno tendrá que dejar de hacerle el quite a la absoluta prioridad de elevar la educación pública De Cero a Siempre, como dice su eslogan. Y esta presión no solo vendrá de los vulnerables, sino de las crecientes clases medias. No más educación privada cara y de mala calidad, sino educación pública de primera. No bastará con ‘Ser Pilo Paga’.
Pero hay un reto inmediato, y en eso la directora del DPS ha sido mu clara: asumir la inmensa responsabilidad, en medio del contexto difícil de desaceleración económica, de evitar que los vulnerables caigan nuevamente en la pobreza. Y eso no se logra con limosnas, sino generando ese trabajo decente tanto en el Estado como en sectores que requieren el mayor impulso: el rural y la industria.

Inaceptable, impensable otra vez 60 por ciento de pobres; sería perder casi un siglo en la historia del país.

Cecilia López Montaño
Exministra - Exsenadora


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