Análisis/El pensamiento como herramienta

Si queremos ver los resultados, debemos mejorar nuestras decisiones y, consecuentemente, las rutinas de pensamiento, siendo imperante un entendimiento profundo de cómo funciona el cerebro y, en especial, los síndromes que nos afectan, no para eliminarlos, sino para administrarlos.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
mayo 31 de 2013
2013-05-31 04:53 a.m.

No me cabe la menor duda de que una sociedad exitosa no tendría una concentración de riqueza como la que impera, las personas no morirían de hambre, los conflictos no se resolverían con sangre, la tierra sería un lugar ecológicamente sostenible y, en general, la gente sería feliz.

La causa de todos los problemas es un ‘pensamiento de baja calidad’; los que ‘creemos’ que usamos el pensamiento como herramienta de trabajo estamos afectados por unos síndromes que nos nublan el panorama en ambiente de incertidumbre y falta de pericia para reconocer esos defectos y, mucho menos, administrarlos.

Tampoco tengo duda del efecto nefasto de la educación tradicional en esta situación; básicamente, usamos un pensamiento orientado a resolver problemas, pero no estamos entrenados para pensar críticamente y de forma creativa para mejorar nuestra percepción, para automotivarnos y administrar nuestras emociones.

El ser humano adolece de los siguientes síndromes:

Síndrome del adivino: existe un gap entre planeación y resultados. Revise los resultados de su país, de su empresa e incluso de su vida personal y responda si su situación actual corresponde exactamente con lo que planeó hace 10 años. De acuerdo con mi experiencia, en la mayoría de los casos, la respuesta es que ocurrieron cosas que no estaban en el libreto (yo los llamo hechos sin razón) y cambiaron los resultados para bien o para mal.

Escogí la frase ‘hechos sin razón’ porque busca reflejar dos significados. Por una parte, hacen referencia a aquellos acontecimientos que aparentemente no tienen causas, ya sea porque no las conocemos o simplemente porque son producto del azar. Normalmente vienen acompañados de la incertidumbre propia de casi todas las decisiones de los seres humanos y no estaban en la agenda de nadie.

Por otro, los ‘hechos sin razón’ también buscan reflejar aquellos momentos, decisiones, actividades, construcciones y comportamientos realizados por impulsos emocionales, no racionales, ya sea por arranques animales (tan propios del ser humano) o por motivaciones sicológicas que afectan el comportamiento. Lo que es realmente grave es que actuamos como si no existieran, en una ilusión de entendimiento, que letarga y corrompe nuestro entendimiento y, por ende, nuestro actuar.

Síndrome del corazoncito: nuestro comportamiento no es completamente racional. El cerebro, en la parte más profunda, tiene un componente irracional que responde a impulsos y reflejos animales, y las capas externas son las que controlan los procesos cognitivos. Para bien o para mal, muchas de las decisiones que tomamos están seriamente afectadas por los arranques emocionales, los cuales, a menudo, nos llevan a ‘reaccionar’ de manera lamentable.

Nuevamente, lo grave no es que esto suceda, lo malo es que nos rehusamos a entenderlo y administrarlo a tal punto, que muchas ciencias, como la economía, por ejemplo, están construidas sobre la creencia de que los seres humanos nos comportamos racionalmente el 100 por ciento de las veces.

Síndrome del cerebrito: creemos que sabemos más de lo que realmente conocemos. Hay un gap entre la realidad y el pensamiento, y lo más preocupante es que nos apoyamos solamente en conocimiento para tomar decisiones. Los seres humanos no estamos formados por los acontecimientos que nos pasaron, sino por el significado que les damos a los mismos, es decir, nuestro pensamiento, que es nuestra realidad, pero que no necesariamente corresponde a la realidad, de tal forma que podemos afirmar que la verdad es un concepto en movimiento, incluso relativo.

Síndrome de la banalidad: los seres humanos somos superficiales. La banalidad se impone no solo en asuntos menos importantes como entretenimiento, sino que es el denominador común en temas trascendentales como la educación, la política, la cultura, la economía y las decisiones importantes. Consumimos televisión y radio basura; leemos la prensa para construir opinión; compramos cuanto artículo nos hacen pensar que necesitamos; elegimos políticos por sus campañas de mercadeo, simpatía y carisma; gastamos la mitad de la vida en las redes sociales; el sexo vende más que la argumentación; leemos y comemos porquerías; creemos en expertos; nos encanta tabular, resumir, clasificar; si tenemos evidencia de algo o lo vemos, ese algo es: verdad.

Síndrome lúdico: a los seres humanos se nos facilita el aprendizaje cuando nos enseñan con metáforas, juegos, puestas escénicas, muñequitos; cuando nos refuerzan con sonidos, colores, olores, entre otros. Es decir, cuando le hablan a nuestro cerebro animal.

En conclusión, si queremos progresar en los resultados, debemos mejorar nuestras decisiones y, consecuentemente, nuestras rutinas de pensamiento, siendo imperante un entendimiento profundo de cómo funciona el cerebro y, en especial, los síndromes que nos afectan, no para eliminarlos, sino para administrarlos.

César Augusto Carrillo Vega

Gerente U de Capitales

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