Análisis/ Tumaco y la historia del conflicto en Colombia

Repetidos ataques a la infraestructura han ido desgastando las pocas fuentes de recursos para aquellos que le apostaban a una forma de vida legal y sostenible. El último ataque atroz de las Farc al Oleoducto Transandino, el mayor desastre ambiental en los últimos 10 años, dejó sin agua potable a toda la población, mató a miles de animales y destruyó irreparablemente ecosistemas.

Redacción Portafolio
Opinión
POR:
Redacción Portafolio
agosto 02 de 2015
2015-08-02 04:30 p.m.

La historia de Tumaco es similar a la de la mayoría de la Colombia olvidada, esa misma cuya riqueza en recursos naturales terminó llevándola a la ruina. Su desgracia comenzó cuando los españoles ‘descubrieron’ que su vecino, Barbacoas, era particularmente rico en oro. En su afán de enriquecerse implantaron instituciones extractivas que impactaron el ecosistema, diezmaron los indígenas y llevaron a la importación de esclavos africanos. Las consecuencias nefastas de este tipo de instituciones sociales perduran hasta hoy.

Por un lado, estas instituciones derivaron en un bandolerismo organizado que nació de la inexistencia de Estado y la percepción de desigualdad. Muchos esclavos, cansados de su explotación, escaparon y decidieron establecer pueblos libres o palenques en sitios de difícil acceso. Su aislamiento dio un respiro a aquellos oprimidos, pero a su vez los condenó al descuido de un futuro Estado. Algunos de ellos se dedicaron a asaltar caminos como forma de supervivencia y de redistribución de los recursos que percibían les pertenecían. Esta historia, que en el folclor inglés fue inmortalizada e idealizada a través de Robin Hood, también tiene mucha similitud a aquella que dio origen a las guerrillas del Tolima que persisten hasta hoy.

Por otro lado, esas instituciones extractivas impuestas por los españoles para la explotación de oro, sin respeto al medioambiente ni a aquellos afrodescendientes que también eran parte del pueblo colombiano, fueron mantenidas por los criollos para la explotación de otros recursos naturales. Luego de la bonanza del oro, vino la del caucho negro, luego la de la tagua, después la maderera, la de la palma africana y, finalmente, en los últimos 20 años vino la bonanza de la coca. Todas ellas establecidas de manera similar: a través de instituciones extractivas que abusaban del medioambiente y de los trabajadores, y que poco dejaban a la economía local. Sumiendo así a la población en la pobreza, que a su vez acarrea violencia y destruye formas sostenibles de manutención.

Solo unos pocos se abstuvieron de hacer parte de esta maquinaria, aquellos que se dedicaron a la agricultura y la pesca que su entorno les ofrecía. Pero infortunadamente, esta guerra en que degeneró la última bonanza terminó por afectar a todos, incluso a estos últimos que intentaron mantenerse al margen. Repetidos ataques a la infraestructura han ido desgastando las pocas fuentes de recursos para aquellos que le apostaban a una forma de vida legal y sostenible. El último ataque atroz de las Farc al Oleoducto Transandino, el mayor desastre ambiental en los últimos 10 años, dejó sin agua potable a toda la población, mató a miles de animales y destruyó irreparablemente ecosistemas. Esta catástrofe, sin duda, afectará la pesca y la agricultura por una cantidad de tiempo considerable. ¿Qué opciones tienen, entonces, estos habitantes, sumidos en la pobreza, a los que le son aniquilados los pocos recursos con los que cuentan? ¿Acaso es una estrategia de las Farc para forzarlos a que trabajen en el narcotráfico, o para que se desplacen y liberen tierras que pueden usar para mantener el cultivo de estupefacientes?

Estos hechos no tienen explicación ni una motivación válida, hieren seres inocentes que nada tienen que ver con esta guerra. Pero recrudecer la guerra no es parte de la solución tampoco. Precisamente, lo que quiero mostrar en este texto, usando a Tumaco como ejemplo, es que el origen histórico del conflicto ha sido una consecuencia del abandono del Estado y de la explotación a grupos marginados desde tiempos de la Colonia. Si estas condiciones persisten, el conflicto nunca acabará; ni en el caso de un eventual acuerdo de paz, o en el de un recrudecimiento de la guerra que lleve a la derrota de las Farc. En el primero, ya experimentamos el fracaso de la desmovilización de paramilitares que degeneró en nuevos grupos al margen de la ley. Del segundo, solo puedo decir que hemos aguantado los costos de una guerra de más de 50 años y todavía no la logramos derrotar. Y aun si la derrotáramos, como sucedió con Pablo Escobar, se crearían nuevos grupos por derrotar; un ciclo de nunca acabar.

Andres Zambrano

Profesor de Economía, Universidad de los Andes

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado