Análisis/ Turbulencia industrial

La economía colombiana es más robusta que la de los países del vecindario. Pero es un premio de consolación. Muchos analistas coinciden en que la devaluación del peso nos coge sin haber invertido con juicio en investigación y desarrollo de nuevos productos o negocios.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
febrero 16 de 2015
2015-02-16 11:14 p.m.

El choque a la baja de los precios petroleros tendrá consecuencias sobre el consumo y la inversión difíciles de prever, pues llega en momentos de gran empuje en sectores a punto de alcanzar cambios estructurales profundos. En un par de años se aclararán cuatro incógnitas: (I) la competitividad de los empresarios norteamericanos en petróleo no convencional, (II) si el gas natural de esquisto le empieza a ganar a los crudos canadienses y norteamericanos en el transporte automotor, y al carbón en generación eléctrica, (III) si el empuje de las energías renovables, que amenazan con quebrar a muchas empresas eléctricas tradicionales en menos de cinco años en los países civilizados, se frena y solo reaparece con una recuperación al alza de los precios de los combustibles fósiles y (IV) el avance de la innovación norteamericana en negocios diferentes a la energía, potenciado por el fortalecimiento del dólar y el menor costo de la energía.

Estas incógnitas se reducen a lo que pase en Estados Unidos. Europa cuenta poco porque la economía del Reino Unido, aunque por fuera de la Zona Euro, es pequeña para mover la aguja; y el vigor de las compañías alemanas tecnológicas del tipo Mittelstand, no es un motor suficiente para mover una Europa sin proyecto vital, posmoderna y en proceso de conservatización al tiempo. De acuerdo con variados analistas, tampoco hay mucho que esperar de China o India en los próximos dos años.

Las razones que dificultan la predicción de la trayectoria de la economía norteamericana son variadas. Desde la aparición del gas de esquisto, los precios internacionales del petróleo y del gas natural en Estados Unidos se están desacoplando cada vez más. Una vez finalice el duro invierno en la costa este, hay que estar atentos a la fascinante evolución conjunta de ambos niveles de precios y de sus correlaciones. Todo depende de cuánto gas de esquisto en las gigantescas formaciones Marcellus, Barnett y Bakken es capaz de competir con el nuevo precio del petróleo (US$55?; US$75?), y de los sectores de demanda que logre penetrar.

En el pasado, los avances tecnológicos de las energías renovables dependían exclusivamente del precio del petróleo. Esta vez es diferente porque los precios de las celdas solares vienen cayendo a pique de manera acelerada, la clase media usa cada vez menos energía per cápita y la amenaza al consumo de energía proviene del uso de software y telecomunicaciones (internet de las cosas), con costo marginal nulo, como discutí en una columna anterior.

Además, ahora existe una nutrida corte de inversionistas de riesgo trabajando en diversas tecnologías de almacenamiento de electricidad en gran escala, y ganan voz y visibilidad movimientos en contra de las empresas eléctricas, dispuestos a invertir en lo que se llama ‘la derrota de la red eléctrica’, encabezados por el famoso Amory Lovins. Estos factores hacen menos dependiente del petróleo el avance de las energías renovables, pero el resultado final está por verse.

Es difícil prever también si la manufactura norteamericana va a repuntar. La revista Time habla de la creación de 300 mil nuevos empleos en Estados Unidos durante el 2015 por la reducción de los precios del petróleo. Hay que estar atentos a los sectores que van a cubrir estas oportunidades y la calidad de este empleo. Cada vez hay menos norteamericanos interesados en obtener grados doctorales en ciencias, matemáticas e ingeniería, y más individuos buscando un MBA, grado valioso por el capital relacional obtenido al salir o como requisito para ascender en las corporaciones grandes y jerarquizadas, pero no como laboratorio de innovación. Las estadísticas de nuevo empleo servirán para descubrir empíricamente los cambios en las proporciones entre capital y trabajo que se originan por los muy recientes avances tecnológicos y si esta innovación se va a concentrar en las grandes ciudades donde abunda el capital intelectual que busca las economías de aglomeración para crecer velozmente.

Colombia gravita en la región petrolera y gasífera de EE. UU., y en su órbita económica. La reducción de la inversión en exploración de hidrocarburos por Ecopetrol y Pacific Rubiales coincide con la baja materialidad del recurso petrolero convencional. En la década de precios altos, las reservas no aumentaron lo suficiente para sostener la tasa de producción y los gobiernos no apoyaron con vigor el desarrollo de los hidrocarburos no convencionales, dejándose ganar en opinión por la franja lunática de los ambientalistas, guiada por prejuicios y hostil a los argumentos técnicos, de necesidades de crecimiento y de encontrar arreglos innovadores en la relación entre estado, comunidad y compañías.

El porcentaje de la manufactura dentro del PIB se redujo también en la década pasada y creció el sector de la construcción, entre otras actividades no transables. Esto es simplemente la comprobación de que sufrimos muchos de los síntomas de la enfermedad holandesa. La economía colombiana es más robusta, de todas formas, que la de los países del vecindario. Pero es un premio de consolación. Muchos analistas coinciden en que la devaluación del peso nos coge sin haber invertido con juicio en investigación y desarrollo de nuevos productos o negocios. La inversión en infraestructura que ha empezado a moverse en el 2014 para reducir los costos logísticos es el único canal tangible para apoyar la competitividad en el corto y mediano plazo. Pero la infraestructura solo desplegará su gran potencial cuando hayan surgido sectores, aún inexistentes, de alto valor agregado y sometidos a la disciplina de los mercados mundiales.

Juan Benavides
Investigador Fedesarrollo


 

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