Análisis / UE: un proceso entre las crisis y la estabilidad

La salida a esta crisis debe tener dos facetas.

Redacción Portafolio
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mayo 09 de 2013
2013-05-09 02:14 a.m.

El pasado 9 de mayo se conmemoró el aniversario 63 de la declaración que hiciera Robert Schumann (entonces ministro de relaciones exteriores de Francia), y que se convirtió en el acta de nacimiento de la Unión Europea.

Las palabras de Schumann, que buscaban mantener un equilibrio entre países que históricamente habían sido rivales, anticiparon que el proceso de construcción europea sería gradual y con obstáculos. “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen, en primer lugar, una solidaridad de hecho”.

En efecto, el proceso de integración europea ha afrontado diversas crisis a lo largo de su historia. Sin embargo, de todas estas ha salido fortalecida.

Fue el caso de la ‘silla vacía’ en la década de 1960, que cambió el mecanismo utilizado para la toma de decisiones.

En los años 70, la crisis del patrón oro, aunada a la del petróleo, aportó a la creación del Sistema Monetario Europeo. Y en los 80, las dificultades experimentadas en las relaciones comerciales entre los Estados del bloque, propiciaron la firma del acta única europea, facilitando la conclusión del mercado único a partir de 1993.

La historia de la construcción de la Unión Europea muestra que la solución a los momentos de tensión y crisis, al igual que las reformas efectuadas durante el proceso (ampliaciones, cambios institucionales, nuevas políticas entre otras), han requerido de negociaciones, en las cuales los Estados hacen concesiones que no siempre obedecen a la racionalidad económica, sino que responden a la voluntad política, que busca otro tipo de réditos.

La crisis actual, la del euro, también tiene su especificidad dentro del proceso de integración.

Es una crisis que tiene orígenes en un pacto político que brindó apoyo a la decisión de continuar con el proceso de implementación de la moneda única, luego de que el examen de los aspectos fundamentales de la convergencia económica de 1998 evidenciara que solo Luxemburgo cumplía con los criterios establecidos (inflación, deuda pública, tasas de interés de largo plazo, déficit fiscal y manejo cambiario). La decisión privilegió la necesidad de aprovechar el momento histórico en términos políticos, pese a las dificultades económicas que esto planteara.

Aunque primó el interés político, la convergencia siguió siendo prioridad para lograr la estabilidad. Se adoptó, entonces, una política monetaria única que despojó a los Estados de la potestad de emitir y la capacidad de incidir en el manejo de la política cambiaria, dejándoles el endeudamiento como única salida para el manejo de desequilibrios futuros.

El advenimiento del euro, conjugado con la libertad de circulación de capitales, empujó a una disminución de las tasas de interés, estimulando el endeudamiento en países, en los cuales la baja de tasas fue mayor (Grecia, Portugal, España, Irlanda e Italia), incrementando el gasto interno.

La orientación de los recursos provenientes del endeudamiento en estos países difiere en cada caso. En algunos, el endeudamiento se concentró en el sector privado, en el que se incrementó el consumo y valor de los activos, creando una burbuja financiera.

En otros, la deuda se arraigó, principalmente, en el sector público, que incrementó el gasto y la inversión.

Desde el 2008, con la quiebra de bancos emblemáticos de la economía estadounidense, los bancos privados de los países centrales de la Eurozona desaceleraron los flujos de capital orientados al sector financiero de aquellos marginales (hasta prácticamente frenarlos en el 2011), aumentaron las tasas de interés e iniciaron el cobro de las obligaciones, sometiendo a estos últimos a una situación de iliquidez y a muchos, finalmente, a la quiebra.

A esto, los bancos centrales y el Banco Central Europeo respondieron prestando los recursos necesarios para que se cumpliera con las obligaciones y se mantuviera la confianza en el sistema. Pero estos préstamos no fueron suficientes para palear la crisis en algunos países y han estado acompañados de drásticas medidas de ajuste que han suscitado grandes movilizaciones sociales en contra de la moneda única y de la Unión Europea.

La salida a esta crisis debe contener dos facetas.

Una económica, que busque eliminar las causas que generaron la crisis, controlar la excesiva expansión del crédito y mejorar la regulación existente del sistema financiero en la Eurozona, incorporando también un sistema que permita prever futuras crisis. La otra es política y debe conjurar los efectos sociales y fortalecer el proceso, incluyendo medidas tendientes a democratizarlo. El esfuerzo sería conjunto, pero permitiría relanzar el proceso que tiene compromisos que involucran la paz y la estabilidad en el continente europeo.

Gustavo Adolfo Puyo Tamayo

Miembro de Redintercol

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