Análisis/ Venezuela: ¿el fin del chavismo?

Redacción Portafolio
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marzo 14 de 2014
2014-03-14 03:47 a.m.

Los tiempos de Hugo Chávez, quien proclamo el socialismo bolivariano, apalancado en la renta petrolera de uno de los Estados más ricos de la región, que desafiaba al imperio y a las oligarquías, en nombre de los desposeídos, queriendo iniciar su ‘larga marcha’ como lo hiciera Mao TseTung, parecen detenerse.

Con la muerte del caudillo, perpetuado catorce años en el poder, (22-02-99 al 05-03-13) en una discutida elección que más pareció una sucesión, Nicolás Maduro llegó a la presidencia sin tener el temple ni el liderazgo de su jefe, anticipaba un efímero reinado no por la oposición política, sino por su incapacidad para resolver problemas heredados del modelo ‘socialista del siglo XXI’, que combina populismo y mesianismo, con una retórica contra el imperialismo –que le compra petróleo– y la ‘burguesía parasitaria’, pero aliado con el Grupo Cisneros –el más rico de ese país, según Forbes, con una fortuna de 4.400 millones de dólares–. Este grupo controla los derechos del concurso Miss Venezuela, del equipo de béisbol Leones de Caracas, la Cervecería Regional (competidor de Polar), la franquicia de Pepsi Cola y otras industrias.

En la polarización del país, mientras son censurados los medios de comunicación privados (NTN24, CNN, RCTV), Venevisión –del grupo Cisneros, especializado en entretenimiento y un 5 por ciento en noticias, de aparente neutralidad– goza de libertad, convirtiendo la TV en eunucos informativos y uniformados, mientras 17 medios impresos agonizan al no poder obtener divisas para importar papel. No se consolida un empresario capitalista que asume riesgos, sino el negociante rentista del Estado enriquecido con contratos, como ocurrió en los gobiernos Lusinchi, Caldera, Andrés Pérez, y que continúo con Chávez y Maduro.

Desde su posesión, Chávez juro sobre la ‘moribunda constitución’ –que modificó a su antojo, permitiéndole ser reelegido tres veces–, despedir 15.000 trabajadores huelguistas de Pdvsa, entidad que se convirtió en la caja mayor del Gobierno y columna vertebral de su economía, de la que penden compromisos desde acuerdos con otros países por petróleo, hasta programas sociales.

En el 2007, se firmó un acuerdo con China por 40.000 millones de dólares a cambio de entregar 450.000 barriles por día (bdp), el 20 por ciento de sus exportaciones, hipotecando su producción. Agréguese, 650.000 bdp enviados a través de Petrocaribe, Petroandina y Petrosur a sus socios del Alba, unos no reembolsables y otros que se pagan en especie o servicios.

Cuando el presidente Hu Jintao visitó Latinoamérica en el 2004 (Brasil, Argentina, Chile y Cuba) para afianzar vínculos comerciales (incrementó en 50,4 por ciento), que luego reforzó en el 2005 con México, Costa Rica, Cuba y Perú; y Brasil, Chile y Venezuela en el 2010, no se ocultaba el interés de algunos gobiernos ‘progresistas’ por ganar autonomía y romper la clásica dependencia de Estados Unidos. Durante la visita a Hugo Chávez, Hu Jintao apoyó la candidatura de Venezuela al Consejo de Seguridad de la ONU, competidor de Guatemala con respaldo norteamericano.

Es inocultable el interés chino por la búsqueda de nuevos mercados para su expansión industrial, esto se vio reflejado al construir en Venezuela dos refinerías y cuatro buques cisterna, lo cual permitió duplicar las exportaciones a China en el 2012. Ante esto, Chávez señaló: “aunque somos un país pequeño, somos un gigante petrolero y China no tiene las reservas necesarias para satisfacer sus necesidades… Dios puso el petróleo que China necesita para los próximos 200 años en Venezuela”.

Ahora, se crea la ilusión populista de que Maduro puede continuar el paternalismo, disponer de recursos ilimitados, sin inversión productiva y seguridad alimentaria, amén de ser irreemplazable. Pero el modelo hace crisis: hiperinflación (56 por cien to), caída de las reservas (de 10.000 millones de dólares entre el 2012 y el 2014), rígido control de cambios a una tasa de 6,3 bolívares por dólar, mientras el dólar negro se cotiza 12 veces más.

El desabastecimiento de los bienes básicos que, según el Banco Central de Venezuela, alcanzó la cifra histórica del 28 por ciento –de cada 100 productos 28 no se consiguen–; la amenaza de recesión, acompañada de la inseguridad (Caracas de las ciudades más violentas del mundo); el secuestro y la corrupción son el detonador de esta coyuntura sociopolítica con movilizaciones estudiantiles y populares, que nada tienen que ver con Obama ni Uribe, impulsando golpes de Estado fascista.

Un gobierno que encarcela líderes de la oposición (Leopoldo López), hostiga dirigentes de Primero Justicia (Henrique Capriles), pretende quitar inmunidad a la diputada Corina Machado, censura medios, agrede y asesina en la calle (15 muertos) y no reconoce el derecho a la oposición, no puede ser una democracia y menos pretender ‘acabar con el odio y la intolerancia’, propios de las dictaduras que reflejan la debilidad y el fracaso del modelo, cavando su propia tumba.

El diálogo por la paz, que hace el Gobierno a la oposición es respondido por Capriles con una negativa: “yo no voy a lavarle la cara a este Gobierno moribundo y que ahora tildan en el exterior de genocida”. Hoy los venezolanos necesitan apoyo internacional de los líderes democráticos del continente y nuestro país no puede agacharse frente al chantaje del apoyo a las negociaciones de La Habana.

Ricardo Mosquera M.

Exrector y profesor asociado, Universidad Nacional.

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