Análisis / La vida en el fútbol

El fracaso de Colombia en USA 94 y Francia 98 estuvo marcado por los mismos síndromes: disputas internas de grupos, envanecimiento por la fama, indisciplina y la costumbre de creerse vencedores antes de jugar.

Redacción Portafolio
POR:
Redacción Portafolio
abril 22 de 2014
2014-04-22 12:48 a.m.

Había llegado a México en 1970, mi alojamiento quedaba cerca del Estadio Azteca y la euforia por el Mundial nos arrastraba a todos. Pelé y su corte, con su magia, lograrían dejar atrás la humillación que sufrieron en Inglaterra 66 y la lesión que lo obligó a ceder su puesto a Amarildo, goleador en el título de Brasil, en Chile 62.

En tarde memorable Schlesinger empató a un gol en el límite de tiempo reglamentario contra Italia, forzando a tiempos extras, y tras dos empates consecutivos se impuso Italia con Riva, Rivera, Albertossi, Fachetti, a Alemania que alineaba a Beckenbauer, Müller y Maier: se trató del mejor partido de la historia.

Ese equipo italiano perdería la final frente a Pele, Rivelino, y Tostao, quienes se habían entrenado en Bogotá, por tener una altura similar a la de México.

Pese a ser el alma de la ‘Naranja mecánica’, Cruyff se negó a viajar para jugar en Argentina 78, y sus compañeros Neeskens, Rensenbrink y otros se negaron a asistir a la premiación para no saludar al dictador Videla.

Tras ganar ese campeonato, Menotti mantuvo el mismo equipo en España 82 agregando a Maradona, quien recibió decenas de patadas del italiano Gentile, y cuando Maradona finalmente respondió, fue expulsado cerrando tristemente su primer mundial.

Brasil, derrotado en Alemania 74 y Argentina 78, llegó a España 82 liderado por Santana y con sus mediocampistas inspirados Tonhino, Zico y Falcao, empataba 2-2 frente a Italia cuando faltaban 14 minutos para clasificar a la final.

Pero Brasil –que considera vergonzoso defenderse, a diferencia de Italia– siguió atacando. Rossi quien venía de pagar suspensión de un año por traficar con apuestas, marco el tercer gol, transformando la batucada brasileña en una marcha fúnebre.

En México 86, tras marcar un gol con ‘la mano de Dios’ frente a Inglaterra, Maradona eludió a 8 contrarios y marcó su segundo tanto, considerado, sin duda, el mejor gol de la historia.

Sentado, frente a la jugada, pude escuchar a un argentino exclamar: “este gol no nos devuelve las Malvinas, pero nos devuelve el honor”. En la final Brown, defensa del Nacional, abriría el marcador a favor de Argentina y Burruchaga dio la victoria tras un pase magistral de Diego.

El técnico Bilardo vino a Buga a pagar su promesa y atribuyó a un milagro esa victoria, pero con la magia de Maradona no hacían falta milagros.

Ubicado en las graderías del Estadio Meazza en Milan, asistía al partido de Colombia frente a Alemania en Italia 90, y sufrí por los goles que erraban Fajardo y Estrada.

EL gol alemán, marcado cerca del final me indujo a pensar que estábamos frente a otro triunfo moral.

Me disponía a abandonar el estadio y por una premonición inexplicable volví a mirar en el preciso momento en que Rincón enviaba la pelota al fondo de la red por entre las piernas de Bodo Illgner. ¡Lloré, mientras las pantallas repetían ese gol apoteósico!

En Turín, Brasil llegó innumerables veces a la portería argentina sin marcar, pero en una genialidad, Maradona habilitó a Caniggia quien dejó a Brasil fuera de Italia 90. ¡Una vez más, la ¡magia a Brasil no le bastaba!

Maradona era un dios en Nápoles, pues había llevado a su equipo al Scudetto. Sentado en la tribuna del estadio San Paolo no entendía cómo el público vivaba a Diego, si enfrentaba al local. Italia saldría derrotada de un Mundial que había organizado para ganar, y en la final las cámaras registraron la expresión dolida de Maradona insultando al público por silbar el himno argentino.

Tras humillar a Argentina en el Monumental de River, Menotti y Pele pronosticaron que Colombia ganaría en USA 94: llegamos ilusionados al partido con Rumania y en el ingreso al estadio, miles de colombianos lucían pelucas amarillas para parecerse al Pibe. ¡Tras perder 3-1 nadie tenía las pelucas puestas!

Presenciar el autogol de Andrés Escobar ante Estados Unidos, fue algo doloroso, pero nunca imagine que trajera consigo la tragedia ulterior que segó la vida de un jugador caballeroso, de calidad inigualable.

La final, de nuevo entre Italia y Brasil, mostró a dos equipos mecanizados que agotaron los tiempos hasta llegar a los tiros penal. La imagen de Baggio, el mejor jugador del momento, desolado tras errar su cobro en esa final ha dejado para la historia la semblanza de la falible condición humana.

Recordé, entonces, la semifinal entre Francia e Italia en México 86, cuando Platini, Zico y Sócrates erraron sus cobros de penal. Por contrapartida, Goicochea, quien había logrado recuperarse en Millonarios del desprecio que recibió en su país, se convirtió en héroe en Italia para llevar su equipo a la final. Ni el 5-0 que tuvo que soportar frente a Colombia logró borrar la gesta de Goicochea en canchas italianas.

El fracaso de Colombia en USA 94 y Francia 98 estuvo marcado por los mismos síndromes: disputas internas de grupos, el envanecimiento por la fama, la indisciplina y la costumbre de creerse vencedores antes de jugar.

Estamos ante un nuevo reto que puede conducirnos al éxtasis o a la agonía: todo depende de luchar tenazmente por la victoria, entendiendo que puede venir la derrota.

Beethoven Herrera Valencia

Profesor de las universidades Nacional y Externado.

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado