Análisis/Votar por Santos

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
mayo 22 de 2014
2014-05-22 10:12 p.m.

La gresca de estos días polariza, genera hastío y hasta la tentación de abstenerse de concurrir a las urnas. La atmósfera es tan pesada que incluso hay que evitar algunos amigos, para no enredar los afectos en discusiones que fácilmente pueden salirse de cause. Lástima. La gritería y la fanfarria ensordecen y sofocan la discusión serena de lo que conviene al país.

Como en la arena, las barras bravas alientan o abuchean a los luchadores. Asistimos al grotesco espectáculo de máscara contra melena. Y lo que quizá sea peor, desde la gradería nos trenzamos en una confrontación que quizá los contrincantes no libran en realidad, sino que solamente disimulan.

En semejante escenografía, sin embargo, declaro que iré a votar, y que lo haré por Santos. Lo haré a regañadientes, conteniendo la respiración para evitar los malos olores de mucho de lo que lo rodea.
Pero hay que mantener la mirada en lo que trasciende. Y eso que trasciende hoy, para Colombia, es la posibilidad de poner fin a un conflicto armado que ha sido su lastre, y también el pretexto para que pasen siempre muchas cosas, sin que en realidad ocurra nada.

Por dieciséis años el Estado colombiano ha sostenido un esfuerzo de confrontación militar exitoso contra las guerrillas. Si hoy están en la mesa de negociación es debido a que tienen conciencia del fracaso de su empeño en la violencia. Ese fracaso es el resultado de una acción continuada, que ha involucrado a tres gobiernos y no a uno solo. No obstante, otro motivo explica su apuesta a la negociación: resignada ante su fracaso militar, esa insurgencia tiene claro también el fracaso social del Estado en los territorios del conflicto.

Es de ahí, de constatar que pese a su victoria militar, el Estado no ha conquistado el ejercicio de su soberanía y el imperio de las instituciones en la mente de la población, de donde tenemos que cobrar conciencia de la necesidad y de la oportunidad que está ante nosotros de trascender de la seguridad a la paz.

Podrá abatirse a cien ‘Jojoys’ o a mil ‘Canos’ -como lo ha hecho este Gobierno-, pero si no se remueven las causas que alimentan el rencor y los odios, y si no se crean las condiciones para que las instituciones cumplan sus responsabilidades frente a los ciudadanos, allá, donde ocurre la guerra, pues simplemente veremos la reproducción de los violentos. Y digo allá, para advertir que se trata de regiones con guerra y con recursos, pero sin votos y por lo tanto sin el interés del sistema político para resolver su exclusión por los causes de la normalidad institucional.

El proceso de negociación de La Habana no es resultado de una improvisación. Tampoco la feria en que se rifan o se entregan las instituciones o las definiciones democráticas y constitucionales de la forma de gobierno o del modelo económico. Nadie con un poco de sensatez y análisis puede afirmar con bases objetivas que el Gobierno Nacional está empeñando o regalando el país.

Nadie que mire un poquito allende nuestras fronteras puede decir, sin mentir o especular, que La Habana es la entrega del país al "castro-chavismo". Eso no solo es falso, sino también necio, ignorante y contraevidente de lo que viene ocurriendo en la realidad hemisférica. Pero es que somos una especie de Bolivia con costeños, nos miramos solo al ombligo y extasiados en nuestra camorra no vemos lo que ocurre afuera.

Este proceso ha sido tejido con paciencia, sigilo, respaldo y responsabilidad. Es la convergencia entre una sostenida y contundente acción militar y el reconocimiento de una realidad política insoslayable. Mientras subsista el conflicto seremos un país pre moderno. Resolverlo es integrar en el circuito de la gobernabilidad y el desarrollo a más de la mitad de nuestro territorio y con ello dar un salto cuántico en nuestras opciones de competitividad global.

Cerrar este conflicto significa crearle a los habitantes de nuestras "periferias" una opción real de acceder a una mejor calidad de vida y a la Nación en su conjunto la oportunidad de ir a conquistar medio país, que ha estado condenado a la exclusión, al olvido y al atraso. Resolver la guerra es romper con un estatus quo que nos condena a que esas ricas regiones de Colombia sigan siendo el potrero de unos pocos y el cementerio de muchos.

Voy a votar por Santos, porque lo que está en juego vale mucho y no puede ser dilapidado.

 

Ernesto Borda Medina
Socio Trust Consultores en Construcción de Confianza

 

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