Análisis/¿A cómo el voto?

Redacción Portafolio
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abril 15 de 2014
2014-04-15 02:22 a.m.

Un colega, jurado de votación en las pasadas elecciones legislativas, cuenta que a su puesto llegaron varias personas afanadas por asistir a tiempo. Despistadas, habían ido inicialmente a un puesto equivocado. Casi sin aliento, preguntaron con interés si podrían, finalmente, ejercer su derecho al voto. “¡Qué espíritu ciudadano en esas correrías para votar!”, le dije yo, con mucha ingenuidad. Pero no: el afán era para poder cobrar el voto, que habían vendido por 50 mil pesos.

Con el intenso calendario electoral del 2014, estas anécdotas están de moda. Y aunque la compra y venta de votos no es un invento nuevo en Colombia, los informes de prensa y reportes de organizaciones como la Misión de Organización Electoral sugieren que el fenómeno está en auge. En algunos casos, el mercado de votos es público, generalizado, y está rodeado de otros delitos electorales (como la publicidad ilegal y las trashumancia de votos). Un juicioso informe de Laura Ardila, en Soledad, Atlántico, lo ilustra claramente.

Si bien el fraude va mucho más allá de la compra y venta de votos, esta forma de corrupción electoral nos debe preocupar porque se trata de una manifestación extrema del clientelismo. Con el clientelismo, los ciudadanos intercambian apoyo electoral por beneficios particulares: un empleo en una entidad pública, ayuda para conseguir unas medicinas, unos bultos de cemento, un mercado, o whiskey y billete. Cuando esto sucede, más que diseñar políticas públicas que redunden en el beneficio general de la población, los políticos ocupan su tiempo y sus energías en agenciar esos beneficios específicos a costa de los recursos del Estado.

Por todo esto, es importante entender quién está dispuesto a vender el voto en Colombia. En la Encuesta Longitudinal Colombiana de la Universidad de los Andes (Elca), que sigue a 10.000 hogares en el tiempo, indagamos sobre este fenómeno. Les preguntamos a los encuestados si, a juzgar por lo que conocen de su entorno más cercano, personas ‘como ellos’ estarían dispuestas a vender el voto por 10, 30, 50, 100 o 150 mil pesos. Variamos la cifra o ‘precio del voto’ aleatoriamente entre los encuestados, encontrando para cada precio la proporción de personas que vendería su voto. En suma: la curva de oferta de votos en Colombia, que se ilustra en la gráfica.

Según estos cálculos, 38 por ciento de los colombianos vendería su voto por 10 mil pesos. La proporción crece con el precio, llegando a una mayoría de colombianos, el 52 por ciento, dispuesta a vender el voto por 50 mil pesos. En adelante, cada peso adicional ofrecido parece generar menos votos, pues con 150 mil pesos la proporción de individuos dispuestos a vender el voto crece más tímidamente, hasta el 56 por ciento. Y un cálculo simple implica que el encuestado promedio está dispuesto a vender su voto por 76 mil pesos.

Lo interesante (y preocupante) es que el fenómeno es generalizado. La encuesta muestra que el fenómeno se presenta con la misma prevalencia en las ciudades y en el campo (la Elca es representativa del país urbano y de cuatro microrregiones rurales). Tampoco hay diferencias grandes cuando se comparan hombres y mujeres. Y aunque el fenómeno está presente en todas las zonas del país, las diferencias regionales confirman la información periodística y algunos prejuicios: para cada precio ofrecido, en la región Atlántica parece haber una mayor proporción de personas dispuestas a vender su voto.

Otras relaciones entre este comportamiento y características de los hogares despiertan preocupaciones adicionales. Gracias a la riqueza de información de la encuesta, sabemos, por ejemplo, que la respuesta no cambia con los ingresos o la educación formal. Ricos y pobres, profesionales y bachilleres, contestan la pregunta de forma similar: unos y otros consideran que personas ‘como ellos’ venderían el voto con la misma frecuencia. Y para terminar este panorama gris pensando en el futuro, los jóvenes venden el voto más fácilmente.

Como la abstención, la facilidad con que los colombianos venden su voto refleja un escepticismo, racional si se quiere, frente a la calidad promedio de nuestros políticos. Valen más 50 o 100 mil pesos que expresar la preferencia por un candidato. La interpretación pesimista es que, hasta que no cambiemos la política en Colombia, los ciudadanos no dejarán de vender su voto. Pero hay una interpretación optimista: para combatir la venta de votos no necesitamos a los políticos. Podemos concentrar los esfuerzos del otro lado de la transacción, y conseguir formar ciudadanos que no estén dispuestos a vender su voto. Aunque suene idealista, ya hay evidencia seria que muestra que campañas sencillas de educación contra la compra de votos pueden ayudar a reducir la influencia del dinero ofrecido en las urnas.

Leopoldo Fergusson

Profesor Asociado, Facultad de Economía, U. de los Andes.

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